“Una filosofía de la otredad va de la mano de la deconstrucción para poder desarmar la antinomia entre lo individual y lo colectivo”

Entrevista por Cecilia Diaz[1] y Florencia Galzerano[2]

Filósofo y divulgador, Darío Sztajnszrajber prefiere definirse simplemente como docente. Hace años conducía un programa de radio llamado “El innombrable” en alusión a  la dificultad de pronunciar su apellido. Hoy todos lo conocen pero lo difícil es encontrar un espacio en su intensa agenda, que combina shows musicales, clases públicas, presentaciones de libros, y hasta intervenciones en el congreso de la nación. Sus videos se viralizan en los muros de los jóvenes, y en esa línea millennial, Primera Generación lo entrevistó vía whatsapp. En un intercambio breve pero rico, hablamos de feminismos, fascismos y resistencias, porque son cuestiones clave en los modos de pensar la actualidad política  a partir de su figura como divulgador de la filosofía.

Darío Sztajnszrajber graba audios largos. Habla mientras piensa y piensa mientras habla. Busca las palabras más precisas sin volverse un libro teórico de filosofía. Es que hace de su ejercicio docente, el arte de la pregunta, de pensar opciones y poner en cuestión aquello que se nos aparece como posibilidad.

– ¿Pensas que el feminismo es disruptivo? ¿por qué? ¿Qué particularidades ha adquirido en este escenario que antes no había logrado adquirir como movimiento social pionero en revelar que lo personal es político?

Te diría que siempre fue disruptivo el feminismo. Si, es cierto que han habido, por lo menos en los últimos 200 años, diferentes formatos de feminismos ideológicamente muy divergentes pero que siempre fueron, como éste, parte del clima de su tiempo, ¿no? Yo realmente no creo que haya manifestaciones políticas que puedan salirse de su condición epocal y creo que en ese sentido, cuando surge la proclama de “lo personal es político” claramente -si no recuerdo mal es un texto del 69- es también hijo de su tiempo, hijo de su época y de lo que fue, sobre todo sobre finales de los 60, esa revuelta generacional; donde había una afinidad entre el tipo de cuestionamiento que hacía el feminismo radical con el tipo de cuestionamiento que hacía obviamente la juventud como sujeto político. Me parece que había en ese tiempo una forma de vivir la política a partir de la cual la cuestión de “lo personal es político” cuajaba en función de la disrupción con esa estructura.

Siguiendo a Foucault, hoy podemos visualizar cada vez con mayor contundencia el traspaso de un poder que cada vez más, actúa produciendo normalidad o produciendo sentido común, donde empieza a tomar otro cariz la frase. Diría que casi proféticamente es una frase que fue como anunciando como cada vez más el poder fue trabajando para construir esa zona de lo personal como una zona despolitizada. El tema es preguntarse ¿por dónde pasa la política hoy? Porque de última en esos años 60 todavía la política liberal era representativa me parece. En cambio, hoy hay como una especie de crisis que atraviesa a la política como modelo de representatividad en su totalidad. Entonces me parece que hoy este feminismo o posfeminismo va mucho más al fondo de la cuestión pero va más a fondo porque cambió el fondo: ya no es contra un tipo de formato político vigente sino que es te diría más que contra, como alternativa a una política tradicional cada vez más en decadencia.

“Diría que casi proféticamente es una frase que fue como anunciando como cada vez más el poder fue trabajando para construir esa zona de lo personal como una zona despolitizada. El tema es preguntarse ¿por dónde pasa la política hoy?”

Por eso me parece clave en esta diferencia de tiempos comparando 50 años después este 2018 con ese Mayo Francés del 68’, que hay un término clave que es: la deconstrucción. Me parece que hoy el feminismo toma las banderas de la deconstrucción y en esa época la idea de desidentificación y del cuestionamiento a las identidades estaba todavía como emergiendo. Hoy la confrontación del feminismo tiene más el carácter de desarme que el de confrontar arma contra arma, para seguir con la metáfora, y me parece hoy mucho más efectiva. Porque, además, ante el colapso de la política clásica de las instituciones de la política, aparece como una alternativa fundacional. Aparece algo otro, una otredad que hasta ahora no tenía una presencia delimitada en el campo político.

“Hoy la confrontación del feminismo tiene más el carácter de desarme que el de confrontar arma contra arma”

– Se suele decir que la cultura patriarcal se reproduce en los micromachismos. Al respecto nos gustaría preguntarte acerca de los “microfascismos” que hoy circulan en la discusión política (por ejemplo: el “¡queremos flan!” de Alfredo Casero), ¿es posible pensar en “macrofascismos” que los contienen históricamente y los resignifican en distintos momentos históricos? ¿Cuál es el rol del Estado en esta tensión y cómo se da la relación con el “disciplinamiento” o no de la llamada “sociedad civil”?

Esta buena la comparación que haces entre micromachismo y microfascismo. Coincido en que hay una línea tenue, delgada, que hace posible enhebrar ciertos microfascismos con la invisibilización del otro que provoca el sentido común. Digo la pregunta que quedaría así abierta es: ¿si el sentido común contiene algún tipo de elemento como máximo micro fascista? Lo micro tiene que ver con que el sentido común es básicamente un inmiscuirse en las micro prácticas cotidianas.

