25 años sin Kurt Cobain

Por Cristian Secul Giusti *

Escuchar Nirvana no es fácil. Quiero decir, es simple, le das play y listo, pero el asunto no queda ahí. Nirvana tiene un después, un envolvente embrujo que retumba a partir del acorde y el rugido de Kurt Cobain. El sonido, la letra, el tono de voz, el aullido, todo cuaja. Y aunque también desencaje y enfurezca, la música nirvanera es un presente continuo y un ardor constante.

Si nos focalizados en su función dentro de la industria cultural, podemos entender que son canciones sueltas o agrupadas dentro de una escena corporativa abrasiva y panóptica. Ahora bien, si agudizamos un poco más la mirada, vemos una estallido artístico y, sobre todo, una puesta en común de lava eléctrica centralizada en la figura de Kurt Cobain, atormentado de sentido por excelencia.

Ahí está la belleza y la autenticidad esencial de Nirvana y, si se me permite, del ADN neurálgico de la cultura rock: la poética de riesgo. Y entiendo que no todo es transgresión dentro del rock, que hay algunas concesiones y contradicciones, no lo discuto, pero en Cobain no hay simpatías, ni decoros ni tibiezas grandilocuentes.

Nirvana es esa banda que explotó en 1991 con la salida de Nevermind (su segundo disco) y que copó las radios y la tele con el ultra hit “Smells like teen spirit”. Es una de las agrupaciones más conocidas del mundo y también es una gran bola de acople sangrando al mando de Cobain. Sus giros se ven en cada canción, su estado de ánimo sobresale en las estrofas y su vida está expuesta en los estribillos.

En Nirvana -y en Kurt-, todo sube y baja, se hunde y sale a flote con el más mínimo esfuerzo. La obra del grupo es, en sí, la vida misma. No es un “si sucede, conviene” de superficialidad neoliberal. Es, más bien, un corolario de interrogantes ¿Por qué carajo sucede lo que sucede? ¿Por qué me tiene que convenir lo que no quiero que me convenga? ¿Por qué a vos te parece que me tiene que convenir algo que no quiero?

Así son todos las preguntas que subyacen las canciones de Cobain, su presencia escénica y su disposición testimonial no deja lugar al vacío, más allá de su vacío existencial. No hay espacio sin reflexión en Kurt. Se puede ver en las entrevistas o en los pasajes de las líricas -casi siempre surrealistas, raras, dolorosas, al borde del quiebre-.

Si se atiende entonces ese tránsito dislocador de la vida, se comprende que tener a Cobain en el oído es complejo, pero no menos maravilloso. A mí me enseñó más que cualquier libro. Me genera odio que se haya muerto a los 27 -en 1994- y que yo sea más grande que él. También me da bronca que siempre haya sido un pibe y que yo lo viera como un tipo adulto, con la vida cuasi realizada -su participación dentro de la escena rock mundial duró solo seis años-. Aún así, no me caben dudas de su capacidad de maduración, y de su potente estética de jovencito brillante.

Hoy, muy a mí pesar, se cumplen 25 años de su partida y de su salida explosiva de la tierra. Sin dudas, dejó un legado que se descubre en cada jornada y en cada patada contra la pared o trompada contra el vidrio. Fue un tipo más que necesario, no solo por su fructífero y efectivo ir a los cadenazos, sino porque siempre supo ver la matrix de la sociedad antes de tiempo.

*Doctor en Comunicación – Docente (FPyCS-UNLP)

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