¿Para qué sirven los críticos?

Por Diego Labra[1]

Levanto el guante arrojado no solo porque practique la crítica de cine e historieta de manera amateur, sino porque es una cuestión que vengo masticando desde hace un buen tiempo, tanto desde esta misma praxis, pero más aún como consumidor empedernido de cultura pop desde que tengo uso de razón, en un mundo de industrias culturales globalizadas y en revolución constante.

Una primera manera en que se me ocurre encarar la pregunta es reformularla para cuestionar para qué sirve un crítico. En este sentido, creo que la respuesta es más definida y fácil de consensuar.

En los albores del internet 2.0, cuando estallaban Blogspot y otras plataformas que facilitaban ocupar una parcela de la red, no fueron pocos los que le pusieron fecha de defunción a la crítica profesional (y al periodismo, y a tantas otras cosas). Esa democratización permitiría que todo el mundo publicara su opinión para entrar a la arena de la discusión pública, haciendo de todo el mundo un crítico. Si todo el mundo sería crítico, nadie lo sería.

Sin embargo, un par de décadas después, el resultado fue todo el contrario. Si bien es cierto que internet arde con debates entre críticos amateurs y fans, la crítica de productos culturales aparece como una parte cada vez más importante de los medios profesionales.

Esto se debe a que la abundancia abrumadora de contenido producido en todos los frentes (cuatro o cinco estrenos de cine por semana, cuatro docenas de capítulos de series originales en Netflix, el cable, la televisión abierta, más de una docena de discos nuevos en Spotify cada viernes, quince animes por temporada en Crunchiroll, una avalancha de videojuegos en Steam, etc., etc.), no solo hace imposible consumirlo todo, sino que es hasta imposible probarlo todo para tomar una decisión propia.

Se hace entonces casi necesaria la tarea de alguien que con criterio, informado pero siempre personal, le ponga el foco de la atención a una cosa sobre otra.  Además, en el mundo de las redes sociales, el consumo de cultura pop ha evolucionado a una experiencia continua que se extiende fuera de la sala de cine en reseñas, vlogs, youtubers, discusiones en foros, o hasta notas de crítica cultural como la escrita por el mismo Lioniel Pasteloff.

El lugar del crítico aparece más integrado en el consumo que nunca, ya no solo como un catador o formador de gusto, sino como parte integral de la experiencia del consumo cultural.

Otra forma de pensar el desafío, a mi entender más compleja, es desde el gusto ¿Qué les gusta a los críticos? ¿Es lo mismo que le gusta al público? ¿El público esta unívocamente equivocado por no apreciar lo que los críticos destacan? ¿O son los críticos quienes deben rendirse al juicio final de los consumidores, que hacen un éxito o un fracaso de un producto cultural con su compra?

Hay mucha cancha para discutir la validez del gusto de la crítica profesional. En este caso siempre se saca a relucir la desaprobación casi unánime que sufrieron hoy clásicos 2001 y Resplandor, ambos dirigidos por Stanley Kubrick. Quien además nunca ganó el Oscar, siendo hoy uno de los cineastas más reconocidos de la historia del medio.

Algunas de mis películas favoritas, como La Fuente o Cloud Atlas, tienen puntajes podridos en Rotten Tomatoes. Pero si uno entra al desglose de ese número, encontrará que, si tiene un promedio de 50%, no es porque a todos les pareció mediocre, sino porque a la mitad les pareció casi de 100% y a la otra mitad de 0%.

En este sentido, herramientas como RT o Metacritic son buenas para hacerse una idea sobre consensos generales, más cuantitativos que cualitativos, pero no mucho más que eso. Yo recomiendo encontrar algunos críticos con un gusto afín al propio, lo que puede hacerse viendo su historial de críticos en dichos sitios, y guiarse por ellos más que por un número producto de un algoritmo. Después de todo, y aquí se viene una definición, el gusto no es monolítico.

Todo esto, claro, sin entrar al mundo más académico de la crítica cultural, que particularmente en nuestro país, es esnob y elitista. Basta decir que la televisión nació y murió como medio que dominó el consumo cultural durante cuarenta o cincuenta años y nunca se consolido como tema de estudio, mucho menos como un campo académico. La historieta recién ahora parece estar logrando esto, luego de su revival en la década pasada como un consumo boutique de la clase media con educación superior, pero lejos de tener la centralidad en el consumo y la industria cultural que supo tener a mitad del siglo XX.

Dicho esto, argumentaría que la crítica de cine profesional (y amateur también, porque pocos viven de eso en nuestro país), tiene hoy una actitud muy receptiva hacia la oferta del cine comercial, o “pochoclero”. Ciertamente todavía queda una vieja guardia (pienso en Lafauci haciendo su revista semanal de la cartelera en la radio, comparando las películas de Marvel con el neorrealismo italiano), pero la gran mayoría de quienes escriben hoy son sub 40 que ponen en el centro de su canon a Volver al Futuro.

