Fascismo de shopping: balas y moral

Diego Roth y Solange Rosa

El triunfo de Bolsonaro quizás significó el ejemplo más concreto del avance de este fenómeno en nuestra región, al tiempo que echó por tierra aquellas descripciones anémicas que, casi con sesgo “Republicano”, intentaban vincular estos modelos a configuraciones del poder más modernas y democráticas. El flamante presidente de Brasil, construyó su campaña política en torno a dos pilares: “inseguridad” y “corrupción”, su campaña no reparó en metáforas, y en sus spots se vieron escenas de violencia explícita.

Sin embargo, cabe preguntarse si la reaparición en el discurso político de lo que Byung Chul Han denomina componente inmunológico[1] responde a la misma dialéctica de negatividad del siglo XX o se sostiene en otros componentes

En primer lugar, entendemos que estos discursos operan en sociedades distintas de las del siglo XX. Que se encuentran atravesadas por configuraciones neoliberales expresadas en grandes niveles de fragmentación social, producto de esto, se mueven en umbrales de incertidumbre, donde la desconfianza, el miedo y el odio prenden con fuerza.

En este contexto de fragmentación, los discursos derechistas ya no parecen apuntar a la exclusión del otro con el fin de construir identidades sociales (por ejemplo desde la lógica de los regímenes fascistas), sino que sopesan el componente de “efectividad”. Los discursos se dirigen a individuos escindido buscando generar convencimiento y asegurando su voto.

Pero ¿porque estos artilugios discursivos desembocan en la propagación del odio?

Estas estrategias buscan la adhesión inmediata y para ello apelan al sentido común, y en la mayoría de los casos a los prejuicios sociales más arraigados, generando líneas argumentativas simples, que empaquetan verdades listas para ser consumidas. En este tipo de discurso los datos y el debate no tienen peso, porque no se pretende la profundización de las problemáticas tratadas, sino de brindar certidumbre a través de la reafirmación de preconceptos.

En Argentina podemos pensar en ciertas concepciones que fueron utilizadas por el discurso oficialista, tal como la denominación del empleado estatal como “ñoqui”, o del beneficiario de asignaciones sociales como “planero”.

Por otro lado, la inseguridad vehiculiza el componente represivo del discurso. Tal como se expresa en la declaración de la Ministra de seguridad Patricia Bullrich, donde afirmó que  “el que quiera estar armado que ande armado, el que no quiere que no ande armado, Argentina es un país libre”; al tiempo que sostuvo su apoyo al policía Chocobar, acusado por un caso de “gatillo fácil” al haber asesinado a un joven por la espalda, en el marco del robo y apuñalamiento de un turista norteamericano.

En efecto, los ejemplos más claros, son los de “inseguridad” y “corrupción”. La inseguridad recibe un abordaje que sólo asume una respuesta punitiva del problema, quitándole su carácter social, reduciendo su tratamiento a políticas represivas. Otro caso es el discurso anticorrupción que reafirma la idea de la política como una práctica espuria, reforzando la falta de credibilidad en el sistema y sus instituciones. Aquí la discusión sobre modelos de gestión se vacía de contenido político y se somete al tratamiento jurídico y mediático, donde todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario.

En definitiva, las construcciones discursivas de la derecha funcionan simplificando la realidad, generando estructuras dicotómicas atravesadas por lecturas morales, que reducen toda complejidad a las categorías bueno y malo. Así hacen uso de viejos prejuicios que le sirven de latiguillos discursivos desde los cuales reafirman una y otra vez el sentido común.

Aquí se puede identificar una marcada diferencia con la construcción discursiva de los gobiernos populistas, donde la figura del Líder no sólo articula las demandas de forma colectiva sino que, tal como afirma Cecilia Beatriz Diaz, también traduce nuevas demandas buscando generar nuevas configuraciones simbólicas.

Más allá del uso de las nuevas herramientas digitales, las fuerzas conservadoras operan entre los miedos y odios más antiguos de la sociedad, brindando en su discurso verdades ya resueltas, así le dan al sujeto neoliberal una respuesta empaquetada que reduzca un poco su incertidumbre.

[1] El autor denomina paradigma inmunológico al predominante en el siglo XX. El cual se encontraba mediado por una división entre el adentro y el afuera, el amigo y el enemigo, destinada a repeler la negatividad de lo extraño. Este paradigma se caracterizó por un discurso de guerra fría, donde predominaba la lógica de defensa y ataque. Este tipo de paradigma se retrataba como la versión social del modelo de protección inmunológica, propio de las vacunas para el tratamiento de patologías bacterianas.

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