El expreso chino

“Con los brazos abiertos, damos la bienvenida a los países africanos a bordo del tren exprés del desarrollo chino”

XI Jinping – 2018

Por Emiliano Delucchi[1]  y Cristopher Cardarelli[2]

A lo largo de la historia, China se constituyó como un actor de peso a nivel global, aunque en los últimos siglos fue una nación dominada tanto por conflictos internos como por las grandes potencias occidentales y regionales (Guerras del opio durante el S XIX, guerra sino-japonesa a mediados del S XX), lo que le valió el mote de: “El gigante asiático adormecido”. Tras la revolución de 1949, con Mao Zedong a la cabeza, China comenzó a trabajar para reformular el sentimiento nacional, enmarcándolo en un proyecto-nación moderno. Tras el proceso de apertura económica iniciado en los tempranos 80, ese gigante dormido hoy pisa fuerte en el mundo, siendo la segunda potencia económica y disputando de igual a igual el primer puesto. China despertó.

Desarrollo explosivo

Un solo dato resulta ilustrativo de lo que significó para el mundo la transformación que ha protagonizado China en las últimas décadas. Con sus más de 1.300 millones de habitantes, durante años impulsó el promedio global de pobreza hacia arriba, ya que había tantos chinos en la pobreza extrema, que si no se los consideraba a la hora de hacer estadísticas, el número global era menor. Sin embargo, hoy la tendencia se invirtió.

3 Extrema Pobreza

Esta evolución más que favorable se sostiene sobre tres pilares: la evolución de país netamente ensamblador y tecnológicamente dependiente a uno medianamente desarrollado; el sostenimiento del mercado interno mediante una apertura comercial regulada en base al resguardo de la moneda y la inversión en infraestructura; y por último, un programa de planificación comercial-productiva complementado con una fuerte inversión en el extranjero. Todo esto contextualizado en un sistema político unipartidario de corte comunista sui-generis.

¿El resultado? China es hoy la segunda economía mundial, el máximo acreedor, junto a Japón, de EEUU, y el máximo exportador mundial, por encima en más de un 30% de sus escoltas EEUU y Alemania. Además, ocupa el podio de principal socio comercial de casi todos los países del globo y su influencia geopolítica ha traspasado las fronteras asiáticas, convirtiéndolo en un jugador global de peso.

1 Exportaciones

Cuando se habla de exportaciones chinas, es imposible soslayar como estas han mutado en los últimos 40 años. En 1975, el 30% de lo que China vendía al mundo eran alimentos y animales vivos mientras que el rubro maquinarias no llegaba al 5%. Para 2015, las exportaciones relacionadas con el sector alimenticio y animal se ubicaban por debajo del 3%. Por el contrario, las ventas al exterior de maquinarias y transporte alcanzaban al 42% del total, superando en este rubro a EEUU (38%) y ubicándose apenas por debajo de Alemania (48%).

1975

Exportaciones Chinas (1975)

2015

Exportaciones Chinas (2015)

La mirada hacia adentro

China es, junto con Indonesia, el país en el que la industria ocupa mayor porcentaje del PBI, con casi un 50%, seguida por 45% de servicios y 5% de agricultura. La diferencia con los países desarrollados es significativa: EEUU y Francia no llegan al 20%. Además, debido a su peso demográfico, el gigante asiático explica buena parte del proceso de pos-industrialización que comenzó a partir de los 80, e incluso, dado que China produce la mitad del acero crudo a nivel global (49,6%, secundado por Japón con el 6,5%), bien podría interpretarse a este proceso como una re-localización industrial más que como una superación.[3]

2 Produccion acero

Como si esto fuera poco, el modelo de desarrollo chino logró incluir a casi 200 millones de personas  en la nueva clase media (la mayor del mundo numéricamente hablando) y proyecta sumar a 300 más de cara a 2030. Es interesante que el proceso se haya dado a partir de los 90, cuando el país deja de ser un mero ensamblador y comienza a reemplazar los componentes tecnológicos importados de sus cadenas de valor por otros propios.

Así, se modificó un esquema en el que el valor agregado del ensamblado final era chino, pero el de los diseños y eslabones intermedios pertenecía a otros países, por otro en el que casi toda la cadena de agregado de valor tenía lugar fronteras adentro, y de este encadenamiento ya no solo participaban obreros y técnicos, sino también ingenieros e investigadores locales.

