Las travas y las trabas de caer en la Salud Pública

Por Ana Carrozzo[1]

Flavia intenta recuperar el aliento, pero no puede. Siente que sus pulmones se contraen, su garganta se obstruye y su pecho se cierra. Intenta y se esfuerza. Ya no recuerda cuántos años hace que respirar es un desafío porque para ella vivir es un desafío. Flavia Flores era mucho más joven cuando le diagnosticaron enfisema pulmonar crónico y supo, desde ese momento, que a la pelea contra la enfermedad tendría que transformarla en convivencia.

Desde que perdieron autonomía, sus pulmones pasaron a necesitar de un medicamento importado (Anoro Ellipta), un polvo seco broncodilatador que se inhala, se aplica todos los días y contiene 30 dosis. Flavia es beneficiaria de una pensión por discapacidad de $3500 a través del programa “Incluir Salud”, que depende de UGP (Unidad de Gestión Provincial); el inhalador alcanza para un mes y por lo pronto -quién sabe mañana- cuesta $2600.

Hoy en día, los médicos no le proveen muestras gratis porque ya no las reciben. Los hospitales públicos sufren el abandono en su estructura, en la falta de presupuesto, en la carencia de suministros básicos y, en consecuencia, las primeras en ser perjudicadas son las personas más vulneradas. Y entre las personas más vulneradas se incluye a las travestis. La clase media alta se las arregla con la medicina prepaga que puede costearse; las travestis tienen que pedir prestado, apuntar a la ayuda colectiva e incluso salir a hacer changas con los pulmones en la mano, la garganta hecha un nudo y el pulso temblando del miedo.

Mientras: la quita también incluye al Ministerio de Salud de la Nación, actualmente reducido a Secretaría.

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Se muestra abatido, tiene el ceño fruncido, los ojos color cielo vidriosos y la misma dificultad para hablar de siempre: apenas pasaron las ocho de la mañana y nuestro presidente ya va por la segunda toma de grabación de su discurso. Es lunes 3 de septiembre y lo sabe, sabe perfectamente todas las cosas que debemos estar pensando y sintiendo les argentines. Y las sabe porque él también parece sentirlas y lo simula llevándose la mano al pecho, ladeando la cabeza y manteniendo la mirada a cámara. Nos mira directamente, con la impunidad de un orador de la Iglesia Universal y la destreza de un actor de culebrón mexicano.

Nuestro presidente se muestra triste y no deja pasar la oportunidad. Para llegar al meollo de la cuestión encarna dos papeles: el del tipo acongojado a quien el agobio le quita el sueño, y el del caballero de la elite argentina que con semblante inquebrantable y cortesía a la altura instala -y reafirma- el odio, la repulsión y las ansias de exterminio de todo resabio populista –y “corrupto”– del gobierno anterior.

Previa anestesia, una vez que dejó claro que “la corrupción K” y los “cuadernos” han manchado nuestra imagen en el mundo, llega lo importante: el anuncio de que los ministerios se reducen a menos de la mitad. Ergo, el Ministerio de Salud cambia de rango y pasa a ser una Secretaría que depende del Ministerio de Desarrollo Social a cargo de Carolina Stanley.

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En Facebook, Alma Fernández, travesti que integra el Bachillerato Mocha Celis, pide auxilio para poder conseguir urgentemente el medicamento para su compañera, Flavia. Circulan teléfonos, números de cuentas donde depositar, sugerencias, datos, indicaciones, consejos, palabras de apoyo, abrazos. La gente se preocupa y se ocupa. Y Alma explica, irónica, que con gusto iría al Ministerio de Salud, pero Macri lo cerró, y apunta a que cree “en la construcción colectiva y sorora de las compas que tanto quieren a las travas”.

Y hace bien. Días después, Flavia consigue el medicamento. Aunque cuando hablo con ella me aclara que por el precio solo pudieron comprar uno genérico. Y me dice: “el problema es que hace seis meses estoy en cama y esta medicina no hace el mismo efecto, no puedo respirar, no dejo de toser, no tengo fuerza”.

Flavia intenta respirar y apenas puede. Lo intenta y se esmera. Pero lo cierto es que no le alcanzaría ni todo el aire del mundo. No importa cuánto empeño le ponga: sus pulmones no dan abasto. Y Flavia la sigue peleando porque no espera, ya no espera que el Estado ni cualquier gobierno hagan por ella –ni por el resto de las personas trans y travestis– lo que deberían: garantizarle un derecho básico como es el acceso al sistema de salud.

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En 2016 se creó, como parte del Ministerio de Salud de la Nación, la Unidad de Implementación de Políticas de Género y Diversidad Sexual en Salud, con el fin –y el afán– de monitorear en la provincia de Buenos Aires el acceso efectivo y sin discriminación a los establecimientos sanitarios. Hace apenas unas semanas, el Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires presentó como resultado del trabajo de la Unidad un documento paradar cuenta de los obstáculos estructurales e instrumentales que se les presentan a las personas trans y travestis para el acceso a derechos básicos tales como la salud”.

Esto, en el marco de un sistema de salud público que fue concebido bajo las nociones de universalidad y gratuidad; y que es el principal responsable de la atención de enfermedades y actividades de prevención de quienes no cuentan con los ingresos suficientes para atenderse en los sectores restantes (privado y de seguridad social médica).  Esto, en un contexto en el que trans y travestis palian el peso de una cadena de discriminaciones que empieza con la expulsión del núcleo familiar desde temprana edad, el reemplazo de la educación formal por un trabajo informal que les permita subsistir, la pobreza, la criminalización; cadena que se hace incluso más pesada si no pueden acceder al cuidado y atención de su salud física y mental. Todo indicaría que los factores deberían complementarse para que travestis y trans tengan el respaldo estatal estipulado para los sectores vulnerados, sin embargo, las circunstancias actuales implican segregación, violencia y discriminación.

En la realidad que reflejan los relevamientos de la Unidad de Implementación de Políticas de Género y Diversidad Sexual en Salud radica su valor: para el grueso de la población trans y travesti, el sistema de salud público es una puerta cerrada con llave en lo que refiere a una atención básica y elemental de enfermedades infecto-contagiosas y crónicas, salud mental, tratamientos hormonales y adecuación corporal.

Desde que fueron anunciados los cambios en el gabinete del gobierno, por los cuales la ahora Secretaría de Salud fue absorbida por la cartera de Desarrollo Social, es sabido que ya no hay Ministerio de Salud al servicio del pueblo. En consecuencia, a partir de la reducción de rango del organismo, la subsistencia de la Unidad a la que le debemos la recabación de esta información, al igual que otras tantas áreas y sus respectivos puestos de trabajo, peligra.

La puja resulta en la revalorización de la ayuda colectiva. Cuanto más se empeña el macrismo en achicar el Estado, más se fortalecen lo los lazos en los espacios de trabajo, de estudio, de militancia del campo popular. Aquel primer lunes de septiembre Macri planteó, con su habitual discurso camaleónico, la necesidad de compactar a su equipo y habló de “evitar el tropezón para no caer una y otra vez”. Será que no quiere, nuestro presidente, que con el tropezón vayamos a caer en la salud pública.

En respuesta, casi por acto reflejo, al interior de nuestros universos resistimos. Resistimos, aunque nos cueste respirar. Respiramos, aunque lo que nos falte sea un Estado sólido en el que nos logremos respaldar. Respaldarnos comunitariamente es, en circunstancias de políticas neoliberales como estas, la única manera de quedarnos sin aliento.

[1] Lic. en Comunicación Social y periodista (FPyCS; UNLP)

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