El feminismo y la disputa por la democratización del goce

Por Cecilia Beatriz Díaz[i] y Florencia Galzerano[ii]

 

La ola verde se presenta potente por la furia; homogénea por el deseo de la igualdad y extensa por el trasvasamiento generacional. Lo inunda todo, al tiempo que erosiona cada estructura y cada límite de lo institucionalizado. Con la discusión en torno a la ley de legalización del aborto, los posicionamientos son tajantes y en la lucha por convencer se pueden observar algunos ejes en tensión, tales como el goce y la elección sexual.

El feminismo deconstruye y construye mediante un proceso autoreflexivo que no cesa en su reformulación e interpelación. Al tiempo que debate internamente, pone en evidencia sus fricciones -y contradicciones- al conjunto de la sociedad, sin abandonar la exposición de sus denuncias y demandas. En tanto movimiento que pretende la igualdad, hoy parece revitalizar la democracia en su devenir a partir de algunas preguntas centrales: ¿cómo podemos y cómo queremos vivir?, ¿qué margen de elección autónoma existe para las mujeres en el patriarcado?, ¿cuándo hay subordinación o empoderamiento en el goce?, ¿es posible determinarlo?

Múltiples pueden ser las respuestas, lo cierto es que el feminismo revela que el orden, al decir de Ernesto Laclau, está dislocado e implica una construcción que se sabe disruptiva, política e instituyente. Asimismo, mediante este proceso se manifiestan goces inclaudicables e irrenunciables para las artífices y protagonistas de una transformación emancipadora y emancipatoria. En ese plano, la legalización del aborto se postula como una instancia de democratización del goce sexual y de la maternidad deseada.

La potencia, en esta interpelación, se revela en el reconocimiento del goce popular como colectivo, productivo y político, mientras que el neoliberalismo suele intentar apoderarse de la noción de goce como un rendimiento de la elección individual que depende de la autoexplotación.

Este aspecto suele dejarse de lado o no comprenderse en la organización de la vigilia y de los festejos por la media sanción. Es que los goces de lo político pueden presentarse de manera tan múltiple como polivalente en el espacio público: se visibilizan en cada Encuentro Nacional de Mujeres, en cada movilización de #NiUnaMenos y de #Parodel8M y, simultáneamente, exponen la necesidad de trastocar la investidura de un  goce unívoco, patriarcal y heteronormativo. Los cuerpos disidentes no son los que se desnudan, sino los que dan cuenta de la artificialidad de la norma del goce.

En efecto, la dominación sobre los cuerpos de las mujeres se materializa en la disciplina que sesga, sitúa y normatiza el goce, que ahora busca su cauce de reconducción para trastocar subjetividades e imaginarios tan centrales como la sexualidad y la maternidad. Este trastoque de la investidura del goce, como señala el psicoanalista lacaniano Jorge Alemán, resulta necesario para cualquier transformación ideológica. Revestir de importancia histórica el reconocimiento de este proceso puede ser central para dimensionar y sopesar las intervenciones que desde dentro y fuera del movimiento feminista se presentan con animosidad de verter juicios, estigmas y clasificaciones.

¿Puede hablarse de un “buen feminismo”? ¿sirve delinear modos habilitados para enunciar y accionar “no patriarcales”? Stuart Hall, el sociólogo de la cultura jamaiquino, diría: “todos los repertorios nos traicionarán”. Esto es así porque el intento de clausurar definiciones no es admisible si consideramos que todo proceso de construcción hegemónica en el que las subjetividades están involucradas, es inacabado e inestable.

Dicho reconocimiento no implica desconocer las bases materiales de dominación ni coquetear con peligrosos relativismos, sino comprender las coyunturas, contextualizar los pronunciamientos y buscar modos de intervención política consecuentes con una sororidad ampliamente referenciada en los discursos. Para esto, resulta necesario comprender que los posicionamientos son parciales y que las emancipaciones están en peligro en un gobierno neoliberal que confunde goce con autoexplotación y rendimiento.

Asimismo, pensar la política desde la lógica de la articulación de demandas, nos exige no anteponer reservas morales o metafísicas en las dinámicas de construcción colectiva que luchan contra poderes establecidos y por la ampliación de derechos. Que el goce sea político, colectivo, popular y emancipador depende de este movimiento organizado en marcha. Sí queremos, no cerramos las piernas ni la articulación.

 

 

 

[i] Doctora en comunicación social, Docente universitaria

[ii] Licenciada en comunicación social, Maestranda en Ciencia Política, docente universitaria

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