La mediatización de “los excesos”

Por Vera Casanovas[1]

Los títulos circulan y dicen: “¿Quién era Natacha Jaitt?” o “Excesos, prostitución, demandas”. Las preguntas de los medios de comunicación son siempre las mismas: ¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Cómo se vestía? ¿Con quiénes andaba? Los interrogantes utilizados para hablar sobre la muerte de Natacha Jaitt parecen más bien ser una suerte de juicio moral que un verdadero deseo por desenmascarar el precipitoso fallecimiento.

Lo cierto es que la vida mediática de Jaitt dio rienda suelta para que el tratamiento de las noticias diera un sinfín de cosas que hablar. Y (casi) ninguna de ellas resulta positiva. Por supuesto, se puede o no estar de acuerdo con la vida que llevaba, con sus modos de decir lo que decía, pero ello no debería tener que habilitar a que su muerte se exhibiera como si se tratara de la serie de televisión de la noche. Y menos que menos, deslegitimar sus palabras bajo el moralismo.

Los juicios de valor son variados: que tomaba merca, que tuvo un pasado como “prostituta VIP”, que era una “roba cámaras”. Si bien no todos los dichos de Natacha Jaitt expuestos sin recelos en televisión podrán (probablemente) ser develados, hay que reconocer su coraje de mencionarlos ¿Acaso hay muchas personas que hablen sobre trata de personas y violaciones de menores en los ambientes futbolísticos?

Mientras la justicia se toma sus licencias para expedirse sobre el tema, Clarín publica artículos que parecen tener devoción por el tema (sacaron alrededor de 18 –sí DIECIOCHO- notas abordando la temática) y que son titulados de una manera muy cruel y desconsiderada. Quizá la peor nota sea “Los últimos días de Natacha Jaitt: una máquina de denunciar obsesionada con los abusos en el fútbol”, que remite en la mente de más de unx a aquel titular por la muerte de Melina Romero: “Una fanática de los boliches que abandonó el colegio”. Mismo modus operandi, misma manera de deslegitimar su ¿vida? Y legitimar las razones de su muerte.

El machismo en su máximo esplendor, como no podía ser menos. Como se ve, la noche, las drogas, el ser “trola” legitima una muerte. Asimismo, el “fanatismo”, la “obsesión” y el ser una “máquina de denunciar” no pueden ser más que una muerte asegurada y, de modo implícito (o bastante explícito), hasta deseada por el conservadurismo.

Otra vez, la muerte de una mujer (como tantas otras) normalizando, justificando y avalando el tratamiento de las noticias acerca de sus vidas privadas. Vidas fuera de la moral, vidas de excesos, vidas de libertad, con aciertos y desaciertos, pero vidas al fin. Y por supuesto, el tratamiento mediático que a lo largo de la vida de Jaitt, disparó frases muy comunes como “Está loca”, “exagerada”. Verdad o no lo que ella dijera, otra vez, deslegitimado bajo algo que las mujeres ya conocemos muy bien.

La autopsia ya salió a la luz y se dijo que Natacha no mostraba signos de violencia y que murió por un ACV causado por el consumo desmedido de cocaína. Cierto o no, no inhabilitan a seguir investigando sobre los sucesos escalofriantes que la vedette y conductora expuso en televisión a lo largo de todo este tiempo ¿O acaso el discurso deslegitimador no podría avalar a todo un sector, a lxs más poderosxs, a seguir en el juego sin que nadie lo note?

Pero no, la mirada va allí, a la foto que Luís Ventura viralizó sobre el cuerpo desnudo de Natacha Jaitt. Un cuerpo. Desnudo y muerto ¿Qué clase de cinismo es ese? Fuera quien fuera Natacha, gustara o no, su muerte debe ser, al menos, un momento de paz para sus familiares y allegados. Pero la exposición sigue.

Natacha Jaitt pudo hablar de trata de personas diciendo con honra que fue trabajadora sexual. Pudo hablar de su problema con las drogas aún consumiéndolas. Pudo exponer violencia de género y relucir con nombre y apellido un sector entongado y/o parte de clubes futbolísticos de las inferiores los abusos y violaciones allí cometidas. Natacha tenía una vida muy mediática, y parece que su muerte no es la excepción. No es justificación, es simplemente, lo que las personas creen que pueden hacer hasta con una muerte. Como si siempre, todo el tiempo, todo, diera exactamente igual.

[1] Lic. en Comunicación Social

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