Netflix en la retórica de Cambiemos

Por Cristian Secul Giusti[1]

 

Julio de 2018

La cara del presidente Mauricio Macri está en primer plano. Detrás, se ve un globo terráqueo amarillo, un cuadro en la pared y un mueble con libros. Se muestra a cara lavada, con algunas muecas, otras sonrisas y ciertos gestos adustos. Está hablando con sus seguidores en Instagram y cuenta, como quien no quiere la cosa, algunos detalles acerca de su vida: confiesa que está “fanatizado con Netflix”, recomienda la exitosa serie de Luis Miguel (“está muy bien”, sostiene) y recuerda que su primer auto fue “un Mehari, que era un peligro”.

Consultado por su fanatismo y su tiempo libre, el mandatario subraya que ve muchas series en simultáneo y que está sumamente emocionado con “Peaky Blinders”. “La recomiendo, realmente espectacular”, expresa con las cejas levantadas. La transmisión dura veinte minutos y es, quizás, el inicio de una reincidencia constante en el discurso de Macri: usar a Netflix como referencia para hablar de todo lo que sucede en el país.

Agosto de 2018

Macri acepta realizar una entrevista para la versión latina de la cadena estadounidense CNN. Ante las poco incisivas preguntas del periodista Andrés Oppenheimer, el jefe de Estado habla de los últimos “casos de corrupción” mediatizados que se utilizan contra el kirchnerismo, destaca el rol de su primo empresario Ángelo Calcaterra, y repite el latiguillo “cuadernos K” con frecuencia. Luego de una andanada de referencias sobre Cristina Fernández de Kirchner, el líder de Cambiemos se toma el tiempo de bromear con los acontecimientos y decide nombrar a Netflix nuevamente como recurso de respuesta. “La verdad, somos un país muy particular, aparece un chofer que anotó todo durante años meticulosamente. Yo digo que en la Argentina en los últimos 20 días bajó el rating de Netflix como nunca antes porque esto es superior a ver Netflix”, sentencia mientras tuerce la boca.

Septiembre de 2018

Con trastabilleos propios y limitaciones visibles, el presidente aparece fugazmente en la Casa Rosada y en la quinta de Olivos. La problemática de la subida indomable del dólar se entremezcla con la presencia constante e intensa del Fondo Monetario Internacional. En tanto, el discurso de Cambiemos no varía en su negación y dispersión, y busca generar una trama de ficción que desdibuja los hechos y los hace parte de una alta gama opcional de contenido on demand.

Desde ese plano, la estrategia de nombrar a Netflix como punta de lanza para responder sobre la realidad crítica de la economía y la política del país sirve para patear la pelota y ganar tiempo.  Lo referido a Netflix, es decir, a la ficción y la grandilocuencia del relato, es lo que está del lado de la “pesada herencia” y del kirchnerismo. Asimismo, la titulación mediática activa una amplificación que resulta esencial para denominar los sucesos y enmarcarlos como un film imperdible. Si bien eso no es novedad, sirve a los efectos de provocar una discursividad y una familiaridad de palabras: “Los bolsos de López”, “La ruta del dinero K”, “Los cuadernos K”, “El dólar futuro”, “La plata enterrada”, y otros sensacionalismos.

Por este motivo, el macrismo centra su mediatización y su formulación comunicacional en tándem directo con estas estrategias periodísticas. La “estética Netflix” sirve para referirse a los acontecimientos, y las tragedias que se suceden a diario quedan envasadas en una lógica meramente ficcional y guionada. La precipitación de la moneda estadounidense convive con la historia de “La casa de papel” (https://revistazoom.com.ar/la-casa-de-papel-una-metafora-de-la-gestion-m/), la lucha docente se entrecruza con las vivencias de “Merlí”, la fragilidad de la niñez termina articulada con las semblanzas de les protagonistas de “Stranger Things”, la problemática adolescente se liga con “13 reasons why”, el desastre narco se fusiona con “Pablo Escobar” y la necesaria politicidad de la vida se vacía en la lógica de “House of Cards”.

En estos términos, el “discurso Netflix” gana terreno como contestación y puesta en común de una enunciación. Del mismo modo, cabe aclarar que el problema no son las series ni las películas presentes en la plataforma digital, sino el gobierno neoliberal y la corporación mediática que apela a su uso y reverberancia con la intención de desenfocar las políticas de desmantelamiento y quebrantamiento social.

Esta maniobra discursiva -empleada por el presidente, retomada por los medios, diagramada por los cráneos de la comunicación política de la alianza gobernante-, es, lisa y llanamente, el “relato Netflix” como vía de escape para integrarnos en una lógica maniquea y sin sentido que no logra debatir nada y que se liga al mero disfrute, como si lo real estuviera supeditado al control remoto, el play y la pausa para ir al baño (por esto mismo, no existen intertextualidades con “Black Mirror”, por ejemplo). En ese guiño a las audiencias, se construye una comunidad de gustos o de hábitos que evita sociedades con conflictos y se configura, en términos discursivos, un escenario de política de meros espectadores y comentaristas. Para ser aún más claro, se conforma una vida vista desde los vidrios de Netflix, entendida según un gusto cinematográfico, la conmoción breve, sintetizada, y la separación de toda contextualización que pueda poner en crisis una subjetividad implantada.

[1] Dr. en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP). Twitter: @cristianseculg

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