Por un The Wire para la televisión (y la sociedad) argentina

Por Diego Labra[i]

 

Una primera aproximación a la eficacia de la imagen es comprender que la misma está construida a partir de (algunos) elementos verídicos. En su interior se conjugan una multitud de estampas repetidas hasta el hartazgo acerca de la corrupción de funcionarios públicos, como los bolsos de López o los videos filmados en “La Rosadita”. Por más que el escándalo del Centenogate aparezca como una farsa, con sus quemados y fotocopiados cuadernos Gloria, el proceso judicial en marcha está pasando en limpio una realidad que solo el militante más miope podría desdeñar por completo como una operación mediática.

Pero, en segundo lugar, la potencia del “se robaron un PBI” descansa en igual medida en su capacidad por reducir de manera simple y contundente a un problema infinitamente más complejo. Si, se trucharon licitaciones de obras y servicios públicos, se pagaron coimas, y de seguro, hubo enriquecimiento ilícito ¿Pero esa es toda la dimensión de la cuestión? ¿Qué hay acerca de los empresarios “arrepentidos”, quienes representan todas las ramas del sector privado nacional y blanquearon miles de millones de pesos en plata negra durante la amnistía fiscal? ¿Se usó la plata negra para financiamiento político, como también se sospecha hizo Cambiemos con los “aportantes truchos”? ¿O acaso todo ese dinero fue directo a parar a las arcas personales de CFK y su séquito? Si los K hubiesen embolsado un PBI entero, por ejemplo los casi 546 mil millones de dólares del 2012, entonces serían 5 veces más acaudalados que Jeff Bezos, fundador de Amazon y hombre más rico del mundo. No hay suficientes hoteles en la Patagonia ni islas en el Caribe para lavar ese volumen sideral de plata negra.

Claramente, tirar de ese hilo y seguirlo hasta las últimas consecuencias revela mucho más que la ruta del dinero K y/o la hipocresía de la familia Macri. Lo que comienza a quedar al desnudo son las miserias del capitalismo y el sistema político argentino como un todo. Sin embargo, para llegar a apreciar los ribetes estructurales del problema y sus consecuencias es necesario sacarse las orejeras de “la grieta” y profundizar más allá de los titulares espectaculares

¿Es posible acaso instalar en la opinión pública un debate tan ambicioso? ¿Cómo ganarle la arena pública al discurso de los multimedios, a los memes, a los videos virales, a los trolls y a un Lanata en black face? Dicho de otra manera, ¿Se puede explicar la cuestión de manera de tal que sea contundente y entretenido, pero sin perder complejidad? Mi propuesta para solucionar este problema que afecta a la calidad misma de la democracia argentina es la siguiente: Es imperativo lograr que David Simon escriba y produzca un The Wire argentino.

Para los legos, The Wire fue una serie de televisión que se emitió entre 2002 y 2008 en la señal premium norteamericana HBO, y considerada por muchos como la mejor de todos los tiempos. A primera vista, el programa se insertó en el género policial, narrando a grandes rasgos el desarrollo de una investigación especial desarrollada por la policía de Baltimore sobre una organización narcotraficante en los barrios bajos de la ciudad.  Sin embargo, a lo largo de cinco temporadas el experiodista, guionista y productor David Simon escapó del formato al abrir el alcance de la mirada sobre la cual se enfocan este tipo de series. Esto lo logró negándose a ver al criminal como un villano unidimensional, e indagando de manera más profunda en que hay detrás de la violencia urbana contemporánea. El resultado es una historia, ya no sobre los tipos “malos” y los tipos “buenos”, sino sobre el drama humano detrás de la decadencia de la sociedad norteamericana.

Particularmente iluminadora es la cruzada del Detective Lester Freamon (Clarke Peters). Veterano de su profesión, él sabe que ir a fondo para desarticular una organización criminal no significa ir a cagar a palos a un par de pibes parados en una esquina, sino que primero se debe perseguir a los proveedores de la droga, y luego se debe seguir a donde va la guita. La primera parte de la investigación los dirige al puerto de la ciudad. Allí, un cartel criminal internacional ingresa droga y mujeres secuestradas desde Europa con la connivencia de agentes del FBI corruptos y dirigentes sindicales de un rubro tan quebrado por la desindustrialización y la globalización, que eligen vivir de coimas antes que dejar languidecer los muelles y ver desaparecer los puestos de trabajo de sus representados.

En segundo lugar, seguir el rastro del dinero lo pone a tiro de una red de corrupción igual de nutrida. Agentes inmobiliarios, empresas constructoras, funcionarios gubernamentales y hasta senadores aparecen como engranajes de una maquinaria para lavar plata del narcotráfico, con la condición de algún vuelto generoso y una contribución para la próxima campaña electoral. Luego de cinco temporadas y una investigación múltiples veces detenida por voluntad política, Freamon y su gente obtienen suficientes pruebas para meter preso al Senador Clay Davis (Isiah Whitlock, Jr.), corrupto hasta el tuétano y gran financista de su partido político.

