Sólo NIÑAS, con mayúsculas

Por Vera Casanovas[1]

La respuesta al editorial de La Nación titulado “Niñas madres, con mayúscula” ha sido tal, que hasta propios/as y trabajadores/as del diario han salido a repudiarlo. Desde donde se lo mire, el texto dice a gritos “Medioevo” ¿Y lo peor? Gente que lo apaña, lo celebra, y no le parece una violencia abismal hacer parir a una niña.

 Y es que resguardarse en lo que es “natural” para la mujer y el “instinto de madre, lo que le nace de sus ovarios casi infantiles” es casi como tener un escudo de papel. En ese sentido, es llamativa la manera en que el artículo, en primer lugar y desde un comienzo, ubica como enemigos/as comúnes a los/as “pañuelo verde”, incluso a las propias madres de las niñas madres, mencionándolas como “abuelas abortistas” cuyo, al parecer, único propósito, es el de “arrebatarles” a esas niñas sus niños.

En segundo lugar, la potencia puesta en mencionar a las niñas como “madrazas” pone foco en nombrarlas como mujeres. De este modo, se libra un combate contra “un mal” que refiere a sus madres, las llamadas “abortistas”.

Como si conservar fuera poseer y no más, como si no necesitaran más que su amor, como si desde el primer momento en saber que una niña está embarazada no le fuera arrebatada su niñez, La Nación dice: “Nada importó a estas mamás niñas, salvo conservar a sus hijos”. A esas niñas ya nadie les saca la responsabilidad de una crianza que no siempre es compartida, ni la desesperanza de saber que depende de alguien más para poder solventar gastos, ni la idea de tener que salir a trabajar, de no poder ir al colegio con regularidad o salir con sus amigas siempre que así lo deseen. A menos, claro, que creamos que las condiciones económicas y emocionales de todas las familias son las mismas.

Una apología a la violación, más explícita que implícita, converge y retumba. Pone la piel de gallina de sólo pensarlo. Si hace hincapié en la responsabilidad de las niñas madres, ¿Cuál es la de sus –posibles- violadores?

Incluso si pensáramos en un “sexo consentido” (cuyas comillas deben ser más, muchas más, porque hablamos de menores de edad) ¿Dónde está el padre de ese bebé? ¿O acaso también esas nenas deciden llevar a cabo un embarazo, parir y criar un/a niño/a en soledad?

De cualquier modo, y aunque La Nación intente ampararse más adelante en una educación sexual que debe ser garantizada para que chicos y chicas conozcan sus cuerpos, la inanición y falta de problematización sobre embarazos infantiles remite otra vez al punto nodal de la cuestión: el embarazo infantil es una crueldad. Y no es casualidad que esta nota salga días después de que se le negara un aborto y obligara a parir a una niña en Jujuy. Días después, murió el bebé, y con ello los pañuelos celestes salieron a acusar a quienes resaltamos que la Ley de interrupción voluntaria del embarazo es condición sine qua non para una Ley de Educación Sexual Integral.

Por supuesto que no queremos más niñas embarazadas, por supuesto que creemos en la idealidad de que la implementación de la Ley de Educación Sexual sacuda y borre las cifras de embarazos infantiles y no deseados, pero las posibilidades no son iguales para todos/as, los condicionantes no son sólo sexo consentido, con placer y protección.

El aborto seguirá existiendo, y mientras tanto, La Nación se creerá con la potestad de sacar un Editorial que naturalice lo que no es natural, que ubique las palabras de niñas embarazadas como aquellas que deben respetarse, pero que a la hora de hablar de niños/as vulnerables a un Estado y una realidad cruel y hostil, pueda decir con total impunidad que se debe bajar la edad de imputabilidad.

Ser sólo niñas no es un reduccionismo, es una metáfora a todo lo que implica serlo: jugar, conocer, y asumir a veces responsabilidades no tan acordes a la edad pero sí a la realidad, que deben ir disminuyendo para que toda niña sea sólo niña, nunca madre.

[1] Lic. en Comunicación Social

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