El mito del capitalismo sustentable

Por Luciano Schein[1]

Las contradicciones son normales en el ser humano. Vivimos en ellas y las sobrellevamos. Pero a veces, estas contradicciones son irreconciliable y exigen una resolución.

Cada vez tenemos más datos sobre las consecuencias de la alteración a los ambientes naturales y la contaminación antrópica (de origen humano). Cambios abruptos en los ecosistemas, desaparición de algunas especies y proliferación de otras con consecuencias nefastas (caso del hantavirus en el sur, que prolifero a partir de que la provincia de Rio Negro determino al puma y zorro como plagas e implemento un incentivo económico en 1985 a su caza) e incluso consecuencias globales, como ser el calentamiento global. Esto exigiría una respuesta acorde, un cambio en la forma de producción que contemple estas consecuencias. Ahora bien, ¿Puede el modo de producción capitalista ser amigable con el medio ambiente? Veamos

La base del funcionamiento del sistema actual, es la obtención de ganancia mediante la inversión de capital. Sin una producción que genere ganancias, estamos en presencia de una crisis económica (excesivamente simplificado). En términos económicos, la producción es anárquica, no hay una orientación social de la producción, más allá de alguna medida económica de los estados, claramente insuficiente, los productores fabrican lo que creen que se va a vender en el mercado. Como consecuencia de esto, gran parte de la producción, incluida la de alimentos, termina como basura. Toda una cadena de actividades que dejan su huella en el medio ambiente para terminar como basura.

Este tipo de sistemas exige un consumo constante e imparable. Un ejemplo, si todos tuviéramos lavarropas que duraran 50 años, algo posible con la tecnología actual, los fabricantes de lavarropas sencillamente quebrarían al no tener la posibilidad de vender para reemplazarlos. Esto vale también a televisores, automóviles o celulares.

Hay una metodología con la que se nombra esto: obsolencia programada. Ejemplos de esto son las lamparitas de Edison, que siguen funcionando al día de hoy, más de 100 años después de su fabricación.  Las impresoras que solo admiten un número limitado de impresiones, y los programas que resultan incompatibles con estructuras de archivo más viejas.

 Todo se fabrica para tener una duración limitada, y ser reemplazada rápidamente por un nuevo modelo. El consumismo no es ajeno a esto, es una práctica necesaria para la supervivencia de este tipo de sistema económico. Incluso hoy en día, el éxito económico de un país se mide en cuanto a su producción industrial y exportaciones de materias primas, pero mayor producción no necesariamente es un éxito, si en el camino se convierte el país en un erial.

Las practicas individuales, apuntadas al consumo consiente y el reciclaje son importantes, pero no pueden ni compararse con el efecto que tienen las empresas en cuanto a daño al medio ambiente. El 71% de los gases de efecto invernadero que son producidos en todo el mundo lo producen apenas 100 empresas (The Guardian, 10/07/2018) ¿Cuánto puede afectar frente a estos números, que uno deje de usar el automóvil? Un caso paradigmático de las consecuencias que tiene confiar en que las empresas se autorregulen, es el caso del fraude de emisiones de Volkswagen. La empresa “arreglo” los autos para que detecten cuando están siendo medidas las emisiones en laboratorio y así reducir temporalmente la emisión de óxidos de nitrógeno y pasar como un auto “sustentable” con los beneficios económicos que le correspondían.

Eso explica en parte, porque a pesar de ser cada vez más populares y difundidas las practicas sustentables, no se advierte una reducción en la emisión de gases de efecto invernadero, y nos acercamos cada vez más al punto de no retorno frente al calentamiento global. Las políticas públicas deben ir orientadas al control de las empresas, no solo en la ley, sino en la práctica, beneficiando a la producción agroecológica, las practicas sustentables y la menor emisión de gases contaminantes.

Reciclar no alcanza, es necesaria una reestructuración de fondo que no dependa de los intereses comerciales de las empresas. La mano invisible del mercado, es ciega al equilibrio ambiental.

[1] Profesor de biología y química. Twitter: @LuchoSchein

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