¿Íbamos a ser Venezuela?

Por Emiliano Delucchi [1]

Primero que nada, es necesario remarcar que la crisis venezolana no es el destino de una determinada forma de gobierno, sino que constituye un entramado complejo en el que están presentes factores económicos estructurales, malas decisiones gubernamentales, un estado que históricamente ha carecido de instituciones fuertes y una presión imperialista mucho más importante que la que sufre el cono sur.

Esta aclaración es importante, ya que desde la oposición al chavismo señalan que el colapso se debió a las políticas sociales llevadas adelante por el país caribeño, que no fueron otra cosa más que utilizar parte de la renta petrolera para garantizar un piso de dignidad mínimo a su población, históricamente postergada. Que las mayorías alcancen un nivel de vida aceptable de ninguna manera constituye una “fiesta populista” o un despilfarro de recursos, ni debería ser algo imposible de garantizar para la nación con mayores reservas de crudo del planeta.

En esa línea se inscriben también los numerosos ataques que se hacen en Argentina contra la gestión de gobierno anterior, a la que se acusa principalmente de haber dilapidado una situación externa favorable por medio de un gasto excesivo, que ahora estaríamos pagando. Sin embargo, hay argumentos que permiten sostener que las diferencias entre los dos países eran (y son) demasiado grandes como para asegurar un desenlace equivalente.

Diferencias y similitudes en la estructura económica

Es fundamental señalar que los términos de intercambio no fueron tan favorables para los países agroexportadores como para los que centraban sus ventas al exterior en minerales e hidrocarburos. Además, si bien hubo en la argentina un proceso de sojización y aumento en la dependencia de la oleaginosa para obtener divisas, la industrialización de nuestro país durante el siglo XX (1930 – 1975) permitió mantener unas exportaciones relativamente diversificadas en comparación a la república bolivariana.

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Como se observa, la presencia de bienes primarios se mantuvo durante el período 2003 – 2015 en torno al 50% de las exportaciones nacionales. Este porcentaje no deja de ser preocupante y la tarea de la diversificación, que permita no depender tanto del precio de commodities que nuestro país no puede fijar, debe ser fundamental para cualquier gobierno. Sin embargo, la situación todavía permite ciertos márgenes de maniobra ante situaciones adversas.

Sin embargo, la situación de Venezuela es mucho menos favorable, ya que no solo era muy delicada en 1999, año en el que Hugo Chávez ganó las elecciones, sino que se volvió cada vez más explosiva con el correr de las últimas décadas, al punto que las exportaciones de hidrocarburos ya superaban el 80% del total en 2015.

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Así, el andamiaje de un estado que en sus últimos años solamente era viable con un precio del barril de crudo a más de 100 dólares, se vio demasiado golpeado por una reducción del valor de su principal (casi único) producto de venta, que luego de haber cerrado el año 2014 en USD 96, bajó a casi la mitad en 2015, para finalmente cotizar tan solo USD 26 en el año 2016, provocando prácticamente el colapso total de la estructura económica venezolana.

Como si esto fuera poco, también existen claras diferencias tanto en los destinos de exportación de Argentina y Venezuela, como en su evolución durante las últimas décadas. En 2003 nuestro país dividió sus exportaciones en tercios entre América Latina, Europa/Asia y América del norte/resto del mundo, y si bien para 2015 el incremento del comercio con Asia fue importante (sucedió en casi todos los países del mundo, debido al enorme crecimiento económico de oriente) no alcanzó a superar el 25% de las compras totales, por lo que la estructura de exportaciones se mantuvo prácticamente en tercios, con la diferencia de que Europa fue desplazada como segundo socio comercial.

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En Venezuela las cosas son totalmente diferentes, principalmente porque un solo país, EEUU, aparece como principal comprador histórico de la nación caribeña: absorbió, casi sin excepción, más del 50% de las exportaciones anuales desde 1970 hasta ahora, con picos que superaron el 60% en la primera década de este siglo.

A pesar de que la diversificación siempre estuvo en los planes de Hugo Chávez, quién conocía los riesgos de la dependencia que ocasiona vender un solo producto a un solo comprador, el porcentaje de ventas, que era 53% en 1999, recién comenzó a reducirse luego de que en 2014 cayeran los precios del petróleo y aumentaran las tensiones con EE.UU. Así, Venezuela se vio obligada a buscar nuevos destinos de exportación para compensar una reducción del flujo comercial con su principal socio equivalente al 20%, que fue absorbida parcialmente por China e India. [2]

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En cuanto a las importaciones, el cuadro es similar, aunque menos dramático para el país que hoy preside Nicolás Maduro. Por el lado de Argentina, se mantuvo una estructura importadora relativamente diversificada, con leve dependencia de Brasil (nunca mayor al 32%) que fue reduciéndose a lo largo de las últimas dos décadas en las que fue parcialmente desplazada por China (que pasó del menos del 5% en 2003 a casi 18% en 2016)

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Por otra parte, Venezuela tiene y tuvo como principal fuente de importaciones a la potencia del norte, de la que obtuvo el 38% de sus compras en 1999, nivel que se mantuvo sin demasiados sobresaltos durante casi 20 años, hasta situarse en el 34% en 2016. En este caso, también puede apreciarse el avance exportador de China (que, como mencionamos, se dio a nivel global), desde donde Venezuela obtuvo el 16% de sus importaciones en 2016 luego de haber representado tan solo el 1%  de las compras en 1999.

