La política de la Tinellización

Por Daniel G. Rossetti

Desde hace unos meses, como un eterno dejavú que nunca termina de concretarse, empezó a escucharse desde distintos medios de comunicación que el conductor y animador Marcelo Tinelli tendría pretensiones de presentarse como candidato a presidente para las elecciones del próximo año. En los finales del siglo pasado se habló de la farandulización de la política al proponer personajes reconocidos como candidatos a distintos cargos electivos, quienes pondrían su llegada al público como capital y garantía de comprender las demandas sociales, para que los “profesionales de la administración estatal” pongan en práctica las medidas administrativas necesarias sin demagogias improductivas.

De estos experimentos surgieron Ramón “Palito” Ortega, Eugenio “Nito” Artaza, Daniel Scioli y Carlos Reutemmann como ejemplos sobresalientes que llegaron a lugares de decisión. El paradigma tecnocrático propuesto desde Washington separaba al pueblo de su lugar natural en la política. Los técnicos, cuanto más formados en parametrizaciones econométricas mejor, eran los nuevos y únicos gurúes capaces de entender las necesidades de organización dentro del Estado, mientras que las figuras públicas comunicarían a la sociedad cuales eran sus verdaderos intereses, ya que su llegada popular y el manejo del lenguaje “del pueblo” les permitía que la gran masa entendiera lo que los técnicos no tenían ni tiempo ni necesidad de comunicar sobre las políticas adoptadas.

La caída del muro de Berlín daba marco a lo que se llamó “la muerte de las ideologías”, algo a lo que el filósofo Francis Fukuyama dio marco teórico conceptual con su libro “El fin de la Historia y el último hombre”, de 1992. Allí relataba una utopía de liberalidad democrática capitalista, donde todos los conflictos quedarían resueltos. Sin contrapartida al liberalismo, ante el fracaso del estatismo soviético, esta ideología quedaba sola, hegemónica y dominante, y permitiría a todas las personas alcanzar su plenitud. Los políticos, mostrados como seres corruptos que cooptaban las fuerzas del Mercado, eran algo prescindible. Sin militancia corrupta, ya no eran necesarios estos intermediarios fanatizados y emocionales. La razón había alcanzado su punto máximo, el Mercado podría liberar toda su fuerza y destruir las desigualdades, derramando riqueza y desterrando la pereza que ofertaban los políticos para sostener una clase empobrecida, de la cual obtenían votos a cambio de prebendas.

Los dueños de privilegios anularon así los reclamos y accesos a derechos de las clases populares con el argumento de que la Política es cosa de profesionales técnicos y que el pueblo, movido únicamente por sus pasiones no deja espacio a la razón de Estado.

Esta farsa estalla a fines del siglo XX y a principios del siglo XXI. Desde el continente con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza surge un movimiento que nace en Venezuela con Hugo Chávez y se propaga por el resto de Latinoamérica. La política recupera su lugar ante el fracaso de las directivas del Consenso de Washington y la fuerza de la militancia de los movimientos sociales, que resistieron la arremetida de la derecha globalizada. Esta verdadera recuperación democrática impulsa dirigentes a las primeras magistraturas de sus países, quienes llegan a plantear la utopía de una región unida y organizada para trocar derechos por privilegios. La razón dirigida por las necesidades del espíritu, como recomendara hace más de 2.500 años Platón, llega al Estado para equilibrar las desigualdades de años de latrocinio a los sectores populares, que recuperaron para sí la Política. La “Ola Rosa” inundó al continente Latinoamericano.

La resistencia de los sectores concentrados alcanza su restructuración luego de que la situación social se pacificara después del desastre económico que habían realizado. Nada les molestaba más que ver a jóvenes participando en política, su lugar natural. Les molestaba que les pibes se resistieran a lo establecido y decidieran sobre su futuro. Para esto apelaron a cierta memoria de los menos jóvenes y resucitaron los fantasmas de la corrupción dentro del Estado, algo que conocen muy bien porque son quienes la generan.

