El #8M y un grupo de mujeres del Italiano que avanza

Por Julia Moretti[1]

—Nunca me imaginé ser tantas saliendo desde el hospital, pasando por acá afuera —dice Gisela, una de las integrantes de GAGES, el Grupo Autogestionado de Género y Salud en el Hospital Italiano de Buenos Aires (HIBA) y el Instituto Universitario del Hospital Italiano (IUHI).

El grupo comenzó llamándose “Mujeres del Italiano”, un espacio autoconvocado integrado por mujeres trabajadoras del HIBA y el IUHI que se reunían una vez por mes para intercambiar opiniones sobre salud, género, feminidades y disidencias. Con el paso de los meses, mutó a “Género y Salud”, para incluir otras identidades. En cada encuentro se compartían -y se siguen compartiendo- experiencias, ideas y propuestas que afectan tanto la vida cotidiana como la laboral.

Cuando fui a la primera de esas reuniones, en el SUM de Medicina Familiar del HIBA, las sillas estaban colocadas en forma de ronda. Nos presentamos brevemente y me dispuse a escuchar: ya estaba en marcha la I Jornada de Género y Salud. Después de algunos permisos y presentaciones institucionales, el 7 de diciembre de 2018 se llevó a cabo el evento que de algún modo fue una forma de decir “estamos acá, estas somos” y de tratar temas que incumbían tanto a profesionales de la salud como a otros trabajadores. Además, participaron figuras reconocidas del feminismo como Diana Maffía y Claudia Piñeiro, la escritora que participó en los debates por la legalización del aborto, entre médicas y médicos del HIBA.

A partir de allí, surgió y se consolidó GAGES, integrado por una heterogeneidad de mujeres que quizá no se conocen los apellidos entre sí, pero que no interesa conocerlos tampoco. Pedagogas, educadoras, médicas pediatras, de familia, bioquímicas, investigadoras, comunicadoras sociales, antropólogas, sociólogas, cirujanas, enfermeras y otras profesionales reunidas en un espacio intrahospitalario que, todavía, continúa sumergido en un sistema de salud clasificador, binario, asocial y ahistórico. Contra esa marea va GAGES.

Desde dónde partimos

La cita fue a las 15 horas en Potosí y King, a metros del instituto universitario y del hospital; un punto de encuentro cómodo para todas las trabajadoras. El día empezó relajado: recibimos las remeras que encargamos para la marcha que en el frente tiene el logo de GAGES y, detrás, el lema: Grupo Autogestionado de Género y Salud en el Italiano. Para la hora del encuentro antes de la marcha, algunas ya estaban bastante intervenidas con varios tijeretazos para hacerlas más cómodas y fieles al estilo de cada una. En la última reunión se había consensuado no hacer paro, pero sí utilizar algún momento de la mañana para reflexionar y calmar la ansiedad previa a la marcha, que ya se estaba haciendo notar en el grupo de Whatsapp desde la noche anterior.

Los mates y bizcochitos corrían y, mientras. algunas de nosotras estábamos con las rodillas en el piso escribiendo frases en cartulinas y cartones: “Oíd el ruido de rotas cadenas”, “Porque nos mueve el deseo y el orgullo de incomodarlo todo”. También recordamos a Marcela Coronel, enfermera del Hospital Italiano asesinada por su marido Gabriel Guevara y su cuñado, Pablo Guevara, en mayo de 2018. Ambos se encontraban en prisión preventiva.

Moretti Marcela Coronel

Después de terminar de pintar los carteles, ponernos glitter y sacarnos fotos, estábamos preparadas. Éramos 37 mujeres -incluida Vera, una bebé de 9 meses- en dirección hacia la estación de subte Medrano, de la línea B, para ir hasta Carlos Pellegrini y allí acoplarnos a la marcha que iniciaba en Congreso.

El Obelisco era un gran punto de encuentro, sobre todo de las adolescentes y jóvenes que esperaban listas con sus carteles, pañuelos y las caras llenas de brillantina. En el medio, decenas de vendedores ofrecían pañuelos verdes, naranjas, fucsias contra el maltrato animal y de colores e insignias algo desvirtuadas y descontextualizadas.

