“Vuelva prontos”. El problema con Apu y la exportación de la culture war

Por Diego Labra[i]

 

Esta semana la Web 2.0, las redes sociales, las fake news y su efecto en la sociedad contemporánea vuelven a ser una vez más el tema vedette de los editoriales de todos los diarios debido al triunfo en Brasil del candidato a presidente Jair Bolsonaro, cuyo discurso racista, homofóbico, misógino y violento hizo las rondas en todo el mundo. Acá mismo en Primera Generación pueden encontrar un artículo de Rodrigo Iturriza al respecto. El tema, en realidad, ya se viene instalando con fuerza en los últimos años con cada resultado electoral dramáticamente contrario al sentido común del establishment o de cierto análisis político (Cambiemos, Trump, Brexit, etc.), y de seguro no faltará ocasión de volver al pozo en el futuro cercano.

¿Se puede responsabilizar del presente ritmo de la política a estos desarrollos de la comunicación digital? ¿Es culpa de internet, de los smartphones, o de Google el giro a la derecha mundial? Martín Gendler, sociólogo y divulgador especializado en el tema, repite como un mantra que no, y le creo porque tiene buenos argumentos. La tecnología, después de todo, no es más que producto de la sociedad y de sus relaciones, además de ser solo un factor más entre muchos otros que inciden en el decantar de la historia.

Otro lugar común que es bueno desterrar es que esto de los medios y la política no es nada nuevo. En Los best sellers prohibidos en Francia antes de la Revolución, el historiador norteamericano Robert Darnton estudió como la circulación de folletos pornográficos que involucraban a María Antonieta y el reparto de la corte de Luis XVI coadyuvó a socavar la legitimidad del régimen en los años que antecedieron a la Revolución Francesa. Todo esto antes de la prensa masiva, el telégrafo, la radio, la televisión, etc.

Al igual que cada hito arriba citado, el desarrollo del internet se aparece como una explosión en cuanto aceleración y globalización de los medios de tal calibre que transforma en radicalmente nuevo algo que es más bien un nuevo salto en un proceso abierto hace siglos. Sin embargo, es difícil no sorprenderse con la velocidad y penetración del fenómeno, que toca cada rincón de la vida social para transformarlo en un meme, una noticia viral, una causa noble, una oportunidad de trolleo, etc.

Prueba de ello es que la razón que despertó mi reflexión durante este fin de semana pasado, sin embargo, no fue la elección presidencial en Brasil, sino la reacción que desató la decisión de retirar al personaje Apu Nahasapeemapetilon de Los Simpsons. La noticia dispersó como un fuego en las redes, generando lo que en secciones de comentarios y grupos de Facebook apareció predominantemente como ira e indignación ante el hecho.

La controversia sobre el personaje se remonta al año pasado, cuando el comediante Hari Kondabolu estrenó en TV su documental El Problema con Apu. Allí, él argumentó en contra del estereotipo racial que promueve el personaje y el efecto negativo que tuvo en su vida y la de otros norteamericanos descendientes de inmigrantes de la India. Hank Azaria, el actor blanco que interpreta su voz se ofreció a “dar un paso al costado”, pero los productores se mantuvieron firmes ante la presión y sostuvieron que Apu no se iría a ningún lado, y hasta le dedicaron un capítulo a sus críticos. Ahora, parecía, habían terminado por claudicar.

En un canal de Youtube llamado Te lo Resumo Así Nomás sobre películas y series, que tiene cerca de millón y medio de seguidores en toda América hispanoparlante, la reacción no se hizo esperar. La controversia hizo de piedra de toque para los usuarios, en su mayoría hombres, hartos con la “corrección política” y sensibilidad de los “millenians” (sic), sector etario del cual son parte sin saberlo, y hasta denunciaron al “zurdaje” como responsable de corromper esa institución que es la Springfield de Homero.

