Solo quiero un hada que venga a salvarme de mí mismo

Por Diego Labra

Gala Kreisler, abogada, militante feminista y redactora de este mismo sitio, elevó una pregunta pertinente en una red social. “¿De dónde viene esa idea de que si [un hombre] te trata bien tenés que decir que sí?”. Acto seguido, ofreció una hipótesis como respuesta: “es cultural”. Estas actitudes son normalizadas por las películas y los libros que consumimos, continúo, donde “siempre vemos la historia del fracasado virgo que le dan bola mujeres despampanantes y eso CREA SENTIDO. Después tenés a un aparato exigiéndote atención solo porque te trata bien. Basta chicos”.

Si el hecho de haber escrito esta nota no delata que me sentí interpelado, lo digo explícitamente. Durante mi adolescencia yo me enamore de todas ellas: de Kate Winslet en Eterno Resplandor de la Mente sin Recuerdos, de Scarlett Johansson en Perdidos en Tokio, de Natalie Portman en Garden State, de Charlize Theron en Dulce Noviembre. Lo de Misato Katsuragi del anime Evangelion lo dejamos para otro día porque ya es otro mambo.

Puedo testificar sin lugar a dudas que las representaciones ficcionales en estas películas influyeron la manera en que yo pensé a las relaciones sentimentales, sexuales, y sobre todo a las mujeres, y en consecuencia afectaron la forma en que yo interactúe con personas de carne y hueso. Informaron las expectativas que yo deposite en ellas, y como las juzgue cuando se corrieron de estos modelos tácitos e imaginarios.

 Tiempo después descubrí que casi todas estas chicas ficcionales que me enamoraban tenían algo en común: todas ellas eran manic pixie dream girls. Este concepto, que traducido literalmente sería chica hada maníaca de ensueño, fue acuñado por el crítico de cine norteamericano Nathan Rabin en una crítica a la película de Cameron Crowe, Elizabethtown. Allí, describió al personaje interpretado por Kirsten Dunst como “esa criatura cinematográfica burbujeante y superficial que sólo existe en la febril imaginación de escritores-directores sensibles para enseñar a los jóvenes graves y pensativos a abrazar la vida y sus infinitos misterios y aventuras”.

Si se sumergen en la discusión virtual encontrarán mucho debate, particularmente sobre a quién le cabe la etiqueta. Según Wikipedia, la Clementine de Eterno Resplandor… no califica, probablemente porque Charlie Kaufman es tan buen escritor que la hace reflexionar sobre el concepto en primera persona, pero yo es al personaje que más identifico con el concepto. Después vino Zooey Deschanel, quien encarnó tanto el espíritu en películas como (500) Días con Ella y Si, Señor, que casi paso a ser una manic pixie dream girl en la vida real.

Si bien se ha deconstruido mucho el estereotipo en la década desde que se acuño el término, y películas como Elizabethtown dejaron de atosigar los cines en el último lustro, me atrevo a decir que las manic pixie dream girl gozan de buena salud. Un buen ejemplo de ello es la serie Maniac recién estrenada en la plataforma de streaming Netflix. En ella, un guionista de la serie The Leftovers (Patrick Somerville) y el director de la primera temporada de True Detective (Cary Fukunaga) cuenta la historia de cómo Owen (Jonah Hill) y Annie (Emma Stone) se someten a un tratamiento psicodélico experimental creado por los Drs. Mantleray (Justin Theroux) y Fujita (Sonoya Mizuno) para resolver todos los males que aquejan la mente. Un planteo lo suficiente parecido a Eterno Resplandor… como para asegurarnos que ya hay abogados especializados en copyright laburando en el tema en este mismo momento.

Lejos de aparecer como un accesorio a la historia del protagonista masculino, el personaje interpretado por Emma Stone tiene una vida interna rica. El desarrollo del conflicto de Annie, quien enfrenta un diagnóstico de personalidad border desencadenado por una infancia traumática y un incidente que la alejó de su única hermana, hasta se podría decir que es lo que más metraje de los capítulos ocupa. Es sin duda lo más logrado de la serie, aunque se deba más que nada a la actuación de Stone.

Un abismo se abre entre Annie y los personajes femeninos de cartón corrugado que podemos ver en otras producciones audiovisuales, desde las siempre secundarias heroínas del bienintencionado Marvel, hasta las modelos de Victoria Secret’s con lentes y doctorados ficticios que cree Michael Bay representa un modelo femenino de empoderamiento. Incluso parece ensayarse en Maniac un comentario sobre la manic pixie dream girl, jugando entre la realidad de Annie y las alucinaciones que sufre Owen.