Sin embargo, el joven y ambicioso fiscal Rupert Bond (Dion Graham) elige ignorar esos cargos de fraude, que garantizaban cárcel automática, para poner al senador en el estrado y ganar capital político en vistas a su deseo de ser intendente. Sobra decir que Davis, quien prueba que el chamuyo no es patrimonio argentino, convence al jurado de exonerarlo y queda en el proceso vindicado como un mártir en vías de reelección.

La mirada incisiva de The Wire también pone el foco en las causas y consecuencias sociales de la corrupción y la miseria política. En una ciudad desindustrializada y desigual como Baltimore, en un país donde el derecho a la salud, la universidad y la jubilación no existen como tales, los habitantes afroamericanos de los monoblocs donde reina el narcomenudeo tienen pocas opciones entre las cuales elegir. Este punto es expresado de manera dolorosa en la cuarta temporada, que sigue el derrotero de un grupo de niños en la escuela del barrio. Algunos son hijos de narcos, otros de adictos o al cuidado de mujeres solas. Unos son aplicados y otros tiene dificultades de aprendizaje, calmos o hiperactivos. Poco importa. Lo que hagan dentro de esas cuatro paredes de la escuela realmente no parece pesar en su destino, porque solo un milagro les permitiría escapar del futuro gris que el capitalismo posindustrial y la pobreza estructural les imponen.

Sin ofrecer un final en que los “buenos” triunfan sobre los “malos”, o si quiera sin esbozar un horizonte de resolución, Simon utiliza la serie para mostrar que más allá de las decisiones de los individuos hay instituciones, organizaciones y sentidos comunes que perpetúan el estado de las cosas. Más allá de un solo delincuente juvenil, un capo narco, un policía, un maestro o un político, las ruedas del sistema giran y giran en una escala mayor. Crujen con las miserias de todos ellos adentro, las cuales se muestra con el detalle de la telenovela de la tarde. Por supuesto, la posición de algunos en el elenco de actores sociales lo pone en un mejor lugar que a otros para aprovecharse de la desigualdad y la injusticia, haciéndolos en el proceso acérrimos defensores de un orden moralmente reprochable.

Todo está conectado en una totalidad que echa una sombra larga sobre cada persona y su vida, por lo que la voluntad de atacar el problema es inútil sino se toma consciencia de esta dimensión total de las cosas. Un poco como la “causa de los cuadernos”, ese Aleph de la bancarrota del capitalismo y del estado argentino, como lo llamo poéticamente Pagni. Meter presa a Cristina y sus funcionarios es un gesto partidario sino se condena también a Macri y su familia. Sacarle los fueros no es un acto de renovación republicana sino es seguido por una reforma del sistema de licitación pública y una indagatoria feroz al sistema judicial que hasta ayer cobijo esa misma corrupción que hoy procesa.

Debemos llevar el debate público más allá de las imágenes sencillas y los eslogans. Gritar “no vuelven más” es estéril si los empresarios “arrepentidos” salen librados solo con un chirlo y siguen quedándose con los contratos de la obra pública. Es en vano pedir que “devuelvan lo que se robaron” si no se toma consciencia que la prioridad del gasto público debe ser la inversión social a largo plazo, como una educación pública de calidad donde los docentes no mueran en explosiones de gas, en lugar de financiar servicios de deuda o un dólar barato para que te vayas a Miami. Porque para que seamos como Noruega no solo hace falta que “dejen de robar por un par de años” o expropiar ese “PBI robado”. Es necesario en cambio crear un estado de bienestar como el que tienen esos países escandinavos, y de paso desmontar de una vez por todas el obsoleto aparato del capitalismo agrario monoproductivo sin valor agregado para dejar de depender del capital extranjero para financiar el gasto público.

Pero articular una demanda social tan profunda, que vaya al hueso de los problemas estructurales de la Argentina y del mundo, no es posible si la sociedad saca su educación socioeconómica de la #mesaza del domingo, o de los editoriales de Majul y Navarro. Por eso es imperativo lograr que David Simon o algún equivalente mejicano cree un The Wire argentino, no como producción audiovisual sino como un servicio cabal a la sociedad. Se debe garantizar un casting de actores de tira que convoquen al gran público como Nancy Dupláa y Alfredo Casero, asegurando la atención de los dos lados de la “grieta”. La serie debe brindar un análisis incisivo de los males de la sociedad, pero a su vez ser lo suficientemente entretenida para que el espectador que no cambie a la novela turca del canal competidor. Sugiero que lo produzca Netflix, que ya ensayó sin pena ni gloria algo parecido con el “Lava Jato”, porque veo difícil conseguir que Canal 7 ponga la plata en tiempos de Lombardi.

 

 

[i] Profesor en Historia y Doctorando en Ciencias Sociales por la UNLP, con una beca de CONICET. Incluso antes que el interés por las cuestiones de la sociedad y la cultura, estuvieron las historietas, la ciencia ficción y los videojuegos (probablemente ambos estén conectados). Siempre que puede se escapa de su tema de tesis y escribe académicamente acerca de cultura pop. Además colaboró en el sitio la Broken Face, Kamandi y actualmente es redactor regular en Geeky.

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