Los bombos, el puente y el carnaval siguen siendo nuestros

Por Erica Ferreyra[i]

Las arterias de una ciudad no desierta, repletas de una masa que no circula, son espacio de encuentro. De festejo, de aguante y de marcha. Hay un bombo marcando el ritmo, acompañando gritos. El desborde de la calle que nació para ser curso es la respuesta a todo discurso oficial, de etiqueta y mentira donde siempre “Violencia es mentir”. Esas palabras que amplifican y justifican los medios están impresas en los cuerpos que faltos (de alegría, de sustento, de calma) pero no ausentes se agitan en una marcha, en el corso y en la cancha. Ya lo sabemos, todo cuerpo es político y en la calle hace política. Fogonazos de desobediencia, arrebatos de goce en los movimientos de la murga, en las parodias de carnaval, en agitar la valla de la cancha y agitarsela en la cara a la cana. Gestos de rebelión, movimiento que perturba porque no avanza al ritmo rutinario. Y es el bombo el que mueve a ese cuerpo social espontáneo que solo se verá reunido por un par de horas cortando el flujo, perturbando el silencio que asfixia, haciendo humo de llanta y bengala a Buenos Aires.

Y los bombos van sonando, las trompetas también.

Dirigen los pasos. Orientan el aguante y se pierden entre los trapos. Los bombos son la dirigencia del fútbol en la cancha. Quien hincha (molesta, también) no hincha solo. La hinchada es un colectivo que aguanta. Y en ese gesto se teje una comunión fugaz, se agrieta el espacio y los otros, los no-nosotros quedan enfrente. El bombo de guerra que acompaña la disputa guía a la masa sedienta de una emoción que la despierte de la mirada nublada por el afuera de la cancha (el nubarrón de pálidas, de realidades oscuras que se agazapan para saltarnos a la yugular bajo sintéticos y sutiles nombres: desempleo, crisis, inestabilidad, tristeza).

La quietud ahí, así, entre la seducción del crepitar de los bombos es un imposible. La popular se agita, es la clase media oscilante y la trabajadora del aguante. Ese agite afiebrado se opone a tres espacios de confrontación posibles: la policia, la hinchada de enfrente y la platea. La popular, los bombos y el agite se oponen a los aparatos represivos de un Estado omnipresente, a los colores, los trapos y el opositor del momento y con su conciencia de clase a quienes sentados espectan porque nada los urge ni los desespera. El espectáculo es una realidad soñada que dura dos tiempos de 60 minutos y alargues.

Con los bombos y las banderas ya comienza el carnaval.

Un escenario en el medio de la calle. Un par de baños químicos (si hay). Latas de colores apiladas en cementerios de espuma. Los autos no pasan, los bondis no avanzan. Es domingo, o lunes o martes. Carnaval en el barrio. El corso es la trinchera donde la alegría no es solo brasilera y nada tiene que ver con aquella otra alegría de la Revolución que estalló y sigue incinerando todo.

No hay tribuna ni estratos. Al carnaval lo copa un agite popular que suena a cumbia y a bombos. En la pasarela y entre vallas desfila la diversidad sexual, parches verdes, edades y una misma clase. Es la síntesis de conquistas ganadas en la calle, festejadas en cuatro días de jolgorio callejero en un febrero que trajo de todo menos vacaciones.

Si hay escenario, hay discurso. Y ahí la palabra es el bombo lacerante que marca el ritmo de una generación nueva que usa “E” para desarmar binarismos, nos recuerda que “se va a caer” y sintetiza en MMLYQTP la repulsión a las políticas de hambruna neoliberal.

Ya vas a ver, ya vas a ver, las balas que vos tiraste van a volver.

En la actual temporada alta de revueltas se acumulan balas de goma, gases lacrimógenos y palos que “van a volver”. Las manifestaciones populares, las marchas de una masa autoconvocada o nucleada en agrupaciones de militancia son hoy esa otra trinchera de refugio donde se despliegan banderas, se hacen vibrar parches y se provoca (porque sí, provocar es un grito de sinceridad, un escupitajo a la careta del razonar la necesidad y embellecer la urgencia y la carencia). A esa marcha también la marca un bombo. La fuerza de avance, un ritmo repetitivo y latente que  remite a lo tribal. Sin complejidad musical, es el instrumento crudo que reúne las respuestas a la crudeza: gritos, marcha, las venas de la ciudad colapsadas y el Puente Pueyrredón cortado. El Puente es acceso y salida, escenario de lucha popular cuando lo toman por asalto las banderas y los pasos; y escenario de un flujo de autos y colectivos que lo cruzan a diario para acceder al imaginario epicentro de los laburos estables, con jubilación y obra social. Porque el hedor de Buenos Aires sigue siendo “la grasa de Capital”.

En un video que circula en Youtube se reúnen las tres trincheras: “El PEPO las balas que vos tiraste van a volver”. La canción está atravesada por un clima de agite popular que al ritmo de la cumbia reúne la actitud del carnaval y tiene sus versiones de cancha y de marcha:

“Hay una cosa que sólo le pido a Dios

que el rojo vaya conmigo hasta el cajón.

y vayas a donde vayas

yo voy con vos”

………………………………..

“Ay policia que vida elegiste voooos

verdugear a la gente es tu vocación,

matar a la gente pobre es tu profesión

y así brindarle a los ricos la protección

ya vas a ver las balas que vos tiraste van a volver”

Formándonos en el arte de ser parte del coro y de las marchas.

[i] Nació en Sarandí, Avellaneda, y escribe desde ahí. Desde las impresiones de niña proletaria que se doctoran en instituciones siempre públicas: Escuela Normal Superior Próspero Alemandri (ENSPA) y Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Cree que cualquier excusa es un escrito en potencia; entonces escribe ensayos, crónicas y coberturas de lo que venga y adonde vaya.

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