Fake News: la era del ñandú

Por Cristian Secul Giusti[1]

En 1987 el cineasta argentino Carlos Sorín presentó La Era del Ñandú, un mediometraje que evidencia sarcásticamente la manipulación ejercida por los medios de comunicación sobre el público y expone los recorridos falsos que suelen tener los informes de los noticieros o las reseñas periodísticas.

Aunque minúsculo y de circulación poco relevante, el film logró insertarse como crítica en un período ochentoso, con medios de comunicación incipientes y una tímida, pero potente llegada de la televisión por cable. En un contexto de crisis alfonsinista y de consolidación mundial del neoliberalismo triunfante a inicios de la década del 90, este falso documental -guionado por un muy joven Alan Pauls- subraya la constancia de las falsas noticias, relacionadas con la exageración y la proliferación de emociones, sensaciones y confusiones a partir de una mediatización masiva.

El relato ficcional del film se centra en un descubrimiento científico realizado en los años 60, vinculado a una sustancia proveniente de los huevos del ñandú que permitía retardar el envejecimiento. Esta droga, denominada Bio-K2 y de popularidad inusitada durante la década beatle, se convirtió en una estrella de la época por su factor milagroso y por la amplificación de la televisión, los diarios y las radios que abordaban todos los aspectos del tema.

De hecho, a partir de la difusión de esta droga y la amplificación de la propaganda del ñandú, el propio animal comenzó a tener una devoción nunca antes vista y hasta consiguió seguidores fanatizados. Así, los envíos televisivos construyeron informes extensos sobre el Bio-K2 y hasta uno de los canales de aire tomó partido a favor de los efectos de la droga (que ya contaba con una canción de celebración).

La incertidumbre mayor la generaba el creador de la Bio-K2, el doctor Kurtz, un ignoto científico, desconocido, silencioso, que los medios se encargaron de tomar como referencia. En la misma línea, los testimonios de algunos especialistas se hicieron presentes como citas de autoridad: un sociólogo, un endocrinólogo, una periodista, un camarógrafo (dispuesto a encontrar una foto de Kurtz) e incluso a un hombre que de espaldas cuenta su participación en el mercado negro de la Bio-K2. En otro orden, se exhibieron las declaraciones de la “gente” fascinada por la droga y sus consecuencias favorables.

De un modo sagaz, La Era del Ñandú cuenta una historia plagada de sucesos que no ocurrieron, pero que se dan cita a menudo en los medios argentinos: la creación de una noticia, un acontecimiento que cubre las tapas de los diarios, que rellenan la agenda de los programas de televisión y de las radios para pronto perder vigencia y ser reemplazado por otro evento.

En el film se observa cómo los medios divulgan una información reiteradamente, hasta el hartazgo y tratando de buscar todos los recursos periodísticos (o no) para que el tema no termine de un día para el otro. Si bien hay una diferencia notable con la actualidad de hiper-mediatización, es posible ver la idiosincrasia periodística-empresarial imperante de la primicia, la amplificación y la constante exacerbación de hechos, más allá de su veracidad o no. En este sentido, se crean expectativas en los espectadores, se fundan mitos y se agregan tintes misteriosos.

El interés del público, como se aprecia en el ilusorio documental, resulta atractivo y receptivo si se postulan historias inexplicables e intrigantes que dan rienda suelta a la imaginación. La precisión del falso sociólogo Salo Pasik es clave para entender esto. Con una organización escenográfica seria y monocorde, el especialista sostiene que el rumor cobra relevancia porque cumple ciertas condiciones: primero tiene que provenir de una fuente más o menos autorizada, como por ejemplo, los farmacéuticos; segundo la información novedosa, pero al mismo tiempo tiene que ser verosímil para que la gente pueda creerlo y tercer y principal, “este rumor, esta información tiene que concernir directamente a la vida de la gente”.

Para el apócrifo Pasik, el rol de los especialistas en esos ámbitos obtiene relevancia por su incidencia en la vida de las personas: le aportan credibilidad a la noticia porque es “nueva” o, para regocijo de los medios, inédita –aunque, sea real o no-.

En función de esto, vale pensar que, tal vez, el cineasta Sorín pretendió señalar un antecedente de lo que se vivía en los 80 y de la manipulación informativa que se vivirá después. El contexto de los 60 le permite hablar de un despertar mediático y masivo. Asimismo, le sirve como escenario para criticar las condiciones de la sobre-información en el mundo de la comunicación y puntualizar en la mentira, la exageración y la profundización de falacias como motor determinante de la persuasión social.

[1] Doctor en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP)

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