Al mismo tiempo, en esto puede encontrarse una explicación a buena parte de la crisis del trabajo en los países desarrollados, que comenzó afectando a los sectores menos calificados, que eran reemplazados por obreros asiáticos, pero ahora llega a los rangos medios y profesiones liberales, que también son sustituidas por técnicos e ingenieros chinos, que agregan valor a sus cadenas de producción exportable.

De esta manera, China se ha convertido en uno de los mercados de consumo más codiciados del mundo por las firmas multinacionales que centran allí su producción, lo que genera un hecho bastante curioso: las potencias son doblemente dependientes del gigante asiático, ya que necesitan a su mano de obra calificada y barata y su infraestructura para producir de manera competitiva, pero ahora también a sus millones de habitantes enriquecidos y ávidos de consumo.

La letra chica

El impactante aumento de la clase media y reducción de la pobreza se ha logrado incluso a pesar de que la apertura económica quebró la igualdad de ingresos imperante durante el periodo Maoísta (1949-1976), de tal manera que el 1% más rico de la población se volvió mucho más rico, mientras que el 50% más pobre, si bien aumentó sus ingresos absolutos, perdió 12 puntos en lo que respecta al reparto de la torta, pasando del 27% del ingreso nacional en 1978 al 15% en 2015.

A pesar de su efectividad, el modelo chino no parece extrapolable a simple vista, ya que tiene como prerrequisito un crecimiento sostenido del 9% anual durante tres décadas, situación que al día de hoy es única en la historia, y le permitió al país compatibilizar un aumento exponencial de los ingresos generales con una distribución fuertemente regresiva.[4] De esta manera, el reparto inequitativo es un dato de la realidad tan objetivo como el aumento del nivel de vida generalizado.

Es común leer análisis donde se toma como ejemplo que los países con mejores estándares de vida a nivel mundial son los que han podido galvanizar crecimiento económico (incluso mucho menos impactante que el chino) con una correcta distribución del ingreso, lo que les ha permitido salarios más altos y un sistema democrático abierto, con libertades partidarias y sindicales, entre otras. En este sentido, las críticas hacia un sistema con reparto desigual se explican y encuentran asidero cuando una porción de la sociedad queda estancada o pierde calidad de vida (en términos socio-económicos).  Ahora bien, el caso chino es paradigmático en este sentido, ya que China logró un crecimiento sostenido del estándar de vida del conjunto de la sociedad mientras los niveles de desigualdad aumentaron de forma considerable.

Otra de las particularidades, y no es precisamente algo menor, es que China inicia su auge capitalista-industrial por medio de una importante inversión extrajera, fuertemente encauzada por el Estado nacional mediante empresas estatales, y que a su vez se materializa por medio de la fuerza-trabajo de cientos de millones de obreros que durante casi 30 años habían vivido en un régimen comunista, que si bien los mantuvo en la pobreza, también los proveyó de alimento, vivienda y educación, elementos fundamentales que sentaron las bases para la nación que pasará de polo manufacturero de baja calidad a potencia global.

4 Desigualdad

¿Cambio de paradigma o imperialismo amarillo?

Debtbook Diplomacy[5] es como llaman algunos especialistas a la estrategia de inversión China en el extranjero. Esta conceptualización tiene como premisa que el gigante asiático invierte grandes sumas de dinero en países del tercer mundo a sabiendas de que las mismas representan un ingreso impensable por otros medios. Así, quien invierte logra una mejor posición a la hora de negociar acuerdos sobre puntos neurálgicos de la geopolítica regional/mundial y además, tiene la posibilidad de hacerlo desde una posición más bien pasiva.

A modo de ejemplo, puede presentarse el caso de Yibuti, país del cuerno africano donde hace dos años el gobierno chino anunció la instalación de una base naval, la primera en el extranjero. Hasta ese momento, China llevaba invertidos u$s 1.400 millones, lo que representa el 75% del PBI del pequeño país[6][7]. A partir del acuerdo con Yibuti, China logró expandir su influencia comercial y militar, a través de una fuerte inversión previa en infraestructura, al tiempo que colocaba al Estado africano en una posición de fuerte dependencia de esas inversiones.

