Turcos en la neblina

Por Emiliano Delucchi[1]

Desde la fundación del estado turco moderno bajo el paraguas de Kemal Ataturk en 1923 el ejército del ex-imperio otomano fue un gran aliado de la burguesía industrial, pero durante la última dictadura encaminó al país en las vías del neoliberalismo con el objetivo de integrarse al mundo. Así como para nosotros “el mundo” refiere a EEUU, para las élites turca significaba que el país sea aceptado como miembro de la Unión Europea, objetivo que aún no se ha cumplido.

Así, en los 80 Turquía se puso bajo la tutela del FMI e implementó un plan con el objetivo de disminuir la inflación y aumentar las exportaciones que trajo como resultado la reducción de la demanda interna, de la inversión pública, el congelamiento de salarios y quita de subsidios a empresas públicas. Si bien las ventas al exterior efectivamente crecieron, se redujo fuertemente el salario real.

Sin embargo, el daño más severo que se produjo en Turquía fue el debilitamiento de la estructura económica, que pasó a ser vulnerable a los vaivenes internacionales. Así, en 2001 los euroasiáticos se vieron obligados a devaluar su moneda y los inversores huyeron ante la inestabilidad, por lo que el modelo culminó en una crisis que dio paso al gobierno del nacionalista moderado Tayyip Erdogan.

A pesar de que gobierna con mano de hierro y para buena parte de la población representa la defensa de los intereses nacionales, las ambiciones de entrar en la UE no han cesado, por lo que Erdogan llevó adelante medidas económicas que “abrieran el país al mundo” lo que volvió a colocar al país en una situación delicada a pesar de que en los últimos años acumula un crecimiento del PBI de 5% en promedio.

Es el neoliberalismo

Aunque desde el gobierno intentan culpar a una tormenta perfecta desatada en el extranjero, lo cierto es que todos los países subdesarrollados que entran en el juego neoliberal se convierten en inestables, sobre todo cuando deciden priorizar la timba financiera y la entrada de capitales especulativos en lugar de la inversión productiva en la economía real.

Así, tanto Argentina como Turquía, pasando por estados tan disímiles como Irán o México, atraviesan un periodo turbulento cada vez que las potencias económicas estornudan, o como en este caso, se pelean. En tal caso, la atención no debe estar puesta en una economía mundo especulativa sobre la que Argentina no puede influir, sino en las medidas de política interior que dejaron de lado a la producción nacional y el mercado interno para centrar los esfuerzos en transferir recursos hacia las élites agrarias y el sistema financiero.

Esto de ninguna manera significa no comerciar con el mundo ni creer que nuestro país puede producir absolutamente todo lo que consume. No se trata de intentar un retorno imposible a una matriz económica de mediados del siglo XX, que resultaría obsoleta e ineficaz para resolver los problemas de la actualidad, sino de adoptar medidas inteligentes que son llevadas adelante actualmente por países exitosos que protegen sus puestos de trabajo y su mercado interno

¿La salida?

Curiosamente, desde abril el plan económico (o su ausencia) es criticado desde casi todo el arco ideológico: desde Axel Kicillof y Álvares Agis hasta Miguel Boggiano y Javier Milei coinciden en que la situación actual es crítica. Sin embargo, no hay un diagnóstico acertado de porque el gobierno actúa de la manera en que lo hace.

Por momentos pareciera que el presidente Marci está decidido a llevar adelante una agenda de corte liberal clásico, a la espera de inversiones producto de la buena conducta del país, incluso a pesar de que en todo el mundo se vive un resurgimiento del proteccionismo. Incluso tras caer bajo la tutela del FMI, que recomienda subir las retenciones al agro (el único sector netamente rentable de la economía) la cúpula del gobierno se resiste, apelando a una identificación ideológica con los principales terratenientes exportadores.

Para no afectar los intereses del agro, el gobierno anunció el miércoles 15 una batería de medidas de ajuste, donde se recortan 100 mil millones de la obra pública y una cifra cercana a 35 mil millones de AUH, Jubilaciones, PAMI y empresas del estado, entre otros sectores. Sin embargo, la dura realidad ha obligado al macrismo a ceder, de manera que también se suspendió la baja de retenciones a algunos derivados de la soja, solo un paliativo si es que no se logra recuperar la confianza de los especuladores en torno a las posibilidades reales de pago que tiene el país. Si esto no sucede, el fondo volverá a exigir garantías de pago.

Si bien algunos analistas llegaron a sugerir que el gobierno podría adelantar las elecciones en busca de un triunfo que le devuelva las fuerzas para “volver al plan original”, quizás la verdadera razón sea que ante las exigencias del FMI, prefieran entregar el gobierno antes que traicionar a las élites agrarias con una suba generalizada de retenciones.  Paradójicamente, el gobierno parece haber tenido relativo éxito en convencer a buena parte del pueblo de que las retenciones no debían tocarse, pero falló a la hora de que los acreedores compren ese relato.

[1] Lic. en Comunicación Social (UNLaM)

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