Los moderadores del grupo, que goza de una supervisión activa y concienzuda, actúan rápidamente, pero los desmanes superaban ampliamente este pequeño rincón de Internet. Desde Taringa!, que luego de una ilustre historia ha devenido en una red social reaccionaria,  se llamó a injuriar y acosar digitalmente a Kondabolu. Haciendo un uso poco sabio de Google Translate, muchos latinos millenial que no se saben millenial insultaron efectivamente en Twitter al cómico con improperios racistas, que todo el mundo sabe, es la mejor manera de desmentir que el personaje de Apu fuera un estereotipo racista. En nuestro país, donde la voluntad de manifestarse políticamente nunca fue un bien escaso, hasta se convocó una marcha al Obelisco. Según el evento de Facebook, casi 6 mil personas confirmaron asistencia y 18 mil se mostraron interesadas.

La globalización de los debates culturales, (descontextualizados, reinterpretados y apropiados), que plantean fenómenos como este es fascinante, y llama como un faro a la escritura de libros y tesis doctorales (por más que le pese a los trolls). Latinoamericanos que abrazan instantáneamente como propia, para un lado o para el otro, una discusión generada en otro país, otro idioma y otro contexto sociocultural, y que además tienen la posibilidad, gracias a las redes sociales, de hacer llegar su opinión o agravio con la misma velocidad a oídos de todos los involucrados en la controversia.

Por otro lado, el tono y espíritu de estos reclamos hacen eco en las discusiones sobre la producción audiovisual local y empujan a la primera plana los debates sobre los consumos culturales en los medios masivos, como la discusión sobre la representación de la cárcel en El Marginal en Página/12, o hasta sobre cuestiones de género en 100 Días para Enamorarse en ¿¡Paparazzi!? En consonancia con nuestra idiosincrasia nacional, no se han abierto controversias similares acerca de la raza como en el país del norte, aunque yo aquí aprovecho para denunciar que a Agustina Cherri le dan demasiado seguido el papel de mucama, piba del interior o pobre (y cuando le dan un protagónico se cancela la tira en tiempo record).

Un ribete que se hace necesario estudiar acerca de la politización de las discusiones sobre cultura pop, desde el conservadurismo light del “arruinaron mi infancia” (ver reacción a ThunderCats Roar, The Chilling Adventures of Sabrina) hasta las más insidiosas discusiones sobre género (como en la campaña contra Star Wars: El Último Jedi) o raza (como por ejemplo en el casting de las adaptaciones de 4 Fantásticos y Death Note), incluso sin que lo sepan quienes intervienen, es un lenguaje que responde directamente lo que en Estados Unidos se llama la “alt-right” (o “derecha alternativa”) y la “culture war” que vienen librando desde la era Reagan, y que aquí comienza a hacer pie de la mano de personajes como Agustín Laje.

La denuncia de lo “políticamente correcto” como censura o clausura de la libertad de expresión es un concepto y una estrategia de larga data en el arsenal conservador norteamericano, que explotó en el debate de la opinión pública en los noventa, y que a fuerza de memes parece haberse instalado en el imaginario colectivo latinoamericano. Lo mismo puede decirse de la catalogación del millenial como “sensible” en un sentido peyorativo, que hace eco en la caracterización negativa que la alt-right hace de los liberales/demócratas como “Social Justice Warrior” o SJW (“guerrero por la justicia social”) o “Snowflake” (“copo de nieve”) que tienen la piel muy fina y se quejan por cualquier cosa.

En un desenlace perfecto a la controversia, finalmente no se hizo necesario llenar la 9 de Julio de fans de los Simpsons disconformes, no porque la reacción en las redes haya tenido efecto, sino porque todo fue fake news. Lo que se había propagado como la confirmación del productor de la serie de la remoción de Apu fue en realidad la opinión de un productor ajeno sobre la cuestión que se había perdido en la traducción y que no encontró una desmentida hasta el comienzo de la semana hábil. Para tranquilidad de todos, esta vez no hizo falta sacar las antorchas a la calle.

 

 

 

[i] Profesor en Historia y Doctorando en Ciencias Sociales por la UNLP, con una beca de CONICET. Incluso antes que el interés por las cuestiones de la sociedad y la cultura, estuvieron las historietas, la ciencia ficción y los videojuegos (probablemente ambos estén conectados). Siempre que puede se escapa de su tema de tesis y escribe académicamente acerca de cultura pop. Además, colaboró en el sitio la Broken Face, Kamandi y actualmente es redactor regular en Geeky.

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