Venceréis, pero no convenceréis

Por Juan Manuel Erazo

Para el 12 de octubre de 1936, Salamanca ya estaba bajo el control del ejército franquista. El escritor y filósofo Miguel de Unamuno era rector de la universidad de dicha ciudad. La casa de altos estudios fundada en 1218 (la tercera más antigua de Europa), donde Manuel Belgrano estudió abogacía y gestión comercial, se predisponía aquel día a recibir ni más ni menos que a Carmen Polo, esposa de Francisco Franco. Era una celebración del Día de la Raza muy atípica, ya que el paraninfo de la universidad se encontraba repleto de soldados al mando del general José Millán-Astray, mano derecha de Franco.

Unamuno, quien había apoyado la sublevación en un principio, era para ese momento uno de sus principales adversarios. Había sido testigo de la brutal represión, perdiendo colegas y amigos bajo las balas de las ejecuciones sumarias. En su condición de rector, había dado inicio a la ceremonia y ya se mantenía en silencio, apartado. Pero luego de que algunas autoridades políticas y religiosas alabaran la cruzada franquista, no pudo callarse: “Ya sé que están esperando mis palabras, porque me conocen bien y saben que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa mentir”. Comenzó luego a enumerar las atrocidades de la guerra hasta que Millán-Astray irrumpió violentamente al grito de “muera la inteligencia, viva la muerte”. Unamuno, sorprendido por tan brutal exclamación y ante un público enardecido que enarbolaba orgulloso el saludo fascista, respondió: “Venceréis, pero no convenceréis”. Algunos días después sería arrestado. Al mes moriría de tristeza.

Venceréis

Unamuno comprendió aquel día que esa batalla estaba perdida. Entendió que algunas piezas ya se habían movido, que el franquismo había avanzado más de lo que él creía y esperaba. El análisis de la correlación de fuerzas no siempre arroja resultados positivos. Es duro, pero necesario comprenderlo. De esta manera uno puede elegir las batallas, reagrupar, evitar la confrontación directa. En pocas palabras, bailar con el tiempo.

Es muy factible que el gobierno que asuma en 2019 sea peor que este que estamos atravesando ahora. Y no hablamos sólo de una posible reelección de la alianza Cambiemos, hablamos de la perpetuación política de la inestable, pero perdurable, unidad del establishment (sectores agroexportadores, las grandes cámaras empresariales, los multimedios y la banca financiera). Cambiemos sigue siendo la principal apuesta política de las élites, pero pueden tranquilamente apostar a otra fuerza, ya sea por fragmentación interclase, es decir, roces entre la tradicional oligarquía agroexportadora y los jóvenes CEO´s tecnológico – financieros (por solo dar un ejemplo), o por incumplimiento de objetivos acordados, es decir, que Cambiemos no logre transformar nuestro país en un territorio propicio para la elaboración de determinadas materias primas a bajo costo y la timba financiera: un país bananero versión 2.0.

El primer escenario de fragmentación interclase generaría agrietamientos que pueden diversificar las apuestas de los diferentes actores que manejan los hilos de la economía, produciendo quiebres dentro de la misma alianza Cambiemos o el flujo de inversiones electorales hacia otras fuerzas, centralmente, a determinadas estructuras del Partido Justicialista. Obviamente, el resquebrajamiento de la unidad que han tejido las clases dominantes desde 2013 (cuando acordaron programa y tareas políticas concretas para su ejecución) en adelante profundizaría el estado crítico que atraviesa el país, construyendo mayores condiciones para generar apuestas por parte del campo popular que sacudan un poco los conservadurismos del sistema político. En pocas palabras, daría mayor lugar a la creatividad, ya que nada interesante sucede en lo político si no se produce algo interesante en lo social. Y que suceda algo interesante en lo social no es caer siempre en el slogan trillado de pensar “lo social” como la confrontación callejera.

¿Qué sucedería si Cambiemos no cumple con las expectativas? ¿Si no puede estabilizar la economía para garantizar más años de concentración y saqueo? ¿Si no puede controlar el malestar social? ¿Si no puede subordinar a los sectores más conservadores del justicialismo que ante la posibilidad de hecatombe, huelen sangre y atacan? La respuesta es renovar la cara (posible enroque Macri – Vidal resignando el control de la caja provincial) o una apuesta fuerte al Partido Justicialista. La última, por lo pronto, no estaría siendo una apuesta viable, ni siquiera un Plan B. Con el partido intervenido, su fuerza descansa en un archipiélago de gobernaciones e intendencias sin unidad y cohesión. Aun así, puede gestionar tanto gobernabilidad como territorialidad y, centralmente, estabilidad social (asistencialismo, fuerzas de choque, acuerdos con las fuerzas de seguridad interior, por solo mencionar algunos factores).

Aun con todos estos factores en acción, la agenda está lejos de ser impuesta por el campo popular en términos que no sean específicamente de resistencia. Incluso, a pesar de que hubo una mega devaluación de más del 50% de nuestra moneda en el primer semestre de 2018, una inflación galopante, recesión económica y un acuerdo stand by con el FMI (tomando más de 50.000 millones de dólares), el consenso social aún es estable. Podemos ya decretar la muerte de la hipótesis del helicóptero pregonada a principios del 2016, no obstante, ante la debacle de esta formulación el campo popular no ha propuesto nada más innovador, persuasivo, inteligente, en pocas palabras, no generamos ninguna idea de futuro que enamore a nuestro pueblo ¿Y si todo se vuelve insostenible y Cambiemos cae, que se haría desde el campo popular? ¿Hay condiciones de proponer algo superador?

