Un vestido para la memoria

Por Laura Scrimini*

Vuelvo a casa caminando de una reunión. Yo quisiera llamarla “reunión importante”, por lo que significaría acerca de confección de vestidos, pero no puedo nombrarla así, no todavía. Me vine con un vestido cómodo, veraniego, apto para esta ocasión.

Mientras camino, voy pensando en todas esas cosas que una no tiene tiempo de pensar dentro de casa o del trabajo. Voy volando mentalmente, aunque siempre me digan “ibas seria”, y caigo en cuenta de la tela de mi vestido…

Hace cerca de 10 años entró al que era mi local una señora menuda, Doña Poluica de Sarco Perez. En la misma casa antigua del consultorio de mi padre yo me las arreglé para ser okupa “con papeles”. Ella entró desde la puerta que conectaba con el consultorio y dijo: “Hola mija, ¿qué tal? Soy paciente de tu padre y te quería consultar algo”.

Nos sentamos en el silloncito elegante, como dos viejas de boutique. Y sacó un paquetito, lo abrió y me mostró: “Tengo estas dos telitas, son ‘cortes’ que no usé pero están nuevos. Es que no paso por un buen momento, ¿te servirían a vos?”.

Creo que justo entró mi viejo, o él la introdujo – no recuerdo – y me la presentó bien. “¿Sabés quién es ella? Ella es la mamá de David Sarco Perez, un joven que desaparecieron en Córdoba, durante la Dictadura. Fijate, que te quiere mostrar algo”, dijo. Y se fue.

Nosotras continuamos, y yo ya entendía de qué iba el nostálgico asunto. Quedamos en que servirían, claro, ¡cómo no! Y luego de comprárselas y saludarnos, no la volví a ver más.

La verdad, es que solo una me gustaba. No sé qué hice con la otra (debe andar en los 30 años de telas que junto) y con esta me hice el vestidito estilo marinero. Realmente, me vino de diez cuando quedé embarazada las dos veces, porque no ajustaba en cintura. Y para amamantar era práctico también. “Joya”, como dicen los porteños. Lo gasté usando, como a todo lo que tengo. Estudié esto porque así jugaba de niña (jamás a ser la mamá) y nunca me gustaba lo que encontraba. Tampoco tenía padres que hicieran viajes a Europa para conseguir joyitas. Así que este me salió, al menos, bijou.

En tanto camino recordándola, me acuerdo que ayer nos saludamos en el Facebook con Ana, hermana de otro joven desaparecido, con madre entrañable también. Ella me ayudó un tiempo en ese local, además. Me salta el lagrimón. Ineludible. Ya es usual en tiempos macristas. Y es que las dos murieron sin encontrar los restos de sus hijos… ¡Mierda!

Mientras voy llegando a casa, paso por ese que era mi primer local, una cuadra antes de la casa a la que nos mudamos. Qué ironía triste: como la actualidad, como nuestra industria textil, como todos esos derechos por los que murieron tantos jóvenes, se ve deteriorado. Los nuevos dueños nos apuraron a salir, diciendo que construirían apenas nos vayamos. De eso, pasaron ya 8 años. Ni yo, que cargué los trapos, me acordaba hace cuánto. Todo me parece ayer. Y la casa sigue ahí, pero casi destruída. Pensar que fue el primer local con onda Palermo Soho en Santiago… y mirala ahora, pobrecita.

Los nuevos dueños mintieron… Qué buena analogía para la situación nacional actual, ¿no? Yo sigo cerca, pero ni ellos hicieron gran cosa (la casa se ve así, lamentable), ni yo volví a tener el éxito de ventas que tuve en ese lugar. Ahí parí lo mejor. Mis primeros hijos, los vestidos de adolescencia y mi mejor creación de estilo, la más grande: Juan Lorenzo, el rubio brillante y popular, bailarín de taller y piquetero infantil.

Cuando temo desplomarme enfrente de ese símbolo hondo de mi vida, recuerdo que salgo de una reunión en el Ministerio de trabajo, llamada por la Dirección de Género de la provincia, junto a otras mujeres de organizaciones interesadas en que las mujeres en situación de vulnerabilidad se formen para salir adelante.

Entonces, pienso que no puedo desplomarme. Yo no. Yo tuve padres, tuve educación, tuve posibilidades.

Esas madres nunca las tuvieron. Ninguna.

No tuvieron un juicio para sus hijos, no tuvieron ni idea dónde estaban, no pudieron despedirlos, ni sanar las torturas que les aplicaban, ni salvarlos y huir, ni velarlos, ni enterrarlos. Ni siquiera encontrar sus restos. Y se fueron así, sin nada.

Y llega otro Marzo, luego de esos crímenes atroces, la tortura, el asesinato, el arrojar gente viva al mar… y están ahora estas madres que, como advirtió Rodolfo Walsh, están siendo víctimas de una nueva miseria planificada, que tortura y mata a muchísimas más personas que los 30 mil desaparecidos.

Marzo es nostálgico.

El 15 cumpliría 5 años mi Aurelio, el bebé que partió a días de nacer. Pero el 15 también yo cumplo 5 años de la sobrevida que él me dejó ese día de colapso. Todas somos madres de alguien o algo.

Yo, al menos, supe qué pasó. O sea… NO, yo no puedo derrumbarme con esta casa. Tengo y tenemos que salir con muchxs, madres, no madres, hombres, mujeres, gays, trans -¡quien sea!- a hacer algo.

Me acomodo un poco y avanzo hasta mi hogar. En la esquina, pasan unos changos y me dicen desde el auto “Dejá de hacerte la linda!…” (que changos culiaos, dirían los changos).

Y así… En medio de recuerdos y muertes, siempre hay algo que, al fin, te saca una sonrisa.

Al llegar, retomaré mis costuras después de dos años sin ganas. Supe que nuestro gremio estuvo en la 9 de julio hace días.

Es que la lucha continúa.

Y nosotras nunca damos puntada sin hijo.

 

* Ex bailarina clásica santiagueña, diseñadora de indumentaria y textil (UBA), viajera solitaria, lectora intermitente y madre presente. Iniciada en periodismo. Una busca más de Argentina a la que le gusta escribir desde niña.

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