Será Ley

Por Gala  Kreisler[i]

La jornada de ayer arrancó accidentada: entre dimes y diretes rápidamente se viralizó un mensaje que indicaba el adelanto de inicio de sesiones y un final sobre las 18hs. Aunque era físicamente imposible dado el tiempo que se demoraba cada orador/a en exponer, la noticia revolucionó a quienes se preparaban para movilizarse.

A las 9.30 había iniciado la sesión, con velocidad se descartó el Dictamen alternativo y se procedió a dar inicio a los discursos. A medida que transcurría la tarde llegaban los mensajes desmintiendo el adelanto y quienes se convocaban respiraban aliviadas: llegarían a presenciar el momento de la votación.

Así las cosas, a eso de las 18 y con un cielo completamente cubierto por las nubes y las primeras lloviznas, las calles no tardaron en llenarse. Desde el escenario implantado en 9 de julio y Avenida de Mayo hasta Callao y Perón, se formó una “C” verde que aglomeró a más de un millón y medio de personas que se manifestaron a favor de la ley de despenalización del aborto.  Del otro lado, se apiñaban unos miles en contra de la propuesta.

La diversidad fue la premisa, entre les asistentes se encontraban grupos de estudiantes, amigas, familias y compañeres de trabajo que recién salían de las oficinas porteñas. Con paraguas y bolsas de basura improvisaban protección ante un clima que no daba respiro: un viento huracanado sacudía cada tanto las carpas y los carteles, como un mensaje del cielo para abandonar. Pero las pibas no aflojaban.

Gritos, bailes, danzas, coreografías, improvisaciones, risas, fogatas, rondas, toda excusa servía para resistir. El viento y el agua parecían graficar con crudeza lo que se vivía en el recinto: la lucha de lo nuevo que no para de crecer, contra lo antiquísimo que no lo deja ser. Entre los discursos en contra de la legalización volvieron a escucharse argumentos que bien podrían haber sido pronunciados en el Medioevo.

Hacia las 22 las calles comenzaron a vaciarse. El frío calaba hasta los huesos y ya no quedaba ropa seca para cambiarse. Las que podían se refugiaban en cafés, mientras que otras recurrían a techos y portales de edificios: cualquier lugar donde no lloviera resultaba acogedor para quienes aguantaban en las calles.

Mientras tanto, en el recinto, lo llamativo era algo que se denunció en varias oportunidades: quienes rechazaban el proyecto no fueron capaces de enarbolar una propuesta superadora, una alternativa. Decían defender las dos vidas pero nunca pudieron explicar cómo. Un legislador, haciendo apología de la violación, minimizó la violencia hacia la mujer mientras que otra se jactó de no haber leído el proyecto por falta de tiempo. Volvieron a escucharse argumentos disparatados, pero también otros que lograron cautivar a un cierto público que aún no termina de convencerse de la necesidad de acabar con las muertes por aborto clandestino.

Llegada la medianoche, las callecitas internas fueron testigos de apelaciones al ingenio bastante llamativas. Algunos grupos ubicados en entradas de edificios improvisaban parlantes con celulares y megáfonos, llamando cada tanto al silencio para poder seguir el debate. Con unos segundos de delay, el mensaje llegaba igual. Algunes que pasaban por la calle se quedaban a escuchar, pero sin interrumpir el silencio que imperaba.

A eso de las 2 de la madrugada ya se habían retirado los grupos más numerosos y las dificultades para conseguir transporte de regreso, sumadas al cansancio acumulado tras 8 horas de vigilia empezaban a pesar en la balanza, y eran muches les que regresaban a casa, siguiendo los discursos por whatsapp, telegram o twitter.

Finalmente, la votación, la tristeza y el repliegue rápido. Quienes seguían en la calle no podían darse el lujo de quedar a merced de los camiones hidrantes y los cientos de policías que comenzaban a circular por los alrededores del Congreso. Cualquier acto podía poner en riesgo lo que hasta el momento había sido una jornada pacífica.

El viaje de retorno implicó una reflexión. Necesitábamos entender cómo era posible que el recinto no fuera capaz de interpretar lo que percibíamos como voluntad mayoritaria, la necesidad de dejar de castigar a las mujeres pobres que deben abortar en la clandestinidad. Es que, si une se deja llevar por los discursos más impresentables, corre el riesgo de caer en un falso consenso: que haya argumentos nefastos no significa que quienes estaban en contra del proyecto los apoyen. Evidentemente, aún hay sectores que no lograron dimensionar el aspecto social que subyace ante una propuesta que a simple vista puede verse como una mera propuesta liberal (“mi cuerpo, mi decisión”). Desoír esta posibilidad podría implicar nuevamente un rechazo en futuras presentaciones.

 Tras las preguntas por el futuro, algo estaba claro. Coincidimos en que no sabemos bien cuando, pero lo que sí sabemos es que SERÁ LEY.

[i] Abogada y militante feminista

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