The chilean way

Por Cristopher Cardarelli[1] y Emiliano Delucchi[2]

En dos conferencias pronunciadas entre 2011 y 2014 en La escuela de gobierno de Harvard y el London School of economics and politic science respectivamente, el presidente chileno Sebastián Piñera expuso lo que a su entender era la vía chilena hacia el desarrollo económico, cuyo objetivo final (de improbable éxito a estas alturas) es el de eliminar la pobreza e indigencia para 2020, y la transformación del país andino en el primer estado desarrollado de Sudamérica.

En la hora y media que duran ambos discursos, el presidente sostiene que en este nuevo siglo, han caído los muros este/oeste y norte/sur, que mantenían dividida a la humanidad, y que en el mundo globalizado Chile llegó tarde a la industrialización, pero no a la revolución de la información y el conocimiento. La idea es acertada, sobre todo porque la evidencia demuestra que algunos países, sobre todo los que tienen pocos habitantes y abundantes recursos naturales, pueden alcanzar el desarrollo sin la necesidad de un modelo de industrialización típico del siglo XX.

Naciones como Noruega, Nueva Zelanda o Australia, han alcanzado un elevado nivel de desarrollo y bienestar, con modelos que combinan estratégicamente el libre mercado y un estado fuerte. Además, sus economías se basan en la extracción y explotación de recursos naturales. Los defensores del modelo chileno aseguran que el estado trasandino se encuentra en el mismo camino, y atribuyen el mérito (por adelantado) a las políticas de libre mercado, que lo llevaron a tener tratados de libre comercio con más de 58 naciones en las que, según Piñera, vive el 80% de la población mundial.

El camino al éxito

En un principio, los números de Chile justificaban el optimismo que Piñera exhibió en sus conferencias hace 5 años, principalmente porque el crecimiento económico promedió el  5% anual a partir de 1987, y  fue acompañado de una constante reducción de la pobreza y la indigencia. Según el presidente, la performance estaba sostenida en cinco pilares: el cambio educativo, la inclusión financiera en una economía social de mercado, triplicar inversión en ciencia y tecnología, la mayor igualdad de oportunidades y finalmente la revolución de infraestructura.

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Sin embargo, un lustro después pocos de esos pilares se han consolidado. La pobreza sigue siendo alta para los estándares de la OCDE, la revolución de infraestructuras tecnológicas no ha tenido lugar, la mayor igualdad de oportunidades no se ha materializado en una reducción considerable del índice de GINI, por lo que el modelo basado en la exportación de minerales y los mercados abiertos parece haber alcanzado un techo.

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El gráfico en cuestión demuestra la tendencia a la baja, sostenida y con mayor celeridad, de la pobreza en el caso chileno sobre el latinoamericano.

Para comprender el funcionamiento del modelo Chileno es necesario un seguimiento de sus exportaciones desde los años 60, cuando casi el 90% de la totalidad de las ventas al exterior se basaban en los minerales, en su mayoría sin refinar. A partir de mediados de los 70 comenzó un proceso de diversificación primarizado, donde la minería cedió lugar a la industria alimenticia e incluso a los servicios. Sin embargo, la incorporación de valor agregado a las exportaciones se vio obstaculizada por la aparición de China en el mercado global de materias primas.

Irrupción de China y reprimarización.

Para 2002, Chile llevaba 15 años ininterrumpidos de crecimiento económico y había logrado una relativa diversificación exportadora, cuyo dato más sorprendente era la participación histórica del sector servicios, que alcanzó casi 20% sobre el total. Este proceso debió enfrentarse al auge de la economía china, que comenzó a demandar productos de todos los países en vías de desarrollo, en su mayoría de escaso o nulo valor agregado.
Las compras chinas a Chile pasaron de representar el 2% del total en 1996, a 8% en 2006 y 28% en 2016. En promedio, el 90% fueron minerales. Esta transformación no afectó solo al país trasandino, sino que resultó extensiva a todos los países en vías de desarrollo, que sufrieron una tendencia a la reprimarización de sus exportaciones luego de la explosión económica China, que constituyó el proceso de expansión económica más importante desde la revolución industrial.

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El despliegue gigante asiático produjo cambios de casi todas las economías en vías de desarrollo. Los chinos compran mucho, pero adquieren principalmente bienes primarios, lo que provoca una situación particular en América Latina. La región resulta favorecida en los términos de intercambio, ya que todas las materias primas elevaron sus precios, pero aumentan las dificultades para exportar bienes con mayor valor agregado, sobre todo hacia este nuevo socio, que se caracteriza por producir mucho y barato.

