Lucrecia Martel preferiría que no mires Netflix

 

Por Diego Labra

En una entrevista, que un avizorado editor de Perfil a la caza de clics tituló “Las series son un paso atrás”, se le pidió a Martel que evalúe este “momento del cine nacional”. Allí la directora recurrió a un lugar común, afirmando que el “circuito” para películas que “se va[n] un poco de la normativa más dominante” se está achicando. A la hora de echar culpas, apuntó el dedo acusador a las “series”, que según ella, “a una parte” del público “le han hecho muchísimo daño”.

En otro medio, Martel continuó describiendo a la televisión episódica y su altar digital Netflix como el opio de un pueblo complaciente y poco aventurero a la hora de seleccionar sus consumos culturales. “En la escuela de cine donde voy están todos locos con las series”, rezongó la directora, para luego destacar su desagrado con que ahora a las producciones audiovisuales se las llama “contenidos”.

“Veo a gente joven, que siempre fue la más disruptiva, la que más chance tiene de meterse en líos, enamorados de las series, viendo cómo se les ocurre otro Black Mirror…”. Netflix, remató, le están resolviendo “la vida sexual a un montón de parejas”, salvando a “la familia moderna” con el reemplazo de contacto humano y diálogo por un streaming infinito de “contenido”.

El principal problema que tiene Martel con las series es que considera su lenguaje audiovisual inferior a las “complejidades culturales y narrativas increíbles” que ya ha alcanzado “el cine documental, el experimental”. “Ahora estamos yendo para atrás”, sentenció tajante. “No podés comparar House of Cards con Chips, ponele. Pero si comparás con las posibilidades a las que estaba llegando el cine, la complejidad narrativa-audiovisual, es un paso para atrás”, repitió para cerrar su alegato.

Ahora, ustedes me podrán preguntar con razón ¿Quién es esta directora que se cree tan importante como para poder criticar a La Casa de Papel y Game of Thrones? Si bien Lucrecia Martel no es un nombre que disfrute entre el público argentino del mismo reconocimiento que los Campanella o los Szifron, ella es acaso la más reconocida en el mundo entre su generación de cineastas argentinos. Una auteur, así en francés, cuyos films hacen las delicias de la crítica especializada y los espectadores de paladar negro, exhibidas en festivales europeos y objeto de ensayos varios en revistas neoyorkinas.

A pesar que Martel quisiera que sus películas fuesen percibidas como “comedias” “clase B”, como dijo en una entrevista, lo que ella produce está bastante alejado del cine comercial que abunda en los complejos multipantalla, e incluso dista del indie más frecuentado por los millenials. Quienes hayan visto alguno de sus films, cargados de atmósfera lynchiana, entenderán porque cuando ataca a las series hace de Twin Peaks la excepción que confirma la regla. También comprenderán porque sus producciones no gozan de la misma convocatoria que El Hijo de la Novia.

Al subrayar el ataque de Martel a Netflix y las series no pretendo hacerla quedar como una reaccionaria. De hecho, en los mismos diálogos demuestra una saludable apertura a lo nuevo que dista del conservadurismo rancio que caracteriza al establishment audiovisual argentino (Prohibido olvidar que el presidente de APTRA es Luis Ventura). Ella ha dicho que le agrada pensar que los niños de hoy se crían viendo anime y leyendo manga, que el consumo de marihuana “le hizo muy bien al público”, y que Youtube le da esperanza en el futuro de la producción audiovisual.

De hecho, entiendo los argumentos de Martel. Ciertamente concuerdo con ella que Twin Peaks es una de las mejores series jamás hechas, sino directamente la mejor. También comprendo su recelo con respecto al hipnótico poder del streaming, que parece hacernos de una vez y para siempre consumidores pasivos.

Sin embargo, también creo que su queja sobre el lenguaje audiovisual de las series y la popularidad de Netflix se apoya sobre un sentido común propio de la crítica del arte y el mundo académico que, creo yo, ya va siendo hora de ir sacando de circulación. En particular, siempre me molestó la condescendencia con la que se habla sobre el espectador y lo que este elige consumir. Como si fueran un médico que le aconseja a un púber dejar de comer patitas con Coca Cola, y agregar más acelga en su dieta.