Ayudados por el anquilosado Poder Judicial de cada país de la región, ante la calma de la marea Rosa, se envalentonaron y reiniciaron una nueva arremetida que comenzó en Guatemala y Paraguay y terminó en Brasil con el golpe a Dilma y la encarcelación a Lula. En Argentina, el acceso al poder por las urnas y el atosigamiento a la oposición populista, identificada en el kirchnerismo, mató dos pájaros de un tiro, connotando negativamente una forma de hacer política y relacionándola con la dirigente con mayores argumentos y títulos para disputar poder.

Pero como la imagen no es nada y la política es todo, el fracaso de la imagen de nueva derecha se está cayendo a pedazos, por mas que los esfuerzos por mantener el maquillaje de embellecimiento que hacen los medios concentrados de comunicación sean monumentales. El descontrol de los parámetros económicos, con la corrida cambiaria y su consecuente devaluación de mayo, junio y julio de este año; la toma de deuda que se está volviendo inalcanzable, ya sea para satisfacer las ambiciones de los especuladores financieros o para poder encarar un proceso medianamente productivo independiente y soberano; y los casos de corrupción que ya alcanzaron a la apuesta de futuro, como el de la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, con los aportes irregulares en la campaña electoral de 2017 (y también en 2015 con las denuncias de Cambridge Analytica), empeoraron su imagen puritana. La semana pasada la realidad quedó desnuda ante la evidencia de las políticas de no priorizar la presencia estatal en las cuestiones sociales, con la explosión de la Escuela N° 49 de Moreno que dejo el terrible saldo de dos trabajadores de la educación muertos. Todo esto pone al bloque de poder en una cuestión difícil, obligándolo a pensar en un plan “B”.

Al peronismo “dialoguista” nunca le tuvieron demasiada confianza. Los radicales no tienen demasiada penetración mas allá de algunas representaciones locales que no alcanzan para una candidatura nacional. Carrió no tiene oportunidad cruzando la Gral. Paz y Stolbizer…bueno, es Stolbizer. El bloque de poder necesita alguien que lo represente y no moleste. Los ejemplos de México con Peña Nieto, de Italia con Berlusconi (y ahora el Movimiento 5 estrellas y Beppe Grillo), Brasil con Bolsonaro (o remontándose en el tiempo, Color de Melo), y hasta el ejemplo de Donald Trump en los EEUU, muestran que se puede crear un candidato con alto contacto con los medios de comunicación masiva que represente los intereses del poder económico financiero concentrado. Ahí aparece Marce para establecer “la dictadura perfecta”.

El pibe de Bolívar, que le decía la cantidad de corners a Muñoz. El que agarró un horario horrible con Videomatch y terminó construyéndose como un ícono del tipo que se construye a sí mismo, un verdadero meritócrata, que sabe lo que es laburar. El que te hace llorar con las historias que cuenta en Showmatch, minutos antes de cortar las polleritas y mostrar culos cosificados. Ese que sabe lo que quiere esa entelequia imposible que es “la gente”. No el pueblo, tampoco la masa popular, “la gente” como concepto que incluye y excluye a la vez.

Por fuera de la Política, por fuera de la corrupción, por fuera de todo aparato (menos el propagandístico), existe este nuevo proyecto para separar a la ciudadanía de su lugar, que es ser parte de las decisiones del Estado y sus políticas.

Entonces está claro que esto no es la tinellización de la política, porque Tinelli no usa las herramientas de la política. La política, en manos del poder economicista financiero, usa las herramientas de Marce y al mismo Marce para mantenerse en el lugar de decisión, y así volver a poner en práctica sus estrategias para mantener sus privilegios. Cuando la imagen del conductor caiga por su propia tara, entonces será otra vez la Política la que construya el desgarrado tejido social. Cuando el marketing político se termina, los que se quedaron resistiendo rearmarán una nueva estructura estatal que volverá a incluir a todos los que excluyeron las políticas del neoliberalismo, que nunca pueden cumplir con su mayor sueño que es deshacerse del Estado.

Como no puede, porque necesita de ciertas estructuras de contención para no tener que preocuparse por quienes le transfieren sus riquezas, entonces trata de sostener a esas estructuras bajo su control. Y cuando se descontrolan, cede temporalmente su lugar.

No existe tal tinellización o farandulización de la Política, la política de los sectores concentrados es imponer sus politizaciones con las figuras mediáticas. Simple utilización política de la imagen.

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