¿Qué hacer con la Memoria Snapchat?

Por Cristian Secul Giusti[1]

En esta actualidad neoliberal, los acontecimientos políticos y sociales se encuentran atravesados por un tamiz de memoria coyuntural que resulta breve y veloz. En esa trama de recorrido volátil, los hechos se diluyen en el tránsito de los días, las noticias falsas se instalan con poder en un lapso de tiempo determinado, las emociones ganan terreno en las redes sociales (la indignación, el odio y la bronca copan siempre el espacio) y los sucesos entendidos de un modo trascendental, se convierten en eventos aislados tan sólo dos o tres días después.

Este proceso de Memoria Snapchat y de estética millennial, tiene una duración corta y sólo obtiene valorización en un único momento (que puede extenderse o no a lo largo de las horas). Su producción central es funcional al olvido y es también un mecanismo que contribuye a la confusión, el ocultamiento de información, el engaño como estrategia para consagrar la dependencia económica, el montaje de nociones de convivencia democrática que creíamos saldadas y/o debates que parecían consensuadamente cerrados.

La alianza Cambiemos, desde su discurso de novedad y “política Siglo XXI”, se sirvió de esa memoria para venderse como un espacio con trayectoria inédita, aireada y cubierta por renovadas capas. A partir de ese combo, forjó un discurso que tuvo como referencia a la inmediatez de la comunicación y el impacto correspondiente de las declaraciones: rimbombantes, enlazadas con eslóganes y con una mirada quirúrgica sobre la brevedad de los textos.

La desmemoria potenciada por la fugacidad de las experiencias sociales actuales y la profundización emocional del discurso anti-kirchnerista/anti-peronista permitió que el macrismo avance con su paquete anti-derechos. Desde ese plano, las iniciativas de Cambiemos habilitaron la reaparición del Fondo Monetario Internacional (FMI) en la política económica del país, la reiteración de la flexibilización laboral como camino de “mejora” del empleo, el repudio a los sindicatos o escrache a sindicalistas, la demonización del consumo como un problema heredado del “populismo”, la sumisión con Estados Unidos y la motorización de la bicicleta financiera, por citar solo algunos ejemplos.

Ante esto, la alternativa nacional y popular no debería perder de vista que el proceso de “memoria corta” se encuentra en vigencia y en franco avance en una cultura contemporánea que se sumerge en lo efímero cada vez más rápido. Si bien se evidencia un hartazgo in crescendo en sectores que anteriormente fueron aliados del macrismo y se advierte un análisis que crítica el control de la inflación y del dólar por parte de los adalides de la tecnocracia, no se debe dejar de lado que la política actual, mediada por redes sociales, medios ligeros y discursos que no tienen una atención extendida, necesita contemplar esa instancia de “olvido” o recuerdo asimilado como historia de Instagram.

Quizás una opción posible sea no dar por sentado que el electorado recuerda todo tal cual lo pensamos. Y si bien hay significantes potentes que a lo largo del tiempo se han enraizado fuerte desde la recuperación de la democracia (Educación Pública, Terrorismo de Estado, Guerra de Malvinas), cabe señalar que no son conceptos blindados y que son plausibles de quedar empantanados en las operaciones de “memoria corta”.

Por esta razón, resulta clave no apelar únicamente al pasado como modo de contraatacar los discursos macristas ni tampoco entrar en zonas de largas explicaciones sobre el desendeudamiento realizado durante el kirchnerismo, la puesta en acción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, o el enfrentamiento contra los fondos buitres, por citar tres ejemplos.

Estos hechos, trascendentales, enormes y sumamente importantes para la historia de la soberanía nacional y la construcción de un fortalecimiento democrático no impactan tanto en las conciencias como pensamos. A la hora de participar en una contienda electoral, estos datos no deberían jugar un papel central y sólo tendrían que aparecer como argumentos luego de haber generado la atención necesaria en los interlocutores. Esto no quiere decir que no sean sucesos importantes -insisto-, sino que al momento de la estrategia discursiva, se debe producir un nuevo relato que los incorpore como algo nuevo, como una posible política a poner en ejecución a futuro.

Si la idea es sumar votantes, fisurar el discurso de Cambiemos y provocar un cambio de timón, es necesario postular un horizonte de recuperación política y proponer un discurso de futuro -de salida próxima-. Por tanto, el relato se debe hacer desde la novedad y la apuesta planificada -aunque hayan sido iniciativas políticas realizadas previamente-. Se trata de constituir una narración, de apelar a un nuevo modo de explicación que, con más celeridad y abreviatura, construya una posibilidad de refundación, contemplando las coordenadas de esa desmemoria intempestiva y vitalizada que transita el panorama político en esta época.

[1] Doctor en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP)

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