Una ciudad sin códigos

Por Club social cultural y deportivo “Vanulen”

Las modificaciones propuestas en el tratamiento del nuevo código no favorecen tanto al acceso a la vivienda de la mayoría de la población, como así tampoco a la regulación del mercado inmobiliario. Las constructoras de fiesta y el resto buscando casa por fuera de #MundoComuna.

Que debe ser tan alto, que debe ser tan ancho, que en la manzana “H” solo pueden construirse edificios de clase “D”; varieté para arquitectos, incertidumbre para les vecines. ¡Pero momento! Parece que el Código también incorpora lo que en algún lugar del planeta se denomina “microdepartamento”, alias cuadradito habitable que, de los 27 m2 previstos por vigente código  para la construcción de una vivienda digna, se reduce a 18 m2.

[Para calcular la superficie: Imaginando un cuadrado, se multiplica el lado A por el lado B y se obtienen los metros2. Por ejemplo y redondeando, 6×3 = 18m2 o 4.25×4.25= 18,06m2. Dos mesas de pool, pero ojo, el taco va tocar la pared].

La bandera de los 18 m2 se levanta bien alto por el oficialismo y las constructoras porteñas. Entrevistando a turistas europeos te re-juran que es la posta, se hace trending topic la idea de “mandar a freír churros” a la inmobiliaria. Mirando finito, es cierto que con una panorámica se ven todos los ambientes, punto a favor para el micro, y también es cierto que hoy la Ciudad de Buenos Aires contiene miles de viviendas de 18 m2 y aún más chicas.

Cierto es también que la panorámica en este caso no suma, y que las viviendas de 18m2 (o más chicas) son parte de una demanda latente ante la ausencia de una política pública que asegure el acceso a la vivienda en la Ciudad de manera digna.

En principio, si bien es claro que tal acceso es una problemática que atraviesa a tode porteñe de manera transversal, sus raíces no recaen principalmente en la falta de espacio físico, ya que es notoria la cantidad de viviendas ociosas: cerca de 300 mil concentradas mayoritariamente en las comunas 1 y 2 de la Ciudad, gran valor para los especuladores que agazapados esperan una mayor valorización del mercado inmobiliario, o bien como un ahorro especulativo. Concretamente,  hay Gente Sin Casa y Casas Sin Gente.

Para algunes, que pensaban que nunca en la vida iban a poder acceder a la compra de una vivienda en la ciudad, ahora que son de 18m2 (y si dejan de comer por diez años) quizás puedan lograrlo, aunque no es tan así, sobre todo porque el precio dista de ser accesible. Como todo lo guiado por la oferta y demanda, las empresas de la construcción saben que los 18m2 implican un bien nuevo y escaso. Construir barato para vender rápido, caro y en dólares, es un gran negocio que amerita un Código.

¿Puede la vivienda pensarse sólo como mercancía?

En el sistema capitalista, la vivienda es el lugar de reposo del/la trabajador/a y el de la órbita de lo privado. La paradoja es que es el mismo mercado de capital el que pone como refugio a la vivienda y que, a su vez, dificulta el acceso a ella. Y como dato no menor, resulta que en 18 m2 se complica el desarrollo humano, no hay vuelta que darle. Todos aquellos parámetros objetivos que hacen a una vivienda adecuada, como la dignidad, la accesibilidad e incluso la higiene y el no hacinamiento, se dificultan estructuralmente en este minúsculo espacio.

Si pensamos en una persona con algún tipo de discapacidad física o mental, todos los artefactos y accesorios para hacer habitable la vivienda implican dimensiones mayores, esta modificación implica un retroceso grave también en materia de políticas de inclusión, barandas de seguridad, accesorios en los baños, rampas. Las propias sillas de ruedas o aparatos ortopédicos son muestra de la imposibilidad de vivir en ese espacio. Además de desoír los puntos básicos de la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad, pensar que pueden salir y disponer de los espacios públicos cuando “se sientan encerrados” responde a un imaginario el cual no contempla las miles de dificultades estructurales que posee hoy nuestra ciudad para las personas con discapacidad.

Pareciera entonces, que el acceso a los espacios públicos es el complemento clave para una vida en 18 m2, de manera tal que el patio de tu casa sea tu ciudad. Pero…, en la City Porteña, el espacio público está en disputa. El qué, cómo, y cuándo que impone el Estado en relación a su uso se encuentra en su etapa restrictiva, persecutoria y, en algunos casos, violenta. Por ende, si la plaza se cierra tempranito con la reja verde, hay que volverse al cuadradito.

Asimismo, la ausencia de una Ley de alquileres es la coartada perfecta. Una vivienda reducida, rodeada de ausencia de espacios públicos, conlleva a estructuras edilicias cerradas, con espacios comunes y servicios de contratación obligada (lavadero, patio, parrilla, etc.) que importan unas expensas hermosamente desmedidas.

Hace falta mencionar algo no menor: bajarle la vara al concepto de vivienda digna repercute con fuerza en las futuras políticas que posibiliten su acceso, como así también en aquellas vigentes. Sin ir más lejos, los procesos de relocalización y urbanización llevados adelante por el Gobierno de la Ciudad prevén, como es el caso de la Villa 21 -24, viviendas consensuadas con sus futuros habitantes de 54m2 (promedio 2 ambientes), garantizando así el acceso a la vivienda digna (logro vecinal después de reclamos, paro, movilización y un sinfín de acciones que interpelaron al Gobierno de la Ciudad a garantizar los derechos habitacionales)

Cotejando esto con los metros cuadrados acordados con les vecines de Barracas, y lo que prevé el nuevo proyecto de Código, podemos diferenciar con claridad una política pública de acceso a la vivienda (disputada con garras y dientes) y el poder de lobby del mercado inmobiliario para ampliar ganancias reduciendo derechos.

Más allá de todo, la crisis habitacional no es solo una cuestión de vivienda (cosas), sino también una cuestión de personas. La constante incertidumbre ante las variaciones de precios (de los alquileres o préstamos) como así también el aumento de personas sin acceso a un hogar, son la prueba irrefutable de una ciudad que tiende a expulsarnos más que incluirnos.

 

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