El fascismo en las derivas del caleidoscopio

Rodrigo Iturriza[1]

 

En lo más profundo

Esteban tiene 30 años, vive en la Capital Federal, es Licenciado en Comercio Internacional por la UADE[2], trabaja en una empresa importadora, tiene ascendencia europea -alemana, específicamente- y es homosexual. Todos los años va a la Marcha del Orgullo. Lloró de emoción cuando se sancionó la Ley de Matrimonio Igualitario, aunque nunca se casaría. Lo hizo porque, por primera vez en toda su vida, creía que ya no sería un paria, que viviría en una sociedad un poco más justa, que no lo castigaría en la horca o a las golpizas por amar distinto. Esteban, sin embargo, cada vez que camina desde su trabajo a su casa y pasa por una Plaza de Mayo colmada -a diario- de manifestaciones, expresa con cara de asco: “A estos negros villeros, hay que matarlos a todos”. Lo dice también al escuchar en la semana, por tv, que quienes se movilizan lo hacen para desestabilizar el “clima social”, financiados por los punteros “kukas” del gobierno anterior, que los llevan en micros y por un chori y una coca.

Jorge tiene 36 años, vive en Avellaneda, no tuvo las condiciones económicas para terminar la secundaria, su piel es morena, es heterosexual -de hecho, un típico macho con facha y ganador- y trabaja en el reciclado, al tiempo que milita en la CTEP[3]. Abrazó muy fuerte, muy fuerte, a sus compañeros cuando en una de sus movilizaciones lograron sancionar la Ley de Emergencia Alimentaria. Sabía que, a partir de ese momento, por más que el neoliberalismo recrudeciera, su hija de 4 años tendría todos los días un plato de comida. Mientras Esteban camina de la mano con su novio por la Plaza en la que se desarrolla la manifestación, Jorge codea a uno de sus compañeros y, con una sonrisa socarrona, le dice: “A estos putos invertidos, hay que matarlos a todos”. Lo expresa después de escuchar, en la radio, que los homosexuales tienen derecho a adoptar cada vez en más países y que si la tendencia sigue así, la humanidad podría desaparecer.

Carla tiene 25 años, vive en Córdoba, recién termina su Licenciatura en Psicología en la UNC[4], sus abuelos paternos son de raíz indígena y los maternos de origen italiano, su piel es trigueña, y -por el solo hecho de ser mujer- abusaron sexualmente de ella en su último trabajo. Cuando fue la enorme e histórica movilización por la legalización del aborto seguro y gratuito -y aunque no haya salido la Ley- Carla salió a las calles a tirar el patriarcado opresor, el mismo que le dejó una huella imborrable en su historia. Nunca siguió militando en las calles, pero hoy enseña a otras mujeres cómo cuidarse. Ahora está desempleada y cada vez que intenta encontrar cualquier laburito para salir del paso, además de que no hay mucho -gracias a la crisis auspiciada por Macri-, le dicen que los venezolanos cobran menos y, por tanto, le exigen que baje sus pretensiones salariales. Vuelve a su casa diciéndose a sí misma: “Estos venezolanos mugrientos. Ojalá se vuelvan a su país”. Cuando lo piensa, recuerda un informe de un canal de noticias que muestra cuanta plata pierden los trabajadores argentinos cuando se contrata a los extranjeros.

Mientras Carla cruza la calle, Raúl, un taxista de 53 años, le grita todo lo que le haría, porque, en palabras del presidente de la nación, es lindo que te digan: “Qué lindo culo que tenés”. Raúl no levanta un pasajero desde hace una hora. No es solo por la crisis: UBER le está comiendo su fuente de vida. Al respecto, ha participado de algunos paros de taxis contra su competidor, cortó calles y hasta -con algunos compañeros- le escrachó el auto a un vecino que se hacía unos pesos al día con la aplicación para poder irse de vacaciones a fin de año con la familia. Pero cada vez que no puede trabajar, porque los estudiantes de la ciudad cortan la calle para pedir por el presupuesto universitario, él grita: “Vayan a laburar, manga de vagos. Esto con la dictadura no pasaba”. En la radio de su coche están diciendo que no fueron 30 mil, que algo habrán hecho, y que las tomas de universidades -financiadas por la oposición corrupta- hicieron perder no sé cuantos días de clase y dinero al Estado -que, claro, él financia con su esfuerzo-.

Las derivas

Y así podemos seguir toda la vida. Imaginando multiplicidad de cruces, en un contexto de desvalorización y criminalización de la política. Los unos contra los otros, los de abajo contra los de abajo, en un círculo sin fin. Acumulando odio y hartazgo, sin encontrar respuestas ni perspectivas de futuro. Viviendo con nosotros mismos sin percatarnos de nuestras contradicciones más profundas y viscerales. Hasta que un día, cansado de tanto desorden, Esteban buscará una salida política con un candidato que lo detesta, pero le asegurará una Ciudad “más segura”, sin negros villeros. Hasta que un día, Jorge tratará de dejar de ver a hombres besarse por la calle, apelando a un político que hable en nombre de la “normalidad”. Hasta que un día Carla, harta de que le saquen sus puestos de trabajo, apostará por alguien que le diga “Argentina para los argentinos”. Hasta que un día, Raúl apoye a un candidato ex militar para poder trabajar en paz, a pesar de que sus hijos sean universitarios comprometidos.

