Desromantizar para saber amar

Por Vera Casanovas[1]

El mensaje por “San Valentín” de la Casa Rosada es, probablemente, bien intencionado, quizá sin reparar en un análisis más profundo sobre exponer a Romeo y Julieta como dos figuras emblemáticas del “amor”.

Un mensaje que deja por fuera de la representación a gays, lesbianas, trans, travestis y toda otra identidad disidente, aunque quizás ese no sea el foco de la cuestión esta vez. Por supuesto que podrían haber utilizado otras fotos, otro formato para dar el mensaje, pero si nos centramos sólo en el mensaje sobre amor que brinda y no tanto en las identidades allí expuestas (hombre-mujer), es posible hacer varias críticas.

El objetivo central no es defenestrar la intencionalidad, sino desenmascarar una representación cultural y política sobre los modos de pensar al amor, para empezar a pensar en este de una manera más sana y más consciente.

En primer lugar, la de seguir hablando del amor romántico, que es salvaguarda de muertes, penas, toxicidad, posesión. La representación emblemática esta allí, en Romeo y Julieta, junto a los condimentos típicos de la historia de la época, y expresado bajo el eje central, que son las diferencias insalvables entre dos familias. Amor, desesperación, dolor, clases sociales, competencia, veneno, muerte.

Comprender al amor fuera del discurso “romántico” no implica creer que todo amor es hermoso, ni que recae en la falta de conflictos. Bajo el tópico “El amor no duele” hemos comprendido que la toxicidad no es sinónimo de amor, que los golpes no deben ser aceptados, que la posesión y los celos son una salida direccionada hacia el dolor y la falta de libertad. Pero comprender todo esto (que no es poco, y que tampoco es fácil) no implica dejar de pensar al amor como sinónimo de “no dolor”.

A veces, el amor duele. Dejando por fuera de esta acepción todo eso que el feminismo ha contribuido para dejar de naturalizar la toxicidad (y que tan importante y valioso es), lo que quiero decir acá es que el amor no siempre es hermoso. A veces duele porque no hay reciprocidad (o habría quizá que pensar ¿Sigue siendo amor a pesar de no ser recíproco?), a veces cuesta porque amar es aceptar, ceder, acordar, conflictuar (repito, siempre dentro de lo que se establece como sano).

Y por supuesto que el amor debe ser hermoso también, pero no en todo momento lo es, no siempre funciona como las películas románticas lo pintan. En algunos momentos, son historias de amor a pesar del amor que no se da. Se convierten, se reconstruyen, vuelven a empezar.

De amor con unx mismx (que no es igual al narcisismo), de amor hacia unxs otrxs que no son pareja. De amor en una multiplicidad de sentidos.

Por eso, si el sentido de “San Valentín” -que, dicho sea de paso, retoma una tradición extranjera y que este gobierno ha sabido expresar no sólo cultural sino políticamente y a través de acuerdos (más graves que retomar tradiciones)- es la de festejar el amor, entonces empecemos también a repensar el amor.
Como símbolo político y cultural, como posicionamiento frente al mundo, como bandera frente a los embates.

Reconfiguremos y aceptemos que hay maneras de amor más diversas que la monogamia, que la reciprocidad debe ser eje en la configuración de toda relación, que el amor a veces duele pero no como nos ha enseñado el machismo (con violencia física, psicológica, toxicidad, posesión, etc), sino como respuesta a ser diferentes, a no compredernos siempre, a tener que acordar de qué modo queremos construir esos vínculos para que sean SANOS.

Y que San Valentín, el día de los enamorados, y cualquier otro día, sea una excusa más para repensar qué esperamos del amor, qué relaciones creamos, que posibilidades fuera de lo que creemos que hay, existen para que el amor exista.

Que estar “solxs” nos encuentre disfrutando, pensando y porqué no doliéndonos, no de manera incesante y tortuosa, sino porque a través del dolor, y queriendo salir de él, es que nos ayudamos y ayudamos al otre a construir a través del amor.

Que la compañía acompañe, valga la redundancia, porque estar solxs no tiene que ver sólo con la soledad física ¿Cuántas veces se ha escuchado decir a conocidxs que es preferible estar solx a mal acompañadxs?

Que el amor nos cuide, nos contenga, nos permita ser y repensar nuestras prácticas. Que el feminismo nos encuentre, o nosotrxs encontremos al feminismo desandando cada práctica. Porque en una sociedad en la que la afectividad cuesta tanto, amar es revolucionario.

La modernidad vulnera los vínculos y los arrastra hacia la inmediatez. Y la romantización no nos permite ver que bajo el velo de un supuesto amor, se encuentra la tragedia, como en Romeo y Julieta. Que amar lo fugaz tiene un tinte pintorezco, pero quien no se queda, quien no repiensa, quien no se cuestiona, quien no concibe al amor de manera política, puede culminar su historia como lxs jóvenes Capuleto y  Montesco: rápido. Intrépidamente, quizá, pero con un dolor que no debe ser, que no debemos permitir que permanezca.

El desafío no es romper todo, sino pensar desde lo que ya está vigente. Aceptar lo diverso, considerar lo distinto, asociar al amor con un contexto hostil que mueve cada parte de nuestra cotidianeidad proponiendo hastío, falta de interés, que concibe que todo lo rápido funciona mejor, y que pretende eliminar todo conflicto.

El conflicto debe estar, y hay que salir de él también. Hay que construir desde lo bueno y desde lo malo.

Hay que dejar de ser Romeos y Julietas.

Hay que ser más nosotrxs.

[1] Lic. en Comunicación Social.

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