Evita: La razón de mi vida

“He hallado en mi corazón, un sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese
sentimiento es mi indignación frente a la injusticia”.

Evita (La razón de mi vida, 1951)

Por Cristian Bortolin Taborda

“¿Quién es Evita?”. Esa fue la pregunta que le hice a mi abuelo a los 8 años. Él, con una sonrisa y esperando ese momento que sabría que un día llegaría, procedió a contarme quién era María Eva Duarte de Perón -“Evita”, para los humildes y descamisados-.

En ese nombre estaba la historia del peronismo, al hablar de ella habló de la historia argentina, de la nueva Argentina que junto a Perón y los trabajadores habían construido: una patria justa, libre y soberana. En el nombre de una mujer estaba la historia moderna Argentina, de “Esa Mujer” como escribió Rodolfo Walsh. La misma que algunos ni se animaban a nombrar por la rabia que les daba ver perder sus privilegios y por el hecho de que ella alzará la voz encarnando a los desposeídos de estas tierras. Esos llamados “cabecitas negras” sólo recibían migajas de una oligarquía que era capaz de escribir “viva el cáncer” y de destilar un odio pocas veces vistos y que en la actualidad resurge nuevamente.

Eva cambió la historia para siempre, convirtió la tristeza y la desesperación de los pobres en la alegría y esperanza de una vida digna, transformó las necesidades en derechos.

Mi abuelo no paraba de contarme todo lo que hacía Eva, la alegría que sintió cuando la vio por primera vez y la conoció, su pelo, su sonrisa, su juventud y la energía que transmitía, el entusiasmo de ayudar a los demás. Su desesperación por solucionar los problemas que le llegaban diariamente y la manera en que vivía y sufría el dolor ajeno en carne propia. La alegría que le generaba ver contentos a los niños y sus enojos ante las injusticias y vanidades.

Todo lo tenía registrado en su memoria, y al contarlo lo volvía a vivir porque había tenido el privilegio de acompañarla en la Fundación Eva Perón, el lugar donde Evita recibía a su pueblo. Mujeres, niños, trabajadores, desempleados, abuelos, enfermos, marginados, todos los rezagados de la patria durante décadas encontraban allí un lugar de escucha, mimo y atención a sus problemas.

“A las mujeres les entregaba las máquinas de coser (las famosas Singer) y les decía que debían trabajar y pelear por sus derechos para hacer una patria justa. A los niños ropa y los mimaba con unas caricias y un beso, luego les decía que debían jugar y estudiar mucho. A los enfermos los abrazaba y contenía como una verdadera madre, muchas veces se angustiaba ante la imposibilidad de ir contra lo inevitable. Cuando iba un trabajador lo armaba de fuerzas y le pedía que cuidaran a Perón”, narraba mi abuelo con pasión y sentimiento de haber sido parte de eso.

Otra palabra asociada a Evita es “felicidad” porque, verdaderamente, hizo feliz a su pueblo, a los pobres. Para Aristóteles, por ejemplo, la felicidad era el vivir bien, tener una vida virtuosa y se lograba a través del ejercicio. Eva, por su parte, ponía diariamente su alma en ejercicio para lograr la felicidad colectiva y predicaba esos valores a seguir para alcanzar el bien, y por eso es considerada nuestra guía espiritual de la nación. Guiaba el espíritu de los argentinos para una vida buena y feliz.

“Perón predicaba con el trabajo y Eva guiaba con el corazón” era otra frase que recuerdo. Perón se encargaba de la parte material y Evita de la parte espiritual esa era la lógica. En una frase resumía la “Comunidad organizada” en la que la realización de los hombres y mujeres se conforma a partir de una tríada fundamental en el peronismo: individuo-comunidad-espíritu. Este esquema pone en movimiento la conjunción individual, espiritual y colectiva formando una unidad orgánica. La comunidad y el individuo generan la riqueza material necesaria para la vida y el espíritu, los valores necesarios para la armonía social donde cada una de las partes cumple una función para el todo.

Ese día al percibir la actitud política que llevaba acabo la abanderada de los humildes, me hice peronista. Para mi abuelo, era imposible no quererla. Recuerdo que me contaba sus vivencias durante el día del niño. Los chicos corrían a buscar sus juguetes a las plazas y correos del pueblo donde, desde la Fundación se ordenaba darle a cada chiquito su juguete -los más afortunados obtenían la bicicleta tan deseada-.

El peronismo instaló la niñez como una etapa de la vida, los niños eran un nuevo actor “sujetos de derechos”, como se dice en ciencia política, y Eva lo enfatizó diciendo que eran “los únicos privilegiados”. Cuando antes pasaban a adultos desde los 10 años edad en la que los inmiscuían a trabajar al campo como peones rurales u otro trabajo duro, el peronismo vino a revolucionar la concepción de niño. Esto, quizá, haya sido lo más osado y lo más provocativo contra la oligarquía junto al Estatuto del peón rural y la Constitución del ’49, que ponía en valor la función social de la propiedad privada. Al fin y al cabo, y como bien se ve, el peronismo es detractado por sus logros, no por sus errores.

Su lucha incansable por los derechos de la mujer y las amas de casa -por quienes peleaba por un salario para ese trabajo no reconocido camuflado bajo el amor-, es un factor que jugó fuerte en mi al tener una madre ama de casa, que también trabaja en otros hogares. Durante la gestión del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner sucedió uno de los hechos más maravillosos y que recordaba esos anhelos de Eva: la ley de empleo doméstico, que registraba en blanco, formalizaba y daba seguridad social a ese trabajo tan denigrado.

Tras 100 años de su natalicio, el nombre y la obra de Eva siguen siendo una guía para alcanzar ese pueblo liberado, la grandeza de la patria y la felicidad de la nación. El propósito es alcanzar una vez más la comunidad organizada en la cual todos sin exclusiones puedan realizarse en orden y armonía, poniendo en alza los valores tradicionales y con arraigo en nuestras costumbres, en nuestra cultura, siempre abiertos al futuro y a lo nuevo pero priorizando a lo humano y la tradición, al trabajo y la ética frente a lo no humano, el individualismo, el hedonismo, la tecnología, la usura o el capital.

Es inagotable el trabajo que llevó a cabo Eva Duarte. Las historias y su amor no caben en páginas porque su legado es infinito y sólo se comprende en los corazones, esos corazones enardecidos en el fuego del fanatismo que proclamaba. Recordarla y que siga viva en nuestras mentes es no olvidar a aquellos por los que luchó, nosotros mismos, los descartados de este mundo global que gobierna la oligarquía financiera y que también nos lanza las migajas de beneficencia. Volver a Evita es el acto más revolucionario en estos tiempos y ante esos corazones fríos, ante un mundo injusto, donde prima lo políticamente correcto, volver al fanatismo por la justicia social es lo revolucionario, volver a la familia y el amor por el que ella dio la vida.

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