Y es que si bien el enemigo de clase no es una unidad y tiene sus debilidades, sus resquebrajamientos, y acusa el golpe de un mundo que no abre sus puertas más que para dar paso a las arcas del saqueo exterior, aun así, la condición del campo popular es tres veces peor. Vayamos a la raíz del problema. Nuestra clase cuenta hoy con una división cada vez más marcada entre excluidos e incluidos en los círculos de integración formales del binomio capital-trabajo. Dentro de esta división más notoria hay un enorme número de subdivisiones que no implican solo el monto del ingreso percibido, sino también sus consumos culturales, espacios de ocio, y sobre todo, generación de conciencia. Pero más que nada, es importante destacar que sobre el espectro de nuestra clase pesa la hegemonía neoliberal, la reproducción constante de prácticas y de una conciencia que no le pertenece.

Es inevitable que esta fragmentación devenida de un gran número de derrotas históricas (desde fines del siglo XIX en adelante) no genere dos centrales sindicales, partidas cada una de ellas en sí mismas, y peor aún, la más grande, la Confederación General del Trabajo, con amplios sectores subordinados a las estrategias del establishment. Y si esto es así en su organización sindical, es decir, en el aspecto reivindicativo más básico, ni siquiera nos imaginemos en el sentido ético – político. En este escenario la militancia popular encara la tarea al revés: no discute las características del sujeto transformador (ya ni quiera discute sujeto) sino que agota todas las instancias de su tarea (justamente las más complejas) y va directo a lo político, pero no en términos transformadores, sino entendido como mera “rosca”, pequeñas disputas paupérrimas de poder, direcciones autoproclamadas, en sí, la praxis líquida y deformada.

Sumemos a esto un mundo multipolar bélico pre-apocalíptico y el panorama está completo, es más comprensible aún. Es factible que en el corto plazo la sucesión de Gobierno no solo se decida entre apuestas políticas conservadoras, sino que organizaciones políticas de nuestro campo se acomoden en este escenario (y puede que muchas al hacerlo tengan argumentos más que legítimos). Y no hablamos de conformismos, traiciones o claudicaciones, hablamos lisa y llanamente del estado actual del proceso de intensificación de lucha de clases. Y cuando hablamos de intensificación de la lucha de clases, no hablamos necesariamente de estar ganando. Decimos que el enemigo, luego de años de balaceras frías, decidió avanzar sobre la trinchera donde detrás se encuentra nuestro ejército maltrecho.

Pero no convenceréis

Imaginemos que le preguntamos a una niña de 7 años cómo podemos acabar con el hambre del mundo. Es muy factible que la respuesta sea: “y… dándole de comer a la gente con hambre”. La respuesta es sencilla, pero a la larga hay quienes optan por complejizarla con fórmulas y términos incomprensibles. Si le preguntásemos a un militante popular qué es el “buen vivir” habría cientos de respuestas, pero también lugares comunes como romper con la alienación, el consumismo, la meritocracia, desarrollar una economía sustentable, el cuidado ambiental, la igualdad, en todos esos lugares comunes suscita una misma respuesta: no hay salida posible a esta catástrofe global sin superar el capitalismo. El capitalismo solo supera sus crisis con guerra, en este caso, guerra global.

Entonces el objetivo es claro, y para conquistarlo se necesita más que votos en las urnas (sin restar importancia a este factor más que trascendental). Para lograr este objetivo necesitamos una estrategia que vaya armando horizontes, esta estrategia tiene que seguir siendo la construcción de poder popular entendido como el proceso a través del cual los lugares de vida (de trabajo, de estudio, de recreación) de las clases subalternas se transforman en células constituyentes de un poder social alternativo y liberador que les permite ganar posiciones y modificar las relaciones de fuerza, avanzando en la consolidación de un campo contrahegemónico.

A su vez, es necesario el fortalecimiento de herramientas de empoderamiento que generen la amalgama de nuestra clase, como lo es el feminismo, por solo dar un ejemplo. Nuevas prácticas sociales generan nuevas formas de hacer política, y esta debe ser una praxis irrenunciable. No es traidor quien se presenta en tal o cual lista, es traidor quien no hace nada en pos del empoderamiento popular, sino todo lo contrario.

Es necesario que la praxis emancipadora tenga una herramienta política que la represente y para ello necesariamente debe generar una nueva cultura política. Esto en Argentina recién se está gestando y no sin atravesar miles de dificultades. Ser representación política de nuevas mayorías populares, pero a su vez presentar una nueva forma de hacer política, sabiendo sortear las correlaciones de fuerza adversas sin aislarse pero sin diluirse, es el desafío central, tan central como hacer todo lo posible para que el neoliberalismo avance lo menos posible.

Estos son dos tareas que entran en tensión, porque gestar la nueva cultura política implica sostener un discurso, un perfil, una identidad, una idea fuerza. Pero a su vez es vital lograr la unidad necesaria para frenar y corroer el avance del neoliberalismo (aunque eso en el corto plazo solo implique estar eligiendo al enemigo menos peor, aunque resulte útil en última instancia). Esta segunda tarea implicará seguramente alianzas con estructuras tradicionales de la política y armados que corroerán a los perfiles más disruptivos. Malabarear esta tensión constante solo se hace con claridad estratégica. En ese escenario ninguna apuesta político electoral es condenable o mala en sí misma, sólo en función de cuánto aporta a la estrategia central, que como toda síntesis, siempre es un proceso histórico, no un simple punto en el temario de una reunión de unos pocos.

Es por eso que seguirán venciendo. Porque el conjunto del sistema político parece acomodarse ante los vientos de cola de un enemigo que avanza aún sin seguridad de triunfar. Porque hemos perdido ya grande batallas culturales y centralmente vencerán por nuestras propias debilidades. Pero jamás nos convencerán de que ya no se puede resistir, de que este sistema funciona, de que no hay otras maneras de hacer política. Jamás nos convencerán de que no vale la pena luchar.

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