Los falsos días felices

Por Nahuel Maximiliano Riberas[1]

 

En un ámbito desértico, en donde ya nada reluce, Winnie parece dormir. Suena un primer timbre y se despierta. Es un llamado a escena o el despertar de un nuevo día, nadie lo sabe. Winnie se para en mitad del escenario y, protegida bajo un paraguas, comienza a hablar. Habla de sus días felices, que no lo son tanto, y se aferra a un presente que la violenta. Hay un detalle que queda supeditado en la obra: Winnie tiene problemas de memoria. Mientras habla sostiene un paraguas, pero en lugar de agua, lo que cae sobre ella es arena. El futuro le suena incierto. Simplemente, con los restos de su memoria, sigue adelante.

Este personaje de Samuel Beckett, interpretado en alguna oportunidad en Argentina por Marilú Marini, tiene similitudes con el argentino medio, tenaz ante un presente que parece asfixiarlo. La ola neoliberal lo aleja de sus días felices con un humor irónico, similar al que empleaba Beckett.

La pérdida de la identidad y la configuración ciudadana traen como consecuencia el alejamiento político del hombre. Culpar a la corrupción de los males de un país implica reducir la política a un terreno que la angosta demasiado. La corrupción, como tantos otros delitos, escapa al debate y sólo la Justicia tiene poder para dictaminar su resolución o apremio. Una cosa es pretender reducir los niveles de corrupción -una causa noble, planteada en estos términos- y otra muy distinta es reemplazar el debate político por aquella. En este sentido, por debate político se infiere un análisis sobre el impacto de los tarifazos, la compresión de programas sociales, los aumentos en los niveles de desempleo y los recortes presupuestarios en ámbitos públicos primordiales.

No es casual que el tema corrupción forme parte de un fraseo genérico en los funcionarios de derecha, poderosos históricos y familias de renombre, que cuentan con los recursos suficientes, aunque no legítimos, para financiar sus campañas y proyectos políticos. La situación se torna distinta cuando se trata de analizar el financiamiento de pequeños partidos políticos que, escasos de recursos, se ven obligados en muchas ocasiones a recurrir a dineros espurios para hacerse valer en el terreno político. Los mismos que sostienen la idea de transparencia en conferencia de prensa son los que promueven la política para unos pocos.

A lo largo de nuestra historia, fueron muchos los políticos ajenos al campo popular que recurrieron a la falsa bandera de la honestidad debido a lo aberrante que les resultaba debatir políticas públicas. Era más fácil, en su concepción (y hoy día lo es), culpar a otros de su propia ineptitud. Más aberrante aún, es el hecho de que muchos ciudadanos se indignen con la corrupción política magnificada por los medios de comunicación y, al mismo tiempo, festejen sus pequeñas corrupciones diarias, que van desde coimear un policía hasta ocupar una rampa para discapacitados. El flagelo, entonces, se vuelve ascendente. No nace del funcionario y sus consecuencias se propagan hacia el ciudadano, sino que el funcionario se vuelve un fiel reflejo de quien lo ha votado.

“Todos suben para llenarse los bolsillos”, es la típica frase que se oye apenas se sube a un taxi o mientras se conversa con el portero. Los conceptos que la integran, en su mayoría, implican un triunfo de la antipolítica. Capas bajas que lograron ascender socialmente con gobiernos populares hoy se muestran más libres para decidir y argumentan que su estatus social adquirido no guarda relación con las medidas de gobierno efectuadas. Es en esa alienación, surgida a partir de la mediatización de la corrupción, que los ciudadanos optan por elegir sin pensar, lo que puede desencadenar en retrocesos ya vividos.

Claro que el contexto actual es muy diferente al de 2001. El colchón económico y acervo legado por Cristina Fernández de Kirchner impide que las medidas de Cambiemos adquieran mayor drasticidad. El incremento de trabajadores formales, los programas sociales instaurados, las nuevas regulaciones bancarias y la movilidad jubilatoria extendida generan un marco de contención social que impugna la desembocadura hacia calamidades del pasado.

Un sector político vinculado al poder mediático se encargó y aún se encarga de llevar a cabo un proceso por medio del cual la idea de la política como sinónimo de vandalismo parece tomar fuerza. Olvidamos, entonces, el verdadero origen de la palabra política, que suscribe “de, para o relacionado con los ciudadanos”. Esta distorsión del panorama político conlleva a creer que vivimos días felices y a conformarse con la lluvia de arena que cae sobre nosotros, sin debatir lo realmente importante para los ciudadanos. Es la parábola de un hombre que, en su olvido, se destruye a sí mismo. Sin proponérnoslo, nos volvimos una obra de Beckett.

 

[1] Estudiante de Relaciones Públicas (UNLaM)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s