Ahora bien, ¿es correcto el rótulo negativo por parte de buena parte de los Think Tanks estadounidenses hacia la estrategia china? Resulta obvio que este accionar siempre tendrá una apreciación negativa por la amenaza que representa China para los intereses estadounidenses. Como también es claro que el gigante asiático encontró una veta en las grandes inversiones en el extranjero que le permite posicionarse a nivel global. La materialización de esa estrategia se observa claramente en “La Nueva Ruta y Cinturón de la Seda” donde busca conectar vía infraestructura (aeropuertos, rutas, puertos, oleoductos, etcétera) a Europa, Asia Central, Asia Pacífico, Oriente Medio y África.

La mano visible del mercado

En el séptimo foro de la cooperación sino-africana, realizado los días 3 y 4 de septiembre del año corriente en Beijing, el presidente Chino Xi Jinping anunció un paquete de financiamiento que incluye hasta 60 mil millones de dólares en préstamos y la condonación de deuda a los países más pobres del continente.

De esta manera, Jinping busca que su país (y sus empresas) pisen fuerte en una región con abundantes materias primas, que resultan centrales en su plan de desarrollo a mediano y largo plazo. Por otra parte, la relación es presentada (al menos en el discurso), como diferente a las que históricamente han impuesto las potencias imperiales europeas en África.

En ese sentido, la globalización de los grandes conglomerados industriales y comerciales chinos no solo abarca al continente negro, sino que se expande a pasos acelerados por el tercer mundo. En Sudamérica, el gigante asiático es el principal socio comercial de Brasil, sostiene económicamente al gobierno de Maduro en Venezuela, y realiza importantes inversiones de infraestructura en Argentina, que incluyen represas hidroeléctricas en la Patagonia.

Un poco más hacia el norte, la segunda potencia económica mundial fue la impulsora de la hoy frustrada construcción del canal de Nicaragua, que en caso de superar las trabas financieras y realizarse, permitiría a China equiparar su influencia en la región con EEUU, hasta ahora potencia hegemónica en Centroamérica.

Finalmente, no todo son inversiones e infraestructura. En el campo de las finanzas, también China intenta cobrar relevancia internacional, aunque la presunta presión que el Estado ejerce sobre la cotización del yuan ha llevado a la nación a una “guerra de monedas” con la administración Trump, que ha devenido en guerra comercial, con aumento de aranceles al comercio bilateral.

El conflicto se da en un contexto en el que la relación entre las dos principales potencias mundiales es de mutua dependencia. Mientras que EEUU es el principal comprador de productos chinos y posee un déficit comercial cada vez más preocupante, China está más fortalecida en lo referente a la economía real, pero posee una gran parte de sus reservas en bonos del tesoro de EEUU. De aquí que la estrategia de los asiáticos para establecer numerosos “swaps” con diversos países del mundo y tener una política agresiva en cuanto al aumento de reservas en oro obedezca a que los destinos de ambos gigantes están atados el uno al otro.

 

[1] Lic. en Comunicación Social (UNLaM)

[2] Lic. en Ciencia Política (UNLaM)

[3] China como bien dijimos produce el 49,6% del acero crudo del mundo, pero no es el principal exportador del acero en instancia de “materia prima”, sino que es en su mayoría para consumo interno. En el sector siderúrgico se destaca como el máximo exportador en Planos (16,8% mundial), No Planos (28,7%), Tubos con costura (15,5%) y Tubos sin costura (21%). Otro dato de color en este aspecto, en el rubro “materia prima”, China es el máximo importador (10,6%). (Datos obtenidos de WSA).

[4] El crecimiento interanual del PBI chino en los últimos 48 años sufrió apenas un sólo año recesivo (1976, -1,57%), hace 40 años que China no presenta un año con caída interanual de su PBI, ni siquiera la crisis de 2008 (2008: 9,65%, 2009: 9,40%, 2010: 10,63%).

[5] Parker, S. y Chefitz, G. (2018). Deptbook Diplomacy. Massachusetts: Harvard.

[6] El contrato es de 10 años y estipula inversiónes anuales de u$s 20 millones.

[7] China construyó tres puertos, dos aeropuertos, el ferrocarril Etiopía-Yibuti y un oleoducto para transportar agua desde Etiopía.

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