Es fundamental resaltar la situación de riesgo que supone que el principal socio comercial de un país subdesarrollado, pero sobre todo principal comprador de su casi único producto generador de divisas, sea al mismo tiempo un enemigo ideológico y la mayor potencia militar del planeta. También cabe indagar que tipo de relaciones hubo entre el auge económico Venezolano post-Chavez y la enorme cantidad de petróleo que  EE.UU compró al país caribeño (en promedio 25 mil millones de dólares anuales durante 19 años) para sostener tanto su industria local como su política  exterior imperialista.

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Diferencias en modelos políticos e institucionales

Si bien no es el objetivo de este artículo, a las diferencias en las matrices productivas de cada país deben sumarse otras, tanto institucionales como geopolíticas. En cuanto a las primeras, nuestro país ha sabido construir instituciones democráticas sólidas (aunque con carencias) y con fuerte consenso de todo el arco político desde la recuperación de la democracia en 1983. Estas permitieron que aún durante la peor crisis de la historia argentina en 2001, los mecanismos institucionales prevalecieran a la hora de la transición de gobierno.

Por otra parte, en Venezuela las instituciones creadas por el chavismo fueron un mix complejo entre republicanas y socialistas y, reforma constitucional mediante, convivieron con las instituciones liberales burguesas preexistentes. Posteriormente, el estado dirigista y “socio” de una incipiente burguesía nacional propio del primer gobierno de Chávez mutó hacia uno compulsivamente expropiador. Esto llevó a que el rumbo  político y económico (aunque con fuerte apoyo hasta la muerte de Chávez) careciera de un consenso sólido por una parte claramente mayoritaria de la población, tensión que se profundizó claramente durante el proceso liderado por Nicolás Maduro.

Esto provocó que ante la mayor crisis social y económica de su historia moderna, el sistema político crujiera a la hora de implementar una transición de gobierno pacífica, que pudiese aglutinar instituciones de la democracia liberal burguesa al tiempo que se llevaba adelante un programa económico ya de claro corte socialista, similar a los implementados en el siglo XX .

A esto se le suma que el gobierno de Maduro ha optado por recostarse demasiado sobre el ejército, otorgando los únicos negocios viables a un puñado de generales cuya capacidad para ocupar el rol de dirigencia económica (o empresariado nacional) es bastante cuestionada. Una situación como esta es totalmente inimaginable en un país como Argentina, donde ha quedado claro que el ejército no está capacitado para llevar adelante los asuntos políticos y económicos.

Diferencias en torno a las relaciones con el imperialismo

Por otra parte, y aunque no constituye el motivo principal del colapso venezolano, no puede soslayarse el interés de EEUU y buena parte de sus grandes empresas sobre el petróleo del país Caribeño. La frase pronunciada por el secretario de guerra de Eisenhower y ex CEO de General Motors, Charles Wilson: “Los intereses de la General Motors son los intereses de EEUU” sigue teniendo validez si el nombre del gigante automotriz es reemplazado por Exxon-Mobil (su gerente, Rex Tillerson, es secretario de estado de Trump) Chevron o Texaco. También sigue reflejando la inquebrantable sociedad entre el gran empresariado estadounidense y la política exterior imperialista de ese país.

Finalmente, la puja político y económica global no debe tapar la cuestión en torno a la diversificación productiva, necesaria para cualquier país que busque alcanzar el desarrollo. En este sentido, muchas veces los recursos naturales suelen ser una trampa, ya que existe la creencia de que la apropiación de su rentabilidad es condición necesaria y suficiente para alcanzar el bienestar. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la renta de las materias primas suele ser insuficiente para sostener a toda la población, por lo que resulta fundamental la creación de capacidades tecnológicas locales, que dinamicen la economía y robustezcan la posición autónoma de los estados en el mapa mundial.

 

 

[1] Lic. en comunicación social (UNLaM)

[2]Si bien los datos aún están incompletos, las exportaciones venezolanas hacia EEUU aumentaron entre 2016 y 2018 a pesar de la profundización de la crisis.

*Todos los gráficos extraidos de: http://atlas.cid.harvard.edu/

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