Finalmente, países donde la distribución de los recursos es tan desigual, el proceso robusteció a la capacidad económica de las oligarquías locales, aumentando su poder interno de negociación, gracias a la necesidad de los estados de apropiarse de los ingresos provenientes del auge de los commodities.

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Elaboración propia. Fuente: OEC, Observatorio de Complejidad Económica

Si bien es cierto que Chile mejoró muchos de sus indicadores, incluso sus capacidades tecnológicas, también lo es que no pudo generar un proyecto productivo – tecnológico local que le otorgara el estatus de país desarrollado. Por el contrario, la inversión en investigación y desarrollo sigue siendo baja (0,35% del PBI) y se mantiene la dependencia de la exportación de una escueta canasta de productos, con bajo valor agregado, pero que lleva décadas ganando espacio en el comercio mundial, lo que genera interrogantes sobre la estabilidad que tendría la economía en un ciclo a la baja de los bienes exportables.

¿Un modelo chileno para la Argentina?

Innumerables veces se ha sugerido que Chile debía ser el norte para nuestro país. Sin embargo, las realidades de ambas naciones no son livianamente equiparables. Un indicador importante es la representatividad de las exportaciones sobre el Producto Bruto Interno (PBI), que en Chile alcanza el 24% y difiere de otros países de la región (Argentina 8%, Brasil 11%, Colombia 12,5%, Uruguay 15%). En este sentido, cabe destacar el rol protagónico del cobre en dos aspectos: Chile es el mayor productor mundial de cobre y es propietario del recurso a través de la empresa CODELCO.

En Chile se da una situación bastante particular y casi imposible de replicar en nuestro país:  CODELCO genera, por sí misma, alrededor del 10% del cobre mundial, al tiempo que es responsable, mediante exportaciones, de 1 de cada 4 dólares que ingresan en la economía chilena. Por ende, los éxitos parciales del modelo no parecen depender exclusivamente de la apertura comercial, sino de la administración estatal sobre un recurso estratégico y demandado globalmente. Esta situación no puede ser extrapolable a la economía argentina, muy competitiva en bienes agrarios, pero con menos incidencia a nivel global, y donde la soja está altamente concentrada en pocas manos privadas.

También es necesario aclarar que no hay una diferencia radical entre el nivel de vida de Argentina y Chile, aunque sí es cierto que tomando los últimos 20 años, todos los índices sociales evolucionaron mejor en el país vecino. De todas formas, ambas naciones cuentan con niveles de indigencia, pobreza y PBI per cápita similares, aunque la reciente crisis local haya resentido algunos índices. Según mediciones, la pobreza multidimensional se ubica en 20% en Chile, mientras que alcanza al 32% en Argentina, ambos lejos de los estándares del mundo desarrollado.

Asimismo, resulta relevante evaluar la diferencia poblacional, ya que en nuestro país hay el doble de habitantes que en Chile, y la riqueza natural per cápita es menor. En ese sentido, el peso del empleo industrial en la estructura laboral argentina es mucho más grande que el chileno, por lo que profundizar un modelo basado en recursos naturales traería un aumento considerable de la desocupación, que ya es alta. Entonces, un modelo sin industria local y basado en la importación de casi todos los bienes de consumo sostenida en la exportación de 3 o 4 productos primarios (con propiedad estatal sobre el más relevante) parece no ser razonable para una nación con más de 40 millones de personas donde la industria aporta más de 30 puntos del PBI.

En cuanto a los índices que señalan mayor o menor desigualdad, el caso chileno presenta un proceso de mejora constante mientras que Argentina ofrece un periodo extendido de altibajos. Así y todo, continúa presentando un cuadro considerablemente mejor que el chileno (Índice de Gini: 40.63 vs 46.59). Además, la brecha de ingresos entre los diferentes tipos de actores del mercado laboral es menor que en el país trasandino.

Daniel Schteingart
Cuadro de Daniel Schteingart

A fin de cuentas, Chile y Argentina presentan grandes diferencias desde sus estructuras productivas hasta la composición de su sociedad en el aspecto socio-económico y en el aspecto laboral. Pero una característica importante que diferencia a un país del otro es la posesión por parte del Estado de un recurso clave con capacidad de apalancar la economía del país. Argentina no cuenta a día de hoy con ese recurso monopolizado por el Estado, la soja está en manos privadas y el viraje al petróleo con la estatización de buena parte de YPF (51%) resulta ser reciente. Este es un punto que Chile lo tiene resuelto hace nada más y nada menos que 40 años.

 

[1] Lic. en Ciencia Política (UNLaM)

[2] Lic. en Comunicación Social (UNLaM)

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