“La Patria” en disputa

Por Cecilia B. Díaz[1]

 

Tras el triunfo de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil, se sucedieron múltiples ensayos de explicaciones frente al espanto que provoca observar que el fascismo obtiene legitimidad en el voto popular.

Casi como una predicción (aunque no fue tal), hace pocas semanas en Primera Generación entrevistamos a Darío Sztajnszrajber, donde hablamos de los micro y macro fascismos como instancias de la política actual. Al respecto el filósofo nos explicaba que “el aspecto fascista sería, en realidad, la justificación de esas exclusiones en función de las necesidades de los que están adentro”. Es decir, habría que comprender eso común que se pone en peligro ante la existencia del otro y que, por ende, actúa como fundamento que justifica su exterminio.

En efecto, si hay algo característico de la campaña de Bolsonaro en Brasil es la apelación a la patria, a lo propio, lo nacional que se debe defender; incluso con el protagonismo de los militares y del terrorismo de Estado. En ese sentido, es necesario repensar el alcance del término “patria” para distinguir la trayectoria de las derechas en América Latina y, sobre todo, intentar destacar un hiato de esperanza en el proceso argentino.

Más allá de las especulaciones acerca de la posibilidad cierta o la existencia de un caldo de cultivo para el surgimiento de un “Bolsonaro argentino”, hay un aspecto en la política local que traza un límite respecto a ese tipo de avance fascista: el movimiento de derechos humanos.

En Argentina, el proceso de organización social evidenciado en la militancia y el reconocimiento de las políticas de memoria y reparación por los delitos de terrorismo de Estado de la última dictadura cívico-militar, ha logrado que la noción de patria no pueda ser apropiada por la derecha. Es significativo que ni siquiera el presidente Mauricio Macri pudo pronunciar “patriotismo” en su discurso inaugural de asunción en 2015. Es que, de acuerdo con algunos analistas, la “patria” está asociada al discurso nacional y popular, y específicamente a las políticas del kirchnerismo.

No se trata de hacer una defensa férrea de las políticas peronistas, sino enfatizar en el carácter movimientista inserto en la sociedad para reclamar y organizarse. Incluso en el trabajo colectivo de construir y de cuidar la memoria del pueblo.

Esta característica es quizás el único atisbo de esperanza para evitar el discurso de la muerte. En los últimos años, gracias a las Plazas del 24 de marzo, se ejercitó el músculo social de la memoria que luego evitó el 2×1 a los genocidas; como también para exigir la aparición de Santiago Maldonado; la organización feminista en torno al “Ni una menos y al reclamo por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito.

No es menor que en las últimas movilizaciones sean esos actores los que desde el fascismo expresado en Bolsonaro sean señalados como amenazas a la patria. Tanto los militantes del campo popular, como las víctimas del terrorismo de Estado de los 70’ y las mujeres, hoy se configuran como un nuevo fantasma al deseo del statu-quo del fascismo neoliberal. De los tiempos de “la Patria es el otro” y “La Patria Grande” solo quedan pintadas en paredes descascaradas.

Si se observa como fue procesado el duelo social de los pueblos tras las dictaduras del Cono Sur, es posible distinguir que sólo en Argentina lo político interpeló al Estado para exigir el reconocimiento y la reparación. Por supuesto, no resulta suficiente para evitar la violencia institucional que padecen los sectores más vulnerables, que se fundamenta en la aporofobia, más que en la enarbolada “seguridad”.

En este punto, de lo alcanzado y lo frustrante de lo no resuelto, les trabajadores demandan orden y persecución al que delinque. Las políticas de inclusión son percibidas como cuentos mágicos e imposibles, porque ya no hay lugar para la misericordia y la vida política es reducida a la corrupción. La desconfianza y la sentencia han calado profundo. Todas, todos y todes algo les han quitado o están pronto a serlo. En esa opacidad, la elite teje su dominación.

En ese proceso de atomización, ¿qué es el “nosotros”? ¿qué es, entonces, la patria? ¿qué es aquello que debemos cuidar? En Bolsonaro, se reduce en las tres B: biblia, bala y buey. En Argentina 2018, mientras tanto, no hay conducción que le ponga nombre a aquellos objetos con la eficacia de interpelar a una mayoría. Ni siquiera Cambiemos puede apropiarse del sentido de la Patria. Y por eso, hoy solo queda la disputa.

[1] Doctora en Comunicación (UNLP) y docente universitaria- @cebediaz

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