Siendo sincero, sobre estos aspectos más generales tengo solo intuiciones, y en parte la idea de esta serie de escritos es elaborarlas y explorarlas. De lo que estoy más seguro es que el diagnóstico de Martel tiene algunos puntos ciegos. Primero, argumentaría que las series son un gran mecanismo para introducir elementos innovadores o subversivos en el consumo cultural de la gente justamente porque son tan fáciles de consumir. Yo quisiera saber cuánta gente que se enganchó sin querer con Sense8 hubiese visto en su lugar una narrativa que promueva con tanta inventiva la diversidad, con escenas de sexo homosexual y todo. Cuantos adolescentes fanatizados con Handmaid’s Tale hubiesen pagado con los doscientos pesos que vale Netflix una entrada de cine para ver la película rumana ganadora de la Palma de Oro, Cuatro Meses, Tres Semanas y Dos Días.

Si, quizás el lenguaje narrativo de las series es más “conservador”, atrapadas por la “dinámica de televisión, de los diálogos cargados de información”. Pero al mismo tiempo el formato se hace cargo de un mandato que el cinearte argentino mayormente ignora: es accesible, es entretenido, y disfruta sin más. No sé Martel, pero sinceramente yo no puedo ver El Arca Rusa todos los días. De hecho, después de cada capítulo de la citada Handmaid’s Tale me tengo que poner a ver una sitcom boluda para no dormirme con mal sabor de boca. Será que me falta compromiso político.

Segundo, no creo las series hayan desbancado el “consumo del cine de autor” como dice ella, porque el groso de los abonados de Netflix no dejó de ver cinearte para mirar una de Mario Casas. Es decir, para que la última producción de la tv ibérica sea un fenómeno tal que lo levanten hasta Clarín y la Nación, no alcanza con ese público mesocrático de formación superior y domicilio en Caballito que la cineasta siente Netflix le está robando. En todo caso, ese espectador ya miraba series subtituladas hace rato, y desde los noventa reparte su tiempo e ingreso entre diversas opciones que hacen a una dieta cultural omnívora.

Si Merli y compañía se volvieron virales es porque los consume (y lo comenta en redes sociales) un gran público que hoy llega a Netflix después de descubrir otro cine diferente al que repite sin cansancio Telefé con la revolución cultural poco estudiada aún del DVD trucho. Me atrevo a decir, la nueva clase media de los dos mil y pico, que aprendió el nombre de actores y hasta directores charlando con el mantero, de la misma manera en que antes lo habían hecho en el videoclub los favorecidos por el uno a uno de aquel que no debe ser nombrado.

Para ese público la ambición narrativa de La Casa de Papel es un salto colosal porque no lo comparan con La Dolce Vita, sino con Los Ricos No Piden Permiso. Quien busque las razones de éxito de Netflix, Youtube y otras plataformas de streaming, más que contar las entradas vendidas por el Arte Multiplex en Belgrano tiene mirar el rating que perdió la televisión abierta en la última década. Por ejemplo, los casi quince puntos que cayó la apertura de Showmatch entre 2009 y 2017.

Claro que no soy el único que percibe esta situación. Por eso muchos colegas de Martel abandonan las salas de cine y se arriman a la demanda del público (y la financiación extranjera) con productos de calidad como El Clan, El Marginal, El Jardín de Bronce, Un Gallo para Esculapio, o la malograda Edha de Burman. Hasta Suar y Polka se dan el lujo de jugar de avanzada, introduciendo relaciones románticas gay en sus culebrones con muchas más resonancia en la cultura popular argentina que todos los estrenos del Gaumont en un año, sumados.

Alguna vez Lucrecia Martel estuvo cerca de llevar al cine ese “santo grial” de la cultura mesocrática argentina que es El Eternauta de Oesterheld y Solano López, pero el proyecto quedó en nada por diferencias creativas. Yo creo que debería retomarlo. Lo vería si lo hiciese como una serie para Netflix.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s