Hacia la construcción del enemigo

Por Kevin Martínez

Podría suponerse que los antagonismos dentro de un determinado campo social están dados. Pero no es así. Dicha escisión se da cuando dos entidades se enfrentan a la siguiente situación: una no puede ser si la otra es, y viceversa. Es decir que ninguna de las dos identidades puede desarrollarse plenamente si la otra existe. Además, las identidades se construyen a través del discurso.

El neoliberalismo encuentra su unidad de concepción y de acción en la eficacia y soltura que presenta a partir de la construcción de su enemigo. El rechazo a todo lo popular, colectivo, solidario, comunitario, se subraya en función del individualismo, la explotación del hombre por el hombre, el desinterés por el otro, y además difunde valores meritocráticos, construyendo sujetos empresarios de sí mismos, a partir de los cuales asigna responsabilidades individuales a los problemas colectivos.

En este punto cabe una pregunta: ¿tenemos claro qué enemigo queremos construir? .Dentro de los movimientos populares existen múltiples reclamos que intersectan a la sociedad de acuerdo a cada demanda específica y también la sostienen a partir de un discurso diferente.  Desde ese plano, el reclamo de la distribución del ingreso la segmenta de una determinada manera, al tiempo que el pedido de aprobación de la Interrupción Legal del Embarazo (ILE) la escinde de diferente forma. Así, en ambos casos, se construyen enemigos distintos: por un lado, los ricos; por otro, sectores “conservadores” como la Iglesia.

Tan efectivo resulta el mecanismo que, incluso, se instalan discursos que desde el progresismo podrían calificarse como “retrógrados” (la negativa a la implementación de la Educación Sexual Integral), y a la vez son sostenidos por argumentos de estirpe liberal (“el Estado no puede educar a mis hijos en esos temas porque viola mi potestad como padre”). En este sentido, discursos que fusionan lo “conservador” con lo “liberal” encuentran su anclaje en oposición al Estado como representante de un interés colectivo.

Las demandas son todas del mismo tamaño

Recientemente, en una entrevista publicada en Página/12, el ex Presidente de Ecuador, Rafael Correa, se refirió al aborto diciendo: “hay mil cosas que pasan antes, como la injusticia o la pobreza. Para llenar un tarro si metes primero arena, lo fino, y luego metes rocas, entra menos que si primero metes lo grande y luego lo fino”. Si bien es cierto que, como pasó en nuestro país, la demanda por la ILE fue impulsada por los estratos económicos medios y altos (los cuales tienen sus necesidades básicas satisfechas), eso no implica que la legalización del aborto sea menos importante que la pelea por la redistribución del ingreso. Sobre todo, teniendo en cuenta que son las mujeres pobres las que mueren en las precarias clínicas clandestinas.

Por otra parte, el feminismo es un aliado fundamental contra el neoliberalismo, ya que el sistema capitalista se montó sobre la desigualdad tanto de clase como de género, por lo que alcanzar un sistema alternativo al patriarcado impactará directamente en el capitalismo, ya que serán las mujeres de estratos sociales más pobres las más beneficiadas por la reducción de brechas sociales.

Finalmente, es importante que los dirigentes entiendan que así como sucedió en su momento con el movimiento obrero, el feminismo como hecho político, social y cultural, llegó para quedarse. Por tanto, es inútil querer deslegitimarlo, restarle valor o criticarlo; lo mejor es conducirlo. Y se lo conducirá en la medida que comiencen a articularse sus demandas para darles respuesta, al igual que el ex presidente Perón hizo con los reclamos obreros.

No es una cuestión de progreso, sino de justicia social

Existe dentro del progresismo la idea de que ciertas estructuras, como la Iglesia Católica, “atrasan”. De hecho, llaman “dinosaurios” a los Senadores que votaron en contra del aborto; califican de “retrógrados” a los que se oponen a la ESI; y objetan por “feudalistas” a algunas provincias de nuestro país. La noción de fondo, en todas estas cuestiones, es que hay sociedades más “avanzadas” que otras, y existe un fin hacia donde todo debe tender. Esto es, sin ir más lejos, una visión teleológica de los derechos.

Entonces, una sociedad con aborto legal, matrimonio igualitario y ESI, sería más avanzada frente a otra carente de esos derechos. Entonces, aquellos que se opongan a estos pueden ser calificados como sujetos que viven en un tiempo pasado, mientras que a los que defensores esas banderas se los coloca en un pedestal, ya que serían parte de una especie de “vanguardia” que sabe mejor que el pueblo lo que el pueblo necesita. Sin embargo, esa sociedad hipotética no es más “avanzada”, sino más justa.

Asimismo, el problema de pensar a actores como la Iglesia Católica como “retrógrados” impide ver aquellos valores que se oponen al neoliberalismo: la comunidad, la fraternidad, el pensar en el otro. En palabras de Jesús, estos valores son esenciales para la comprensión: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34).

Lejos estamos de defender algunas posturas de la Iglesia como la protección de curas pedófilos y otras prácticas repudiables. No obstante, si no se observa que esta institución no es un monolito, sino que dentro de sí hay pujas de poder para imponer distintas visiones de mundo y valores, se perderá la posibilidad de ganarse un aliado valiosísimo en la lucha contra el neoliberalismo.

Que nos una el espanto

Es evidente que el neoliberalismo ha avanzado en toda América Latina en los últimos años. Parte de ese éxito, sobre todo a nivel electoral, se debe fundamentalmente a la construcción de un enemigo al cual enfrentar. Así, ha logrado que pobres voten a ricos, que gays apoyen a homofóbicos y que mujeres elijan a misóginos. Como se evidencia, a pesar de esa variedad, el enemigo común que los une en la contienda  es el populismo.

Del otro lado, los movimientos populares no han logrado unificar un discurso que construya un antagonista capaz de librar la lucha contra el sexismo, el racismo y la discriminación, al tiempo que interpele reclamos de los trabajadores. Es llamativo cómo en Hegemonía y Estrategia Socialista, publicado hace más de 30 años, Ernesto Laclau y  Chantal Mouffe ya advertían sobre la necesidad de romper con esta dicotomía entre los reclamos de redistribución y las luchas culturales.

Ese discurso articulador solo logrará emerger en la medida en que se abandonen aquellos que bifurcan el movimiento popular y se subrayen los valores compartidos: la comunidad, el interés por el otro, la empatía, la solidaridad. Por consiguiente, construir un enemigo que todo el movimiento popular identifique como amenaza de estos principios, será el primer paso para lograr la unidad y derrotarlo.

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