Mansplaining del mansplaining

Por Julia Moretti[1]

El domingo 7 de abril, La Nación publicó una nota titulada “Mansplaining: el tipo de explicación que reduce a las mujeres”, escrita por Nicolás Artusi. Las repercusiones no tardaron en llegar a Twitter: “Por suerte, la nota la escribe un hombre. Así entendemos bien”, “Es como una mamushka del mansplaining” dijeron algunos usuarios y usuarias.

En el artículo, el mansplaining está definido por el diccionario de Oxford: “Dícese de la actitud de un hombre que explica algo a alguien, normalmente una mujer, de un modo condescendiente o paternalista”. Proviene de las palabras en inglés “man” (hombre) y el verbo “to explain” (explicar). El mansplaining aparece en aquellas situaciones en las que un varón interrumpe a una mujer para explicar lo que ella misma está explicando cuando nadie le pidió que lo hiciera. Esta acción no es azarosa ni se da de casualidad; es parte de la confianza que se les imparte de pequeños: ellos pueden ser y hacerlo todo, inclusive cuando no son expertos ni saben sobre el tema y, más aún: cuando la persona que sí lo es y sí sabe, es una mujer.

Principalmente, la nota es sobre Rebecca Solnit, una autora que escribió sobre machismo y mansplaining después de ir a una fiesta en la que un tipo empezó a hablarle sin respiro de un libro que ella misma había escrito y que él ni siquiera había leído. De allí surgió Los hombres me explican cosas, una compilación de ensayos que hablan sobre el explícito silenciamiento de las mujeres.

La nota es corta y hace alusión más que nada al trabajo de Solnit, recuperando frases de ella y sumando una lista de sus mejores trabajos. Sin embargo, el mansplaining sigue siendo una problemática que perjudica a las mujeres y la nota está escrita por un hombre. No estaría mal tampoco que a Nicolás Artusi le haya interesado la temática y, particularmente, el trabajo de la escritora, pero hace ruido que los varones sigan explayándose sobre aspectos que atañen a un género que no es el suyo. Si la nota quería -o debía- escribirla él, podría haber hecho un mea culpa o una reflexión más profunda sobre por qué se da esa necesidad en los varones de tener que acotar y opinar sobre lo que dicen y hacen las mujeres.

Planteándolo desde otro punto de vista, tampoco está mal que los varones se inicien en el camino de la deconstrucción de sus privilegios al hablar de estas cuestiones, pero ¿qué ocurre cuando una mujer quiere hablar sobre fútbol, deportes, liderazgo o cualquier otro tema asociado socialmente al hombre, si es que logra que le den el espacio para hacerlo? Difícilmente se la tome en serio y alguien, alrededor de ella, probablemente un varón, va a querer corregirla y callarla.

¿Es para tanto?

Sí, el mansplaining es para tanto. El término fue elegido como una de las palabras del año 2010 según el New York Times y es una forma de micromachismo arraigada en nuestra sociedad; es de aquellas pequeñas -y no tanto- actitudes y acciones que demuestran que la desigualdad entre los géneros todavía persiste. Aún hay situaciones en las que se evidencia que la palabra de las mujeres vale menos que la de los hombres y donde la credibilidad difícilmente se asocia a ellas.

Tal como le pasó a Rebecca Solnit, los casos abundan. En 2016, una astronauta de la NASA, Jessica Meir twitteó un video con un experimento sobre el hervor espontáneo del agua en el espacio. Al instante, un usuario quiso retrucarle la teoría con argumentos de física sin saber que ella se encontraba, en ese momento, realizando el experimento en el espacio exterior. Después de recibir repudios por su actitud machista, desde la comodidad de su casa, tuvo que cerrar su cuenta de Twitter. Esto demuestra que aunque seamos científicas, astronautas, gerentas de una empresa o de la profesión que sea, nuestros conocimientos y habilidades van a seguir siendo puestos en duda sólo por ser mujeres.

Por otro lado, en una investigación de las universidades de Brigham Young y Princeton, se estipula que los hombres hablan tres veces más que las mujeres en el trabajo. Y, si prestamos atención, los varones suelen hablar en un tono de voz más elevado también. ¿Por qué? Podríamos decir que no hay por qué, pero en realidad sí lo hay: detrás de subir el tono, hablar verborrágicamente e interrumpir conversaciones en las que no fueron llamados, se esconde una frágil masculinidad que se ve amenazada por la presencia de una mujer que sabe más que él y/o que se especializa en un tema que él no. Frente al progresivo cambio de roles, los varones pueden llegar a sentirse estupefactos al ver cómo una mujer toma la iniciativa y se postula en un lugar autoritario y de carácter; es decir, su histórico rol social asignado sólo por ser hombres.

Volviendo al artículo de La Nación, Nicolás Artusi dice: “Es hora: que se termine el oscurantismo masculino”. Siguiendo esta línea, en 2016, en la sección Verne del diario El País, el periodista Jaime Rubio Hancock publicó un artículo titulado “Deja que te explique lo que es el ‘mansplaining’” y, hacia el final, menciona: “Por otro lado, no sé si hay un término para el hecho de que el hombre explique qué es el mansplaining, como es el caso de este artículo. ¿Metamainsplaining? En todo caso, que conste que en Verne somos conscientes de la paradoja”. ¿Entonces? Hay plena consciencia de que el artículo es, en sí mismo, una mansplaineada, y hacerse cargo de eso y admitirlo parece ser suficiente en lugar de darle el espacio a alguna compañera para que ella escriba del tema.

Y sí, ya es hora de que los varones dejen de creerse superiores a las mujeres en infinidad de aspectos y dejen de interrumpirlas cuando ellas están hablando, pero también es hora de que a las mujeres se nos reconozcan en espacios donde podemos accionar, hablar de nosotras mismas y de lo que nos pasa. Como escribí en “¿Y nosotras? bien, gracias”, faltamos en los medios de comunicación gráficos, radiales y televisivos; faltamos cuando hay que hablar de economía, política, sociedad y hasta de género. Yendo más allá, faltamos en los festivales de música, en el congreso y en los cargos gerenciales; en las presidencias y en las gobernaciones; en las listas de mejores escritoras y escritores; en las nominaciones y en los Premios Nobel. Abran paso que allá vamos.

[1] Licenciada en Comunicación Social (UNLP) – Periodista.

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