Chalecos encendidos

Por Cecilia B. Díaz[1]

 

La revuelta en Francia tuvo su corolario en un “ctrl -zeta” del presidente Emmanuel Macron respecto a la aplicación de un impuesto sobre los combustibles. La resistencia en las calles de París superó a la represión, y los banquetes del G20 quedaron lejanos. Sin vislumbrarse un fin del conflicto, los chalecos amarillos empiezan a extenderse en Europa como una reacción a las medidas neoliberales que recortan derechos y ponen en jaque “nuestro” modo de vida.

En la incertidumbre que genera el devenir de un movimiento, conlleva cierta audacia pronosticar el resultado. Por eso, considero relevante pensar en el símbolo del chaleco amarillo que -por el momento- identifica y nominaliza a un grupo heterogéneo de manifestantes, que hoy adquiere un gran protagonismo en la política internacional.

De acuerdo a la prensa, la conformación sociológica de los chalecos amarillos dista de los “indignados” franceses. Se trata de jóvenes obreros, de las periferias urbanas y zonas rurales que han vivenciado el deterioro de los servicios públicos y por ende, de su calidad de vida. El punto estalla cuando la suba de combustibles hace peligrar la posibilidad de trabajar a muchos trabajadores. Lo cierto es que a medida que la multitud crece y gana las calles, es posible vislumbrar una pluralidad de demandas que exceden la dimensión clasista. La bronca se potencia en la visibilidad y viralización en las redes, pero que no alcanza un correlato en la representación política. Es que la crisis de Macron, como cualquiera de signo neoliberal, ataca por la economía y hiere de muerte a la política.

Como un símbolo de la globalización, los chalecos amarillos suelen ser utilizados obligatoriamente por policías, bomberos y el plantel de defensa civil. Esto se debe a que, originalmente, son un tipo de indumentaria oficial para la seguridad vial, de tal forma que las bandas reflectantes y el color fluorescente de la prenda garantizan la protección de los trabajadores cuando los faros los iluminan. En Francia, el chaleco es una obligación hacia los conductores cuando se bajan de los vehículos. Como una trampa de la normativa, aquellas imágenes de “La autopista del Sur” de Julio Córtazar, se nos vuelven una marea fluorescente que no está atascada sino que viene a recordarnos que “el orden” está dislocado.

Este aspecto de exacerbar la visibilidad, los diferencia de otros símbolos asumidos en otras manifestaciones de los excluidos del sistema. Sobre todo, cuando cubrir los rostros y no ser retratado por la policía es la garantía de la continuidad de la revuelta como de la propia vida. Sin embargo, cuando observamos las imágenes televisivas del avance amarillo, la mayoría no oculta su identidad, sino que se enlaza en la posición: “estoy de pie en la calle para protegerme del atropello”.

Desde las experiencias latinoamericanas, es difícil no pensar que un chaleco amarillo configura un blanco fácil para la represión, quizás el punto sea lograr la visibilidad de lo colectivo para diluir las identidades particulares. ¿Esto es una revolución? Es decir, si la demanda es entrar y consumir en el sistema capitalista, ¿es una revolución? Indudablemente, no. Es una revuelta sobre la representación política para configurar la economía. ¿Qué lugar tienen los chalecos amarillos en la democracia? Del devenir de esa pregunta radica la paradoja entre la esperanza por un proceso de democratización popular y el horror de un fascismo europeo -y por ende, imperialista- que ocluya las salidas de una emergencia que nos deje a salvo.

 

[1] Doctora en Comunicación (UNLP)- tw: @cebediaz

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