Pero lo que me empuja a leer a Emma Stone en Maniac como otra hada psyco cool más, es que la edición de la serie termina por hacer de sus problemas subsidiarios de los del hombre. El primer episodio se centra casi por completo en el personaje de Jonnah Hill, sus traumas como el eje de la narrativa y estableciéndolo a él como protagonista (aunque como señalamos Stone le robe a puro carisma ese centro en más de un capítulo). Al final de la serie, y discúlpenme si les parece SPOILER, una Annie que ha madurado mucho debe rescatarlo a Owen una vez más de su propia cobardía. Un poco como el porno, la cosa termina cuando el acaba (de resolver sus traumas).

Por un lado, se puede leer el acto del rescate como una consagración de la agencia del personaje femenino. Es después de todo claro que fue ella quien más creció a lo largo de los 10 capítulos. Pero por otro, todo el desarrollo de ella termina siendo puesto al servicio de la salvación de él. En palabras de Kreisler, otro “fracasado virgo” carcomido por la duda y la falta de autoestima al que “le da bola una mujer despampanante” para salvarlo de sí mismo. Ella termina en ese final, donde la tensión sexual no se explicita, actuando un poco como personaje secundario de su propia historia.

Es por esta razón que la ficción de las manic pixie dream girl seduce a los machos beta, entre los cuales me incluyo. Enfrentados con modelos hegemónicos heteronormativos, según los cuales seduce y se reproduce el hombre fuerte, poderoso, valiente, varonil y violento, el macho beta fantasea con mujeres alternativas y peculiares que se corran de esa norma y se sientan atraídos por otro modelo de masculinidad. Lo que es más, desea que con su encanto y chispa (y relaciones sexuales) lo cambie en algo más parecido a un alfa.

La promesa de la chica soñada es que ella va a “arreglar” al hombre. Como un hada madrina, y con el mínimo esfuerzo posible por parte de él, ella sacará valor de su cobardía, felicidad de su depresión, diversión del aburrimiento. Desde aquí, no sería un salto lógico tan grande echarle la culpa de la “infelicidad” del hombre a la ausencia de la mujer, quien lo condena a la infelicidad por “completarlo”.  De ahí es todavía más corto el viaje hacia la filosofía incel.

Ahora la pregunta podría ser qué hacemos con esto. Desde el punto de vista más académico, aparece una agenda de investigación tan ardua como interesante que busque reconstruir la genealogía del rol subsidiario del deseo femenino en la cultura de masas. Yo cada vez estoy más convencido que estos “aparatos” que menciona Kreisler deben parte de su sentido común a la ingesta indiscriminada de cultura pop norteamericana de los años setenta y ochenta (Marvel, DC, Star Wars, Star Trek, las películas de Spielberg, etc), todos productos creados por hombres blancos autodefinidos como nerds y traumados porque la porrista no les dio bola para ir al baile graduación. Si no me cree, interiorícese con el debate que surgió en torno a El Último Jedi.

Desde el punto de vista artístico o de la industria, este diagnóstico llama a comenzar a producir y consumir historias contadas por otros sujetos. Es que el carácter subsidiario de los deseos del hada cool se debe a que en una apabullante mayoría fueron escritas y filmadas por hombres, quien desde su propia parcialidad proponen la centralidad de la mirada masculina. La manic pixie dream girl es una mujer pensada por hombres, desde sus necesidades y deseos. Baste decir que un molde de esta narrativa fue Annie Hall del hoy controvertido Woody Allen, que estableció tanto el estereotipo delel hombre intelectual neurótico y del hada peculiar alternoemocionante que te saca de la rutina. Cárguesele otro crimen a la cuenta a Allen.

Quizás sea hora de dejar que las mujeres narren nuestras historias, por más que le pese a Pérez Reverte que tanto “hombre ilustre” deba entonces sentarse en el banco. Historias donde las ideas, los deseos y las necesidades de las mujeres estén en el centro, y sea el hombre quien pierda foco en la mirada periférica. Pienso, en las películas escritas por Diablo Cody y protagonizadas por Charlize Theron como Young Adult o Tully, o la cruda The Tale de Jennifer Fox y con Laura Dern, por nombrar algunas. En el frente del cine más comercial, Mujer Maravilla de Patty Jenkins y Capitana Marvel de Anna Boden y Ryan Fleck prometen ser la vanguardia feminista de un nuevo imaginario de superhéroes y ciencia ficción.

Quién sabe, con suerte en dos o tres generaciones van a nacer hombres que no crean que la mujer que les gusta les debe algo.

Un comentario sobre “Solo quiero un hada que venga a salvarme de mí mismo

  1. Es un muy buen articulo. Sinceramente las mujeres muchas veces aportan una mirada refrescante. Estuve leyendo por ahí que Scarlet Johanson en Perdidos en Tokio también califica como MPGD con una directora a cargo. A veces no se si tiene que ver con que “no se les de la oportunidad a las mujeres”, si no mas bien, de que las mismas mujeres no experimentan con otro tipo de ficción con una mirada mas personal. Seguir ejemplos como 50 sombras de Grey no es saludable, no tanto por tematica, si no por la formas burda de abordar un tema. La mediocridad no es una cuestion de generos… Tampoco el talento.

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