Se fue todo a la mierda

Por Emiliano Delucchi[1]

Hace poco más de un año, el economista y ex-presidente del Banco Nación, Carlos Melconián, advertía mediante las declaraciones rimbombantes que lo caracterizan: “Ojo porque se puede ir todo a la mierda”, en referencia a que el modelo económico – financiero que Cambiemos estaba llevando adelante tenía cada vez menos posibilidades de salir airoso.

Pocos meses después, una devaluación de casi 100% en un trimestre obligó a una suba de tasas irracional (llegó al 74%), lo que dañó gravemente al mercado interno, combinando una caída estrepitosa del salario real con la imposibilidad de financiamiento a costos razonables en todos los sectores de la economía.

Aún en ese escenario, el gobierno confiaba que la caída del salario en dólares fomentaría las exportaciones y reduciría el déficit turístico, lo que efectivamente ocurrió pero de ninguna manera en los niveles esperados, ya que el error de cálculo radicó en subestimar la importancia del mercado local en la estructura productiva nacional.

El resultado: una durísima caída en el uso de la capacidad instalada industrial, crisis en las PYMEs de todos los sectores, que se trasladó a las grandes cadenas alimenticias e incluso a gigantes del sector como Arcor (cerró 2018 con balance negativo, situación que solo había ocurrido en 2002) y Molino Cañuelas, empresa casi centenaria que tiene una deuda millonaria en dólares, por la que Banco Macro, entre otros, pidió su quiebra.

Populismo Financiero

Ante un panorama desolador y constante caída de la imagen positiva presidencial, desde Cambiemos negocian a contrarreloj la posibilidad de poder utilizar parte de los 10 mil millones de dólares que el FMI liberará a fin de mes para mantener el dólar en torno a los 40 pesos y contener (al menos hasta fin de año) una espiral inflacionaria. Para lograr esta concesión, el gobierno se basa en que durante el primer trimestre de este año se consiguió superávit primario, lo que no pasaba desde 2012.

La ventaja para el gobierno es que, contrariamente a lo que parte de la oposición viene anunciando desde 2015, no habrá explosión social, y esto debe ser comprendido por los principales dirigentes que disputarán la presidencia al candidato oficialista. El daño económico es irreversible en el corto plazo, la industria está al borde del colapso y el poder de compra del salario se ha derrumbado. La degradación de la economía argentina no es una amenaza a futuro, sino la realidad de nuestros días.

La estrategia de aguantar hasta las elecciones, aún dilapidando una millonada para sostener un tipo de cambio ficticio, lo que traerá graves perjuicios para el país en en futuro cercano. Por otra parte y dejando de lado estos parches de contingencia, la fuga de capitales en la era Cambiemos alcanza los 60 mil millones de dólares (aproximadamente el equivalente a todas las reservas del central) y si bien el déficit financiero es mejor al de igual periodo de 2018, aumentará el próximo año.

La situación argentina actual, en donde la baja de tasas de interés traería como contrapartida la disparada del dólar, sugiere que el abandono del “cepo cambiario” por parte de la dirigencia actual solamente tuvo lugar en el relato, ya que el costo de mantener un mercado cambiario libre ha sido el colapso de la economía nacional debido a la fijación de una tasa incompatible con cualquier tipo de emprendimiento productivo.

Contrariamente a lo esgrimido desde el gobierno, la lluvia de dólares nunca llegó, por lo que la economía argentina continúa carente de suficientes divisas extranjeras como para estabilizarse. De esta manera, aún en el año 2019 seguimos mirando hacia arriba y rezando para que el clima acompañe y una próxima “supercosecha” nos dé una vida más.

En última instancia, el proyecto económico que inició el macrismo en 2015 está terminado, y solo depende de cuanto quieran estirar su agonía los centros financieros mundiales. Sin embargo, esto no vale para su proyecto político, que continúa con serias posibilidades de superar las elecciones presidenciales de octubre y mantenerse por cuatro años más.

Esto sucede porque Cambiemos está logrando con relativo éxito tres objetivos. El primero es co-responsabilizar al gobierno anterior del desastre económico y que, así como buena parte del electorado en 2003 entendía que el menemismo tenía tanta incidencia en la crisis de 2001 como el Delarruismo, este año las mayorías voten considerando que el Kirchnerismo es tanto o más culpable de la situación actual que el macrismo. El segundo es llevar el debate hacia aristas en donde la opinión popular esté alineada con el discurso oficial: seguridad, inmigración y minorías. Finalmente, y aunque estratégicamente no forma parte de los discursos oficiales, el gobierno destina una enorme cantidad de fondos para contener a los sectores más postergados y evitar un estallido social mediante diversos planes sociales.

Independientemente del resultado, el próximo gobierno deberá afrontar una situación de suma gravedad, donde no bastará un cambio de rumbo para recuperar los niveles de consumo ya no de 2015, sino de 2017, sobre todo porque el daño que se le ha causado al sector productivo (y cada mes se profundiza más) requerirá de una recuperación prolongada aún con un cambio radical de política económica.

[1] Lic. en Comunicación Social (UNLaM)

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