Chicos de abajo

Por Víctor E. G.

Recuerdo los apasionados relatos de mi padre sobre un humilde equipo de barrio situado en la capital de la provincia de Corrientes llamado “Once Corazones”. El viejo, con orgullo, me comentó que él fue parte de ese equipo que llevaba ese nombre gracias al coraje de sus integrantes, valor que se desplegaba en el campo de juego con sudor y sangre. Eran otros tiempos en donde el honor estaba presente a la hora de trabar una pelota, eran pibes que luchaban por una victoria dentro del potrero y batallaban por llevar una vida digna fuera de él. Once chiquilines, mal alimentados, descalzos (en su mayoría) o con las alpargatas llenas de agujeros, con sus camisetas gastadas, rotas y remendadas que aumentaban su orgullo a la hora de enfrentar a los soberbios equipos de las clases altas que vestían inmaculadas casacas y lustrosos botines de futbol.

Por un instante, en esa cancha, eran todos iguales a la hora de patear un balón de tiento. Por 90 minutos se vivía un estado de igualdad en un tiempo todavía pre-peronista. Con garra, y tal vez con una pizca de resentimiento provocada por la opulencia de la riqueza mal habida de sus contrincantes, los pibes de abajo rompían las redes de los arcos de los hijos del partido Blanco, que eran comandados por los señores feudales de la época: los Romero Feris. También bailaban con sus pícaras gambetas a los equipos de la curia romana correntina que amparaban con sus falsos sermones la explotación de los chicos en los campos de la oligarquía agraria. Eran esos mismos muchachitos quienes integraban el combinado barrial, quienes por cada partido ganado obtenían un sándwich como premio, aunque el mayor placer espiritual estaba en saborear la victoria sobre los ricos. Ellos, que eran los hijos de los explotados, niños que por unos instantes se sentían triunfadores y soñaban con jugar en algún club porteño de primera A.

La presentación de Ricardo Centurión (jugador del Racing Club de Avellaneda) en el programa “Podemos Hablar” me trajo el recuerdo de la historia de “Once Corazones”. A pesar del tiempo notorio plasmado en una diferencia de sesenta y tres años entre el nacimiento del jugador del club correntino y el jugador académico, Centurión contó las mismas desventuras de su infancia pobre, similar a la de mi padre. Con aplomo dijo: “A mi padre lo perdí de muy chiquito (…) la que se hizo cargo de mi familia fue mi mamá y mi abuela (…) mi viejo trabajaba en forma ilegal y en negro”. Coincidencias trágicas y deliberadas de una Nación gobernada por los conservadores liberales de antaño y los neoliberales de los 90, que de vez en tanto aparecen en los gobiernos por medio de las armas. O aún más más decepcionante, por los votos.

Como es su sana costumbre de encarar hacia adelante, el jugador comentó la muerte de su padre provocada por la explosión de una fábrica de pirotecnia en donde su viejo trabajaba en forma incorrecta, es decir, dejando de lado todo derecho laboral. Por si fuera poco, agregó la historia de su madre, una humilde mujer que trabajaba de mucama con cama adentro en el hotel Sheraton y por esa causa veía a sus hijos dos horas al día. Pero un buen día, el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, se enteró de la situación socio económica de esa familia a través de una carta escrita por la madre de Centurión. Gracias a eso, el político accedió al pedido de la mujer: les fueron otorgadas unas máquinas para que ella pueda ejercer la profesión de costurera en su taller propio.

Esa anécdota atravesó como un rayo (una vez más) mi memoria y me trajo otra remembranza: una similar historia fue contada por mi madre. En su Santiago del Estero natal, Evita les dio máquinas de coser, géneros e hilos para que los humildes se fabricaran sus prendas y no dependan de la “caridad” del que más tenía. En ese tiempo y por esas tierras era común que se aplicara el mentado sentido común de las alcurnias provincianas: las niñas eran entregadas a las familias de clase alta y media de la capital santiagueña para que trabajen como sirvientas a cambio de comida, techo y un poco de educación. Cuando las niñas aprendían a leer y escribir eran sacadas de los establecimientos educativos para que tengan más tiempo para limpiar y atender a la descendencia de sus “benefactores”. Aciagos tiempos de una práctica laboral semi esclava que hoy pretende volver con la posible reforma laboral amarilla de Cambiemos.

Pelota y política

En nuestros tiempos casi no quedan jugadores cómo el astro racinguista: díscolo, corajudo y suelto de semántica a la hora de expresarse en asuntos que no se refieren al ámbito deportivo. El joven de veinticinco años no escatimó elogios hacia la política pública del intendente de su barrio. Centurión leyó la jugada y tiró con éxito una pared al hilvanar el esfuerzo personal y la puesta en práctica de gestiones estatales que ayudaron a la elevación de las capas inferiores sociales.

El programa emitido por Telefé fue el debut de “Riqui” en ese tipo de formato televisivo. El conductor del ciclo atribuyó esa tardanza mediática a la timidez de hablar ante las cámaras. Sin embargo, el jugador en una rápida jugada la clavó en el ángulo del arco de la vanidad y contestó: “Para otra clase de cosas que me dolieron en la vida, me gusta hablar”. Es extraño, y a la vez admirable, escuchar a un jugador salir del formato de la meritocracia deportiva que muchas veces se apuntala tozudamente en el egoísmo en donde el éxito o el fracaso dependen sólo de la persona en cuestión. Los verdaderos cracks son aquellos que aprenden de sus errores y trabajan para el bien común del equipo, a pesar de sus faltas fuera de la cancha. Centurión aparentemente aprendió la lección de vida (*). Criticó sus deslices pasados y se puso el equipo al hombro, sabiendo que el rival de turno eterno es la xenofobia de los de arriba y de los de abajo, que no comprenden que los desaciertos de vida material pasan por la desigualdad social, por la falta de oportunidades y por la explotación de los poderosos. Para el hipócrita, Centurión es aquel personaje incorrectamente político o como él dijo que lo catalogan, “un villero, un negro cabeza”.

“Para los chicos que venimos de abajo es muy difícil que vos te inclines y no vueles”, fueron las palabras claras que reflejan la historia de las clases bajas argentinas de hoy y de ayer. Muy pocos jugadores llegan a la cúspide de la pirámide y muchos otros quedan maltrechos por el camino de la vida. No bajar la cabeza e inclinarse ante el poder de castas “superiores” es el ejemplo de jugadores de toda la cancha como lo fue el Loco Houseman ayer y hoy el Loco Centurión. Y también como lo fue mi viejo y millones de argentinos y argentinas que no llegaron a la cima económica, pero fueron conscientes de quien es quien en el torneo de la existencia. Supieron para que equipo jugaban y muchas veces supieron que el partido estaba perdido porque el referí estaba comprado y siempre pitaba a favor de los grandes. Potrero, coraje y memoria son los tres afilados atacantes que necesita Argentina para consagrarse campeón mundial, no solamente para un campeonato sino (también) como sociedad que no entrega sus valores ante los fulgores del dinero.

* Dada la línea editorial de esta revista hacemos referencia a que pesan sobre Ricardo Centurión denuncias por violencia de género realizadas por su expareja Melisa Tozzi. Entendemos que la condena absoluta a éstas acciones no invalida el resto del contenido del presente artículo.

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