Y así, poco a poco va ocurriendo. Hartos de todo. Sin soluciones. Los medios de comunicación, ni lentos ni perezosos, van empujando. La experiencia cotidiana se resignifica. Quienes, en algún momento de su vida, dirían “¿¡Cómo pueden elegir a un candidato homofóbico!?”, “¿¡Cómo pueden elegir a un millonario, blanco y macho!?”, “¿¡Cómo pueden elegir a un xenófobo!?” o “¿¡Cómo pueden elegir a un milico!?”, lo terminan eligiendo.

Esto no indica que todos y cada uno de los protagonistas de esta historia tengan una “falsa conciencia”, que los llevaría a elegir una “monstruosidad”. De hecho, cada uno de ellos es muy consciente de alguna de sus muchas situaciones de opresión. Pero todos pertenecen a distintos círculos sociales –de clase, de género, étnicos-.  Por lo tanto, nuestra subjetividad -la forma a partir de la cual nos identificamos a nosotros mismos y entendemos al mundo y nuestro lugar en él- es un caleidoscopio: se constituye de muchas partes y constantemente cambia de orientación, mientras los giros discursivos -especialmente mediáticos- nos llevan de un lado para otro.

El problema se complejiza cuando una persona homosexual se identifica como miembro de una clase alta y, al mismo tiempo, deja de lado lo que implica su condición sexual. Más aún cuando, a diferencia de Esteban, por ejemplo, nunca ha participado de ninguna experiencia organizativa. Así, si alguien le asegura que acabará con el desorden, la inseguridad y la corrupción, este alguien se podrá transformar en su representante, a pesar de que también diga que los homosexuales son antinaturales. Incluso, perteneciendo a un colectivo, uno puede no identificarse como parte de este, no sentirse representado, no luchar “en consecuencia”, y puede no darle relevancia a ciertas desventajas y formas de explotación que se le suelen aplicar por su propia condición. Lo que le molesta es otra cosa.

Todo sujeto está intersectado por distintos órdenes de dominación en los cuáles actúa como verdugo o condenado. Por ello, difícilmente exista una subjetividad coherente, reconciliada consigo misma en todas sus posiciones de subalternidad, y acabada. Y es que se puede no amar la versión homofóbica de un candidato cuando, al mismo tiempo, se puede amar su versión clasista y autoritaria. Y entonces la pregunta es: ¿Cuál de todas las posiciones que ocupamos en la sociedad pesa más en cada subjetividad y qué sentidos toma cada posición? ¿Por qué alguien que trabaja de forma precaria se moviliza por el día del Orgullo, pero no para reclamar mejores puestos salariales?

Es así que, además de ser afectivo, el voto es expresión de una forma de representación política que es legitimada por un discurso que interpela cierta dimensión de la propia vida -una de todas las posibles versiones- aunque eso entre en contradicción con otra. Y así, el voto de una mujer puede estar orientado por su condición étnica, porque el eliminar a los negros es su convicción primera y visceral, antes que tener las mismas oportunidades que un hombre. Es que hay prioridades. Otros lo llaman “la contradicción principal”.

La articulación que propone un fascista como Bolsonaro es quirúrgica. Mientras se despliega de uno a uno en relación con su liderazgo, lo hace A- habilitando la reacción del opresor (sujeto heterosexual) contra el oprimido (sujeto homosexual) al impulsar su descalificación (por “anormal”), y B- dividiendo a los oprimidos, en la medida en que, a pesar de su condición sexual, y por más que entienda su situación de opresión, la persona homosexual encuentra espacio para rechazar al negro trabajador precario que no lo deja “circular en paz”.

La forma política contraria, la de la articulación popular, en cambio, interpela al sujeto en relación a un liderazgo afectivo pero lo hace A- habilitando la revaloración del oprimido -la mujer- y B- haciéndolo equivalente con otras formas de subalternidad para derrotar, no a una persona física, sino a la figura pública de su opresión -el macho-. ¿Será entonces que, en algún momento de la historia, cierta academia europea, socialista o progresista tendrá la capacidad de distinguir fascismo de populismo? Y es que ni en el ámbito académico funciona esa idea del sujeto coherente y consciente de su rol “transparente en la sociedad”.

El potencial fascista y popular-emancipador parece estar ahí, siempre presente. Se conjuga en subjetividades en constante construcción, mediadas por condiciones materiales, afectivas y significaciones específicas. El punto está en dejar de odiar. En abandonar cualquier pretensión de superioridad y entender al otro en su sufrimiento. Amar al otro no es abrazar a un extraño. Es comprenderlo ahí, en su situación, en alguna de sus muchas versiones, y no reproducir las condiciones de su opresión. Dicho de otra manera, se podría tratar del principio cristiano de amor al prójimo, políticamente sepultado por las iglesias evangélicas del Brasil ¿Así pretenderán defender la vida? ¿Cuál? ¿La de quiénes?

Tenemos la obligación de no volver a transitar una de las peores noches de la historia universal. Y para esto, además de muchas otras cosas, los y las militantes de partidos, movimientos, gremios, y de toda forma organizativa de la región, tenemos que encontrarnos en la calle, entendernos en nuestras posiciones y luchar contra lo común subalterno, la respuesta política a la dominación interseccionada.

#EleNão

 

[1] Lic. en Ciencia Política (UNLaM)

[2] Universidad Argentina de la Empresa

[3] Confederación de Trabajadores de la Economía Popular

[4] Universidad Nacional de Córdoba

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