Mantener viva la pregunta

Por Eva Morales Guido

Tras dos meses de búsqueda, el 17 de octubre del 2017 el cuerpo de Santiago Maldonado fue encontrado sin vida en el Río Chubut. Muchos de nosotrxs no conocimos a Santiago ni vamos a poder hacerlo. Pero sí sabemos que fue un joven comprometido con la lucha mapuche, un joven inconforme con la realidad en la que vivimos, como muchos de nosotrxs. Santiago es y fue, y probablemente seguirá siendo para muchos y muchas jóvenes militantes, un reflejo de las luchas políticas y de un Estado represivo.

Su foto estuvo presente (y seguirá estando) en cada universidad, hospital, parada de colectivo y muro de Facebook. La pregunta “¿Dónde está Santiago Maldonado?” surge como una demanda ante una sensibilidad colectiva respecto a su desaparición, una pregunta que es de todxs. Es difícil encontrar una respuesta a este interrogante que nos mantuvo cautivos durante dos meses y medio, pero quizá la mejor opción no sea buscar una respuesta sino multiplicar las preguntas.

La pregunta deja, en cierto modo, de ser sólo sobre Santiago, así como tampoco intentaba dar el lugar exacto en respuesta al “dónde”. Pasaba de ser un pedido colectivo por su aparición con vida (“con vida se lo llevaron, con vida lo queremos”) a ser un llamado de justicia ante los hechos ocurridos.

Las preguntas fácticas parecen las más sencillas de responder: dónde está, que pasó, quién fue. Hechos puntuales, información, datos. Pero, ¿qué había detrás de esa pregunta? Reflexionar acerca de cómo la sociedad mantuvo esa sensibilidad respecto a su desaparición, cómo se militó la pregunta y cómo esa pregunta nos movilizó a cada unx de nosotrxs, podría ser lo más cercano a encontrar una respuesta.

El discurso de los medios masivos de comunicación respecto a Santiago estuvo plagado, desde el primer día de su desaparición, de un tinte moralista que autorizó a castigar al “otrx”: al que no responde a un marco normativo establecido. Parte de la opinión pública proponía que Santiago era culpable de su propia desaparición, con dichos variados desde “algo habrá hecho”, “toda muerte es triste pero si se hubiese comportado como un persona normal hoy disfrutaría de la vida”, “¿por qué no se dejan de joder con Maldonado?, vayan a laburar”[1].  Es decir, que ser una persona “normal” y laburante podría habilitarnos a justificar la muerte de Santiago sin ningún tipo de culpa, ya que formamos parte del conjunto de ciudadanos responsables. La moral, el deber ser, es un concepto fuertemente arraigado en nuestra sociedad y defendido por los medios de comunicación, quienes importan la moral de lo “normal” y “anormal” y de quién merece o no ser reprimido por las fuerzas de seguridad del Estado.

Pareciera haber una especie de sadismo moral, de alegría ante el hecho concreto de muerte, de “él se lo merece por lo que hizo”, de poco cuestionamiento y falta de reflexión.

La relativización del caso de Santiago fue la herramienta discursiva de muchxs para tratar de negar los hechos que ocurrieron, corriendo la pregunta e insistiendo en que “nos dejemos de joder” con Maldonado. “Yo no te vi marchar por …”, se transformó en un latiguillo constante para aquellos que sentimos que la desaparición y muerte de Santiago era un golpe a nuestras convicciones y derechos. No todas las muertes son iguales, no. Sería bastante inocente afirmar que todxs valoramos la muerte de algunas personas de la misma manera. Las diferencias en cuanto a los casos más conocidos que fueron utilizados en varios discursos, como la muerte del Fiscal Nisman o la desaparición de Julio López, funcionaron contradictoriamente como comparativos a la desaparición de Santiago, tratando de justificar la postura de que todas las muertes deben causar la misma conmoción en la sociedad.

Decir que la desaparición y muerte de Santiago fue igual a otras muertes es dejar de darle un sentido particular. “Ni una menos” no es “Nadie menos”, no tenemos que restarles importancia a ciertas premisas sino complejizarlas para seguir cuestionando nuestrxs discursos.

Por momentos la pregunta de Santiago parecía intolerable, la persecución a los docentes fue la respuesta de un Estado que quería hacernos callar, que quería que dejáramos de preguntar. Hay una orden del discurso que busca normalizar, decir que “ya pasó”, “borrón y cuenta nueva”, precisamente en un país donde la memoria, la verdad y la justicia son los pilares fundamentales para mantenernos en lucha constante contra quienes intentan vulnerarlos.

Para muchxs éste hecho fue el primero que nos movilizó, que nos marcó, que nos hizo pensar que nuestras luchas políticas se encarnan en Santiago. Las subjetividades nos atraviesan, y a pesar de que muchas veces caigamos en una ola colectiva moral, la particularidad y la identidad propia de Santiago, de Julio Lopez o de Luciano Arruga pueden hacernos valorar su muerte en diferentes planos. “¿Esta mal?”, sería una pregunta incorrecta, porque no se trata de un cuestionamiento moral o de un duelo público comunitario, se trata de cómo construimos ese valor en dinámicas políticas.

La relación entre militancia, activismo y su correlación con la desaparición forzada de personas es una cicatriz aún abierta en nuestra memoria colectiva. El “ahora y siempre” a los gritos y en Plaza de Mayo es una tajada constante a una línea temporal que tratamos de romper mientras marchamos. Porque los Derechos Humanos en la Argentina sólo van a servir como bandera si son empujados por nosotrxs en las luchas políticas con las que nos enfrentamos. Tenemos el deber político de mantener la memoria de nuestro pueblo viva, de mantener viva la pregunta para no ser cómplices. Porque preguntar por Santiago Maldonado nunca es solamente preguntar por él.

[1]     Citas textuales de comentarios en publicaciones de Facebook sobre la desaparación de Santiago Maldonado.

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