Esto también es igual o más cierto en USA, donde las listas de fin de año divergen de lo que escoge, por ejemplo, el envejecido y poco diverso jurado del Oscar. No hay pudor en decir que una de Marvel o Pixar está para el top 10, o afirmar sin lugar a dudas que la mejor película del 2015 fue Mad Max: Fury Road. En este sentido, no creo que haya un prejuicio con el entretenimiento popular (no en la acepción local de propio “del pueblo” o las clases bajas, sino en la definición anglosajona de lo pop como aquello popular en el mercado, muy consumido).

¿Entonces dónde está la brecha que señala Pasteloff acerca de Bohemian Rapsody en Rotten Tomatoes? El caso que me dejó perplejo este año fue Venom, spin-off de un villano de Spider-Man, que se ha convertido en un éxito certificado de taquilla que recaudó más que todos los títulos de X-Men,  Wonder Woman, y muchas del MCU, y a mí me pareció una porquería.

Mi juicio negativo no vino porque estoy desconectado del gusto popular, o porque no entiendo el cine de superhéroes (debo haber visto Avengers y Winter Soldier como diez veces). Mi problema con Venom es que simplemente está mal hecha. El guion sufre esquizofrenia, sin decidirse si ser “dark & gritty” como el Caballero Oscuro, o una comedia de enredos, y es incapaz de maridar los dos tonos de manera coherente. A artistas de primera línea como Michelle Williams o Riz Ahmed los pusieron a interpretar personajes bidimensionales. Pero lo peor de todo es que los efectos especiales son malos y hechos a las apuradas, y puestos sobre escenas de acción coreografiadas de manera confusa y sin inspiración, a años luz de lo ofreció este mismo año Misión Imposible 6.

Las críticas a Bohemian Rhapsody también fueron el lado de la factura, elogiando unánimemente la caracterización de Rami Malek como Mercury, y celebrando la pericia técnica de la secuencia del Live Aids, pero lamentando que esos positivos no cuajaron en una película que falla en desarrollar una narrativa visual que potencie la actuación y la escena.

Son entonces estas producciones mediocres en un mercado poblado de producciones de factura impecable, con espectáculos pirotécnicos de superhéroes del nivel de Infinity War, y que hasta se animan hasta a meterse con problemáticas sociales, como Pantera Negra. Por el lado del cine con temática musical, la remake de Nace una Estrella con Lady Gaga fue muy celebrada por todos quien la vieron, solo que no fueron demasiados en nuestro país.

(Ambos casos además prueban un punto interesante. Algunos estudios han probado que los puntajes de Rotten Tomatoes tienen impacto sobre el resultado de una taquilla, sobre todo con espectadores más jóvenes. Otros, dicen que no. Lo cierto es que resulta claro que, como se hizo toda la vida, se puede lograr una gran recaudación en contra de la crítica profesional. Esto es especialmente cierto en nuestro país. Ver toda la carrera cinematográfica de Francella antes del Secreto de sus Ojos, si necesitan ejemplos).

La pregunta entonces es, ¿Qué es lo que quiere el consumidor? Esta es una pregunta difícil de responder, incluso en tiempos de metadatos. Si los mercaderes del cine pudiesen sintetizar una fórmula lo harían. Disney parece ser quien tiene más refinada la receta, y aun así todos los años mete uno o dos fracasos millonarios (este año le toco a Un Viaje en el Tiempo y El Cascanueces y los Cuatro Reinos).

Pasteloff pone el dedo en la llaga cuando habla de la conexión emocional de que el espectador argentino (de clase media de la gran urbe) tiene con Queen como uno de los factores del éxito. Un vínculo que incluso trasciende generaciones, ya que aquí el gusto por el rock se ha pasado de padres a hijos y hasta nietos, cosa que no pasa en el mercado anglosajón donde las guitarras murieron a manos del hip hop.

Mientras que el crítico termina viendo la película de una manera más clínica, como una maquinaria a la que evalúa según que tan bien haga su trabajo (algo inevitable cuando se asiste a tres o cuatro funciones de prensa semanales), el consumidor, y en especial ese espectador casual muy de vez en cuando (la mayoría en un país donde se venden apenas poco más que una entrada per cápita al año), se entrega a la emoción de lo que ve en la pantalla. Una emoción que, como en el caso de Bohemian Rhapsody, puede estar muy informada por su relación con su propia vida y la relación con el objeto que trasciende el film en sí.

Si la reacción del tráiler del remake CGI del Rey León señala el rumbo, entonces el futuro nos depara más producciones basadas en personajes o propiedades intelectuales que los ejecutivos esperan minar para explotar esa relación emotiva. Pataleen lo que pataleen los críticos contra el clima enrarecido de adaptaciones, secuelas, reboots y reversiones. Esto no es patrimonio de Hollywood, como denota la ola local que se viene de series sobre ídolos de antaño despertadas mayormente por el fenómeno de Luismi en Netflix.

 En este sentido, quizás el más cabal en un mundo capitalista, a la pregunta a quién le importan los críticos, los ejecutivos de los grandes estudios responderían: a mí no. Siempre que no afecte la recaudación, claro está.

[1] Profesor en Historia y Doctorando en Ciencias Sociales por la UNLP

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