Mientras bailamos tangos fatales

 

“El ruiseñor se niega a anidar en la jaula, para que la esclavitud no sea el destino de su cría”

Gibran Jalil Gibran

Por Cristian Secul Giusti[1]

No hay un momento preciso ni tampoco calculado, pero quizás en alguna instancia de la vida la garganta del Indio Solari se cerró y únicamente explotó para cantar. Con ese empuje bastante rengo, caminó como despistado por los suburbios de la lírica, a la vera de la ruta, sin saber dónde estaba el semáforo, la diagonal, la vereda, el cordón, las columnas. En definitiva, anduvo a los tumbos, sentado y componiendo, un poco perdido a propósito y otro tanto por pura suerte. Tal vez las voces de su pasado comenzaron a abrumarlo y también los ecos del futuro lo obligaron a forzar un cierre, una travesura simbólica, trágica y bellamente desgraciada.

Su nuevo disco El ruiseñor, el amor y la muerte es un cóctel de venenos pacientes. Y en su filo, renueva escenas, revive diálogos, busca esos mismos ojos de la noche para decirle que los recuerda, que los abrazó con mucho amor, con supremo fuego y total locura. En esa línea, las letras que integran este álbum -quizás de despedida india- confiesan que, en verdad, lo temeroso siempre está a la orden del día y la podredumbre del contexto no es algo ajeno a nuestros pareceres. Harto de dar explicaciones y de sacar conclusiones, estallado por dentro e iluminado cuando la noche es más oscura, Solari no habla solamente de él, o de sus personajes tragicómicos -más opacos que de costumbre-, sino que parece incluirnos a todos en la penuria. El llanero solitario, mister caótico y genial, nos dice que esta farsa -este mundo, esta empresa, este mundo de hoy, nos contiene, nos repele y nos expulsa.

En el documental “Tsunami: un océano de gente” vemos un Indio Solari frágil, bastante más cercano al David Bowie de la etapa ardiente y final, y con muchos miedos alrededor de la famosa “decrepitud” -algo ensayado por Neil Young, Ernest Hemingway y hasta Allan Ginsberg, desde ya-. Si bien cada uno toma un camino y sobre eso hace o deshace consideraciones e ideas, el ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota sabe que tiene el borde a pocos metros y por eso tira sus dardos agrios contra el ocaso. Es decir, el artista de rock argentino más convocante del país se siente, justamente, convocado por la sombra y eso se siente, se aprecia, se encarna y se vislumbra en las uñas espinas de sus nuevas líricas. ”La muerte te mira, hace visera”, dice en “El callejón de los milagros”.

El ruiseñor, el amor y la muerte merece ser escuchado con lentitud, saboreado en su bravura y deconstruido en sus acordes, melodías y azares del sonido. Sin embargo, cuando hablamos de Solari pensamos directamente en los discursos de las líricas y los enunciados que atraviesan los sordos muros o, sin ir más lejos, las pinturas de guerra de nuestras calles. De todos modos, y con el timoneo más tendencioso, la pauta temática de todo el material deambula por zonas crudas y misterios lúgubres, muy propios de las películas soviéticas de los 60 o 70 o, claro que sí, del tinte beatnik más andariego y suburbial, una charla entre Jack Kerouac, William Burroughs y el siempre áspero J.D. Salinger.

Desde este plano, las frases cruzan los sueños y como flechas van. Desde la cita a Eva Duarte en “La Oscuridad” (“Dejé jirones de mi vida aquí”) hasta el recuerdo de la figura del Che Guevara en “El martillo de las brujas” (“Tu San Ernesto de la Higuera cargás”) o la remembranza del padre del LSD Albert Hoffman en “Tío Alberto” (“Se descuidó, su conciencia quebró, venció a la muerte”), el vínculo con la llama profunda es latente y eficaz en su proyección.

No obstante, en esa rabia expuesta y en ese viaje con dolores dulces que propone Solari, no se advierte una noción torpemente individualista y cerrada, sino, más bien, se exhibe un código para ser interpelado en conjunto. Para ser más específicos, el Indio busca dejar en claro que este disco es, lisa y llanamente, una banda de sonido para los desangelados, los abatidos, los abrumados y los ardidos. En este sentido, los interlocutores se han ampliado y han crecido. Aquellos que anteriormente se situaban en los costados del sistema, en las hendijas de los modelos, al calor de las masas y bajo la presencia de los infiernos de la injusticia, hoy se encuentran en callejones de diversa índole.

Por tanto, en esa trama, Solari todavía nos guiña el ojo y, en un caso similar al de Charly García de la actualidad, levanta la mano para decir: “Acá estoy”. Si bien utiliza su propio modo, con sus leyes y sus estridentes rupturas, su ladrido es un desahogo. Y más allá de todos esos tormentos que lo aquejan, nos dice que la oscuridad cubre toda la ciudad y que la derrota es difícil de soportar, pero también nos invita a bailar y a inquietarnos porque “A casi nadie contenta su vida hoy: miedo y deseos”, “El que la seca, la llena”.

El Indio reconoce que está mayor, y nos repite, también a nosotros, que este contexto nos vuelve más crujientes e irascibles. Desde la niebla, El ruiseñor, el amor y la muerte surge con cadenas y las letras bañan los oídos con un tono arisco y un potente y real perfume de tempestad. Hoy, la fragancia es otra, el humo es más negro y el bondi está estacionado en Finisterre. Si bien la política del éxtasis vibra aún en sus líricas, la poética del riesgo está más inalterable que nunca.

Tras lo espasmódico del asunto, Solari nos dice que miremos la muerte y que hagamos algo con eso, más allá de describirla. La propuesta, quizás, empuja a arrojarse al sentir porque el escenario es un incendio y las ganas de hacer un motín copan la parada (“La ciudad de los encandilados”). En esa alusión constante a la muerte -que le ronronea las rosas de su existencia-, Solari invita a vivir y reconocer que hay una chance de algo si agudizamos el ojo. Y así estamos, de hecho, con el álbum del Indio en pleno brote y ardiendo a dos manos junto a él, prendidos fuego e irradiados por su contenido. Porque la cosa es así, nos sentamos en el piso, hacemos fuerza, intentamos olvidarnos de un tema -o pasarlo a segundo plano-, y al toque aparece el viento más esquinado de todos, ese mismo que nos rompe el pecho y nos grita: a brillar, mi amor, vamos a brillar, mi amor.

[1] Dr. en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP)

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