Intentando no perder a ninguna en el camino, fuimos hasta Avenida de Mayo y Lima, a seis cuadras de Plaza de Mayo, donde culminaba la marcha. Comenzaron a aparecer las ofertas gastronómicas que aportaban un olor distintivo: parrillas con hamburguesas y choripanes; tuppers con salsa criolla y picante y conservadoras con agua, gaseosas y cerveza.

Nos mantuvimos juntas, charlando, sacando fotos a los carteles que nos gustaban y mirando lo que pasaba alrededor nuestro mientras esperábamos a que la marcha empezara. La hora prevista era a las 17, pero media hora más tarde todavía no había indicios de que comenzara. Cerca de nosotras, un grupo numeroso de mujeres vestidas de rojo empezaban a moverse lentamente; la cadera para un lado, para el otro, los brazos, la cabeza y el pelo suelto acompañaban. Mezcladas entre ellas, otras tocaban bombos y redoblantes armando una especie de murga que invitaba a bailar con ellas; empezamos a movernos despacio nosotras, aplaudiendo, haciéndola bailar y jugando con Vera que estaba en brazos de su mamá.

—¡¡¡A la Iglesia Católica Apostólica Romanaaaa, le decimos que se nos da la ganaaaa de ser putas, travestis y lesbianas!!!

Los cantos feministas empezaron a hacerse escuchar y se sumaron a un clima de alegría, bailes, fotos y risas. Cada #8M y cada marcha es así. Aunque estemos reclamando que dejen de matarnos; pidiendo por cada amiga y compañera que el patriarcado nos arrebató; soberanía, autonomía y decisión sobre nuestros cuerpos, el ambiente es de alegría, tiene brillo, música, cerveza y baile. Como dijo Emma Goldman, anarquista y feminista rusa: “Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa”.

Allá, todavía un poco lejos, sobre Avenida de Mayo, podía verse la bandera de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito que, minutos después, veríamos pasar frente a nosotras con Nelly Minyersky y otras compañeras sosteniéndola, marchando como hace más de 30 años.

Hacia dónde vamos

La marcha fue lenta, tranquila. Llevábamos bien en alto el cartel con el nombre de GAGES y durante el recorrido algunas mujeres frenaron a compañeras para sacarles fotos a las remeras y felicitarnos. El logo no es conocido -todavía- y parecía que llamaba la atención un grupo de género dentro del Hospital Italiano de Buenos Aires.

Caminamos y compartíamos entre nosotras los carteles con las frases con las que nos sentíamos más identificadas: “Por un feminismo del goce”, conocida línea de Luciana Peker que hace alusión a su último libro Putita Golosa, “La violación vino antes que la minifalda”, “Yo también me defendería como Higui”, “Niñas, no madres” y “Sin trans, travas, nbs (no binaries) y putxs, tu feminismo es fascista”. Este año se generó una gran controversia dentro del movimiento feminista con el intento de vuelta al biologicismo por parte de la rama radical TERF (Feminismo Radical Trans Excluyente) que pretendía excluir a las identidades trans de este 3er Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Trans y Travestis. A pesar de sus esfuerzos transfóbicos, en la primera asamblea previa a la marcha, se decidió que estas identidades diversas sí participarían del #8M. Como si tuviéramos que decidir nosotras si las mujeres trans, uno de los colectivos diversos más oprimidos y que sufre más violencia, tienen derecho a marchar por sus derechos.

Para el 8 de marzo de 2018, el grupo de mujeres del Hospital Italiano y del instituto universitario marchó, pero no como este año, con una identidad y líneas de acción más consolidadas y, vale recalcar: con una Jornada de Salud y Género organizada dentro del hospital.

De aquí en adelante, la tarea es apostar a seguir discutiendo sobre lo que nos pasa a las trabajadoras de la institución, a desnaturalizar prácticas y a construir vínculos profesionales respetuosos e igualitarios.

Pero no todo tiene que quedar en el debate, en la charla de compañera a compañera en círculo y a la reflexión de nuestras prácticas y experiencias. En pocos meses es el cuarto #NiUnaMenos y hay que prepararnos para volver a salir a las calles.

[1] Licenciada en Comunicación Social (UNLP) – Periodista.

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