¿Hacia el empoderamiento popular o una América fascista?

Por Facundo Ariel Pajon[1].

¿El fascismo ha llegado a América Latina? ¿Existe un “sentir” fascista en las nuevas clases medias latinoamericanas? ¿Qué ha sucedido con la representación “popular” de los grandes líderes suramericanos de comienzos del siglo XXI? Los militantes e intelectuales nacional-populares que representan a las grandes masas -o dicen hacerlo- ¿No pudieron anticiparse a estos cambios de preferencia?

Empoderar no es conceptualizar

El discurso homofóbico, xenófobo y fascista que Jair Bolsonaro mantuvo durante su campaña electoral, no le impidió oponerse por más de 10 puntos porcentuales tanto en las elecciones generales como en el ballotage en Brasil. El #EleÑao fue una consigna que quedó refugiada entre los simpatizantes del PT (Partido dos Trabalhadores), que no sólo tuvieron que construir en Fernando Haddad un candidato de “segunda opción” -ante el arresto de Lula Da Silva- sino que además debieron sentar su base de campaña en la diferenciación entre su plataforma política y la de Bolsonaro. Demasiada complejidad.

En Argentina sucede algo similar. De quienes componen actualmente el Gabinete Presidencial, quien ostenta la imagen positiva más alta es la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich[2]. Paradójicamente, no sólo encabeza la lista de los “mejores” ministros, sino que al mismo tiempo figura mencionada entre los “peores” por parte de los detractores del macrismo. Algo similar ocurre con la figura de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, quien a pesar del trágico y evitable fallecimiento de dos docentes (Sandra y Rubén) en la localidad de Moreno -hecho del cual ya se cumplieron 3 meses, sin condena alguna ni responsables señalados por el poder Judicial- lidera las encuestas ante una posible candidatura presidencial en 2019. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿El pueblo perdió la memoria? Vayamos al pasado reciente.

Tras el fin del mandato de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el 10 de diciembre de 2015, cientos de miles de personas se sintieron identificadas con su discurso al sentir que “lo más grande” que el kirchnerismo le había “dado al pueblo” era “el  empoderamiento popular”[3]. Fue así como los “empoderados” comenzaron a copar las plazas, reunirse y debatir sobre las medidas a tomar en un nuevo gobierno, culminando las jornadas con cánticos victoriosos cuál partido de fútbol; el “vamos a volver” resonaba en todas las “plazas del pueblo”.

Más de un 30 por ciento de la población argentina se percibió claramente beneficiada por la política económica y social que se desarrolló en el período 2003-2015. El modelo se sostuvo en tres pilares fundamentales, que hoy en día se encuentran en las antípodas de las medidas adoptadas por el proceso político actual: el desendeudamiento, la reindustrialización y la redistribución del ingreso con salarios dignos. Sin embargo, la ciudadanía empoderada, que se benefició por estas medidas y obtuvo rentabilidades de las mismas para desarrollar un crecimiento personal, profesional e -inclusive- familiar, ascendiendo en la escala económica y social del país; en muchas ocasiones no se ha sentido referenciada -ni identificada- con los conceptos y configuraciones representativas creadas por el kirchnerismo.

Quién haya vivido en estos últimos 18 años en Argentina, no podrá ocultar que el período de mayor bonanza se dió fundamentalmente entre los años 2005 y 2011, mediante un proceso de industrialización por sustitución de importaciones, generación de empleo público, redistribución de la riqueza y fortalecimiento del consumo interno. Dicho proceso, es incuestionable. Y entonces. ¿Qué pasó con el empoderamiento?

A pesar de que no existe una respuesta acabada, es claro que los populismos de izquierda comenzaron a perder cada vez más fuerza. Las demandas cambiaron. Los partidos nacionales y populares, que a comienzos del siglo XXI habían constituido su legitimidad mediante su capacidad de ampliar su representatividad mediante la incorporación de demandas a la agenda de su política pública, hoy las están desconociendo. Los líderes carismáticos, comenzaron a sostenerse en el discurso y la batalla contra el imperio y no supieron identificar -sus militantes tampoco- la distinción entre la batalla comunicacional, el sentido común y las demandas sociales. Para los líderes de América Latina, no fue lo mismo gobernar países en ruina, que países en vías de desarrollo.

La obsesión por entender el cambio del comportamiento de nuestras sociedades ha llevado los militantes e intelectuales de los partidos y movimientos nacional-populares a realizar investigaciones académicas, escribir ensayos, tesis y libros. Las reuniones fueron mermando, al igual que su masividad; y el campo de trabajo también. Las divisiones comenzaron a notarse y los problemas salieron a la luz al punto que, en 2017, tres listas opositoras se fueron encabezadas por ex-dirigentes de la década kirchnerista (Massa, Randazzo y Cristina Fernández). La “división del enemigo” era un hecho. Los “propios” continuaron hablándose entre ellos, ya sin ser cientos, ni miles; sino tan sólo unas decenas.

Sin una militancia crítica; sin intelectuales que rompan el sistema de “importación europea” en los mecanismos y herramientas de análisis y evaluación de los comportamientos sociales; sin una territorialidad evidente en las protestas y los reclamos que los sectores, partidos y movimientos populares dicen representar; el empoderamiento pierde claridad. Se esfuma. Quizás el proceso actual no viva una derechización de la sociedad, quizás tampoco la sociedad sea fascista. Tal vez las preguntas no son las correctas, tal vez las respuestas son definidas de antemano.

[1] Licenciado en Ciencia Política (UNLaM)

[2] https://www.urgente24.com/282667-el-mejor-equipo-en-50-anos-apenas-1-ministro-tiene-imagen-positiva

[3] https://www.youtube.com/watch?v=gpTgqep_8DA

 

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