No hay una teoría del sentido común, justamente es la anti-teoría, lo que se instala como normalidad. Ahí es interesante visualizar que el sentido común como mínimo puede reproducir estos microfascismos y como máximo, básicamente, lo que produce es una invisibilización absoluta de esas otredades que pasan a ser justificadas en su marginación. Es más, el aspecto fascista sería, en realidad, la justificación de esas exclusiones en función de las necesidades de los que están adentro. O sea cuando lo propio, diría Levinas, la mismidad, lo mismo, lo que se reconoce parte de lo común, se considera a sí mismo y en términos de supervivencia, superior a un otro al que se lo condena y se legitima su disolución para la supervivencia de la mismidad, ahí hay un tipo de exterminio, hay un tipo de fascismo. Ahora, no es el fascismo histórico, clásico del siglo XX, porque primero y principal está solapado. Nadie que actúa en ese sentido se reconoce desde ese lugar. Yo creo que habría que hacer realmente una revisión del concepto.

Cuando vas revisando las diferentes formas de exclusión social, te das cuenta que ahí no hay una caracterización de la misma como en los fascismos clásicos, donde había toda una filosofía puesta en juego y hasta teórica para caracterizar “el enemigo”. Hoy me parece que no está expuesto, al revés y es peor. Está normalizado y natural su lugar de invisibilidad.

“El aspecto fascista sería, en realidad, la justificación de esas exclusiones en función de las necesidades de los que están adentro”

– ¿Qué herramientas concretas tiene el sujeto que desea y proyecta un horizonte emancipatorio colectivo en este contexto material y discursivo que empuja a la individualidad y a la competencia?

Creo que una buena forma de romper tal vez una grieta o una dialéctica creo que en este punto no sé si ilusoria, pero sí que no genera en todo caso un movimiento, una transformación, que es la grieta -justamente- entre lo individual y lo colectivo, tal como se está planteando la pregunta, es poder salir a partir de un doble movimiento: primero, la deconstrucción y después la apertura al otro. O sea, hay una filosofía de la otredad que va de la mano de una filosofía de la deconstrucción que me parece hiper necesaria sobre todo para poder desarmar lo que entiendo que esta altura es una antinomia entre lo individual y lo colectivo, que no rompe con el plano mismo de la cuestión: en general, los colectivismos modernos se han visto siempre, creo yo, como una especie de individualidad expandida. A mi la idea de patria moderna o los nacionalismos modernos no los puedo dejar de ver como si fueran un yo gigante.

Me parece que el gran ausente de la política moderna es el otro. Es esa otredad la que está todo el tiempo desafiandonos a pensar la política desde otro lugar. No estamos acostumbrados. Estamos, de algún modo, estructurados en lo que son las categorías de la política moderna que al mismo tiempo -siguiendo algunas lecturas- no son más que categorías teológicas secularizadas. Entonces, no sé si se puede romper con un proceso de continuidad y secularización permanente; pero sí se puede interrumpir, deconstruir, sobre todo evidenciar sus abusos. Más que nunca entiendo biopolíticamente que la política tiene que ver con el poder y no con el bien o con la verdad sino que, al revés, el bien y la verdad han sido siempre justificaciones para que un determinado tipo de poder se autolegitime en un lugar de supremacía.

Hay un gran cambio de esquema. Lo mismo con esas grandes categorías colectivas que muchas veces también ofician de categorías regulativas. Como, por ejemplo, la categoría misma de pueblo que no es simple tratar de entender de qué se trata ese pueblo porque por un lado; pueblo parece representar soberanamente una totalidad y sin embargo, al mismo tiempo la misma categoría de pueblo es históricamente utilizada para hablar de los sectores más desprotegidos. Como bien trabaja Agamben, ahí hay un hiato, entonces creo que hoy la deconstrucción representa mejor que nadie lo que es una filosofía de izquierda, porque nos obliga a desarmar y apostar a lo abierto y sobre todo a pensar esa apertura como la necesidad de poder en algo punto conectar con la otredad. Si hay un excluido siempre y permanente es el otro y esa otredad excluida nunca es la misma porque es un otro. Entonces se va moviendo esa otredad que suele ser cada tanto incluida en un proceso de democratización permanente que va habilitando nuevas exclusiones. Derrida dice que la democracia nunca es definitiva, que está siempre por venir porque nunca terminamos de  poder visibilizar esas otredades marginadas que van Incluso irrumpiendo en la medida en que las transformaciones mismas de la cultura van habilitando nuevos límites.

* Darío Sztajnszrajber es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y ejerce la docencia en distintos niveles. Como divulgador se lo puede seguir en Mentira la verdad (Canal Encuentro); Demasiado humano (radio Futurock); en los espectáculos Desencajados y Salir de la caverna y en su último libro: Filosofía en 11 frases.

**Foto: Télam

[1] Dra en Comunicación (UNLP)

[2] Maestranda en Ciencia Politica (UNSAM)

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