¿Pragmaqué?

Por Martín L. D’Amico[i]

No soy tibio, pero no me gusta perder. ¿Qué pesa más entre principios y estrategia?

El debate no le pertenece a Durán Barba, aunque sin duda ayudó a su amplificación. El escenario electoral fuertemente polarizado despertó polémicas e interrogantes que, sin serlos, parecen contemporáneos. #CaeteEnEstaGrieta

Desde los zapatos de un acérrimo opositor, cualquiera sea, entrada la pre campaña electoral inicia un análisis de la política superestructural. A un costado las políticas públicas, la historicidad partidaria, las individuales de los colectivos para pasar a pensar, sin querer queriendo, como dato relevante a un conjunto de variables extremadamente dinámicas y no necesariamente pertenecientes a la política tradicional, que parecieran definir el escenario electoral.

Cual reset abrupto de computadora (Dato: sosteniendo el botón de apagado unos segundos) – la psiquis entra en el famoso y tenebroso razonamiento lógico electoralista. En pocas palabras; Soy opositor. Quiero ganarle al oficialismo en elecciones. Por lo tanto debo generar la estrategia más efectiva para lograr la mayor cantidad de votos.

De acá parten frases y estrategias tan mágicas como ambiguas del estilo de; “Hay que generar un proceso de unidad amplio”, “Hay generar un proceso de unidad amplísimo”, “Hay generar un proceso de unidad tan amplio que le gane cómodamente a la oposición independientemente de la incompatibilidad de todos los actores que lo integran”.

La encuesta, la participación directa, el relevamiento, el timbre y demases herramientas electorales del campo sociológico penetraron la política para dar respuesta al acabado esquema de campaña tradicional. ¿Por qué si defiendo los mismos principios, pinté las mismas paredes, repartí los mismos volantes, obtuve un resultado electoral distinto? ¿Por qué un x, literalmente vestido de payaso, con una campaña nacida hace 15 minutos tiene mayor intención de voto que candidatos de partidos tradicionales?

Fácil, dirán los Durin Bigote -es malo, lo sé-; la gente quiere algo distinto. A distintos consumos, distintos perfiles políticos. En otras palabras, el consumo de la política como decisión personal, individual y específica a un momento determinado, ha mutado de tal manera que puso en jaque la construcción electoralista tradicional de los partidos. Claro está, que si alguién puede ser cumbiere, flogger y hispter el mismo año, posee una velocidad de cambio mucho más rápida que las estructuras partidarias.

Listo el objetivo y listo el escenario, ahora ¿Qué hago con la carreta?

Ponele, sos parte de un colectivo político (partido/organización) nacido hace varias décadas.  Que dicho colectivo construye y disputa política tradicional. Léase que, hipotéticamente, construye sus premisas máximas -digámosle principios-, y a partir de ellos se lo hace todo; se promueve a sus interlocutores, se generan sus alianzas y se desarrolla su campaña.

Ante el escenario adverso de la política tradicional la mejor estrategia para diversificar la propuesta y por consiguiente dar una disputa más eficiente, implica ampliar los marcos de alianzas. Somos más, más heterogéneos. #NadaPuedeMalirSal.

Lo que nunca parece quedar claro es sobre qué factor vamos a generar la heterogeneidad. ¿Sobre la diversidad del consumo político votante o sobre la compatibilidad de principios políticos? Apa, bancate éste pragmatismo.

Hay que endurecer nuestros corazones, sin perder la ternura jamás.

Quiero ganar. ¿Pero a qué costo identitario? Hay quienes dirán que no hay límite en el costo, ya que la derrota es el peor escenario, incluso para los principios. Conviene ganar para después ordenar. Otres dirán, que no existe una victoria sin principios, más aún en política, y que de hecho implica una derrota identitaria. Cómo quién gana un partido porque se lleva la pelota a su casa.

¿En qué momento los principios deben ser el factor determinante para el posicionamiento electoralista de un partido? ¿Construyendo el poder, o con poder en mano? ¿Qué costo tiene construir poder sin principios? ¿Tiene sentido tener principios sin poder?

Quizás el eje esté mal puesto. Ya que dinámica partido-elector, presenta escenarios y correlaciones distintas según tiempo, lugar y coyuntura.  ¿Deben los partidos tomar una postura largoplacista y construir política para “transformar/compatibilizar” los intereses de los electores independientemente del escenario electoral? ¿Deben absorber las demandas de sus electores y reproducirlas sin más filtro? Iluminadores Vs replicadores.

Pareciera que el desafío de la construcción política actual – para los partidos tradicionales- , está en encontrar un matiz que permita florecer el vínculo, partido/electorado, sin romper las estructuras de ninguno de los participantes.

Reconocer, deconstruir y construir un paradigma distinto dentro de los colectivos políticos, implica una tarea de transformación identitaria donde se pone mucho en riesgo. Y, a su vez, reconocer a la masa llamada “pueblo”, como un conjunto de individualidades subjetivas, rompe por completo las estructuras de razonamiento político tradicional. Pero puede que éste engorroso, tedioso e incómodo trabajo, traiga lecturas más complejas de los escenarios electorales. A su vez, puede que permita ahorrarse alianzas dolorosas y derrotas sin sentido, en miras a consolidar una verdadera relación política entre partidos e individuos, que sin dudas tendrá, como quién no quiere la cosa, su correlato electoral.

[i] Abogado (UBA)

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