Apatías

Por Nahuel M. Riberas[i]

La portada de un viejo disco de Supertramp muestra a un hombre con apariencia de clase media, completamente absorto en su realidad, tomando sol en bermudas. El panorama de fondo se ve desolador. Si bien la silueta aparece incólume, sólo estará así por poco tiempo, hasta que la tormenta lo alcance y le arrebate el poco sol que le queda.

Sin ir más lejos, la nebulosa se le acercará y, sin pedirle permiso, le dirá:
-Señor, estamos en crisis.

Confundido, se levantará a duras penas y verá que sólo le queda la lona. El sol se fugará pronto.
– ¿Crisis? ¿Qué crisis? – llegará a pronunciar.

Este es un diálogo imaginario, pero posiblemente de esta manera haya surgido el álbum del mismo nombre. De hecho, a lo largo de la historia de nuestro país, podemos catalogar a los actores de las crisis de la siguiente manera: los que sufren terriblemente y caen para no levantarse, los que adolecen y se mantienen indiferentes (aquí puede ingresar la clase media), los que no tienen ningún temor en hacerse escuchar por medio de la protesta y los que, aprovechándose de la miseria de todos los anteriores, incrementan sus fortunas en medio del caos.

Las crisis nunca deben pagarlas los que menos tienen. Ni dos mujeres de 80 y 106 años en su boleta de gas, ni el asalariado que sacó un crédito porque recientemente ha perdido el empleo. Tampoco se deben hacer cargo las PYMES, ya que son generadoras de empleo y vulnerables ante los ajustes en ganancias (de esta manera, mucha gente podría quedar en la calle).

Ante problemas complejos, la gente parece recurrir al peligroso sentido común que propone soluciones sencillas de nulo razonamiento. Así, sobresalen los enunciados “quiten los subsidios a los vagos”, “acabemos con los K y el país saldrá adelante”, “queremos pena de muerte” y el ya famoso “hay que darle un tiempo al presidente”.

Relatos

Tenía 18 años cuando leí por primera vez que Orson Welles había anunciado la llegada de extraterrestres en un programa radial de 1938, en lo que simulaba ser una suerte de experimento social. Inesperadamente, muchos oyentes cayeron en la desesperación y se suicidaron, algunos llamaron a la radio o a la policía local para desasnar sus dudas y otros tantos se rieron con las incongruencias que ese gran actor estadounidense estaba narrando en su show. Entre los que optaron por lo primero, había ultra-católicos acérrimos que, luego de que la noticia de los marcianos pusiera en “jaque” la verdad de su Dios, no soportaron seguir viviendo. “Jaque” entre comillas, claro, ya que todo era una broma radial y nadie esperaba que la ingenuidad de los oyentes fuera tan grande como para que tomaran semejante decisión.

Tenía un par de años menos cuando tomé noción de que espiritualidad y religión eran expresiones completamente distintas. La primera es transitada por uno mismo de manera autodidacta y la segunda es conducida por un grupo de señores con ánimo de llenarse los bolsillos a costa del sufrimiento de los feligreses. No es necesario decirlo explícitamente, pero estoy haciendo referencia a los evangélicos, católicos, budistas y todos los oradores motivacionales que conocimos el último tiempo.

Actualmente, y tras el reciente triunfo de Bolsonaro, esas dos instituciones (la religión y los medios de comunicación) se han unido inescrupulosamente para construir a un candidato. Lamentablemente, fueron muchos (casi el 50%) los que eligieron votar a un señor cuya mayor insignia es hablar a cámara simulando con las manos que le está disparando a un pobre. Sin dudas, ese es Bolsonaro. Es como la tortuga que aparece amarrada al poste. Nadie sabe cómo llegó ahí, pero llegó. Y la sociedad es culpable. Todos somos culpables.

Podría citar numerosos flagelos que llevan a que una persona vote por el antisistema. Uno de ellos es el hecho de que esa misma persona se siente fuera del sistema, haya perdido su confianza en las instituciones, la democracia, ya no se siente parte de la sociedad en la que vive y que la clase política “normal” le parezca detestable.

En esa paranoia, fomentada por los medios de comunicación durante años, aparecieron los llamados “monstruos”. No son seres ficticios, aunque podrían serlo. Son el reflejo del pensamiento ciudadano medio. Así como surgen, suelen desaparecer cuando la gente modifica su modo de pensar. Olmedo, Bolsonaro, Feinmann, Etchecopar y la lista es muy larga, son emanaciones de ese imaginario colectivo.

Los monstruos

Hace unas semanas salía del subte con la parsimonia que me caracteriza, cuando vi a un taxista con un palo arremetiendo contra un motoquero. Alrededor, como si se tratara de un espectáculo circense, la gente presenciaba la situación. Alguno que otro se metía en la riña y se volvía uno más de ellos, dando trompadas por detrás al que consideraba que había iniciado el conflicto. Me subí al primer colectivo que pasó por la calle. No fue miedo, sino intolerancia ante mi propia indignación.

Hace poco ocurrió algo similar con un depravado, linchado por personas del barrio a causa de una denuncia de acoso. No le dieron tiempo a la Justicia, que de buena gana lo hubiera castigado. Optaron, en cambio, por hacer justicia por mano propia. Esto no significó nada en la vida de aquel energúmeno que se había equivocado estrepitosamente. Aún así, pensándolo un poco mejor, podría haber sucedido otra cosa. Podría haber ocurrido que la denuncia fuera infundada y el hombre recibiera una golpiza que no merecía, como ya ha ocurrido tantas veces.

En estos últimos casos, la falta de justicia se vuelve una excusa. En realidad, hallaron en él un prototipo perfecto con el cual descargar sus frustraciones. Lo mismo sucede con los ataques que vemos a diario contra seres marginales, como los indigentes o los propios borrachines que abundan en calle Lavalle. La apatía, la frustración y el descreimiento en todos los ámbitos ya supera la ficción. No acudimos a la muerte de las ideologías, sino de la racionalidad. Posiblemente, me animo a decir, también agoniza la democracia.

“Si les decía todo lo que iba a hacer, votaban por encerrarme en el manicomio”, dijo Macri en 2016. En lo personal, a mí no me defraudó, ya que no lo voté. Pero sí lo votaron muchos y no cumplió para con ellos ni una sola de sus promesas. En este aspecto, vale decir que las promesas de campaña también hacen a la democracia. Si ese acuerdo se destruye, como ya ha ocurrido en otras épocas, las bases se derrumban. Empieza el caos y aparecen los “monstruos”. Vuelve el antisistema, la locura y comenzamos a ver en nuestro vecino, el dueño de la verdulería, la causa de nuestros males.

La destrucción de la sociedad y del imaginario colectivo ya nos impide pensar. Que una sociedad se identifique más con un carnicero que mató a un ladrón que con un dirigente social que trabaja en las villas expresa claramente un poco de eso. En estos términos, los culpables de esta disociación tienen muchos nombres, son intangibles y trabajan a oscuras, de sol a sol. Nosotros, de manera absurda, y un poco incomprensible, elegimos mirarnos en espejos diseñados por ellos. Ese es el mayor problema.

[i] Estudiante de Relaciones Públicas – UNLaM

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s