Hay esperanza

Por Natalia Palomo[1]

Hoy me desperté de un largo sueño, quizás por eso di muchas vueltas para levantarme. Soñé con las elecciones, donde Cristina se erigía como triunfante, estaba con nosotros en la fiscalización, y ya había anochecido. Lo más cautivador del sueño era que nos informaban que el acto por la victoria se realizaría en la plaza de mi barrio, en Villa Luzuriaga, pleno conurbano bonaerense.

En ese preciso momento, de modo espontáneo, imaginé las articulaciones. Lo principal era dirigirse a los gerentes de la empresa de colectivos que circulan en las inmediaciones de la plaza para que extiendan el servicio durante toda la noche. Una sola empresa que monopoliza el recorrido debía garantizar que el pueblo se pueda transportar libremente a la plaza.

Al tener la primicia comenzamos a convocar. Ahí no más pensé en mi vieja, que si estuviera viva iría feliz, caminaría las ocho cuadras que la separan de la plaza junto a su amiga, ambas con sus changos. Sí, así es, vi la imagen de las dos con sus respectivos changos (esta asociación tiene explicación que aclararé más adelante), yendo a paso lento, pero firme, con felicidad, con esperanza, más no con alegría.

Me levanté, comencé con mi rutina y a mi mente venía una y otra vez este sueño. Si bien dicen que el inconsciente ordena todo mientras dormimos, algo tenía esa plaza. Era, justamente, la plaza de mi barrio y por eso mismo recordé la conexión.

En la década del 90, en pleno auge del neoliberalismo, mi vieja con su amiga iba cada semana con sus changuitos a buscar mercadería a la iglesia que está enfrente de la plaza. Más de una vez la hemos acompañado con mis hermanos, la inocencia de la niñez, entre chocolate caliente, facturas del día anterior y los juegos de la plaza que velaban aquello que sucedía en el país por aquellos años.

Mi vieja y su amiga retiraban cada semana un par de alimentos no perecederos para alimentar a sus respectivas familias. Iban en busca de migajas en una época difícil donde el hambre dolía, y las madres eran capaces hasta de revolver en la basura para darle de comer a sus hijos (cualquier reminiscencia a la actualidad no es pura coincidencia).

Esa plaza, volviendo a mi sueño, iba a significar otra cosa, la vuelta del reconocimiento de los derechos, de la garantía de un plato de comida en la mesa producto de los derechos garantizados a través del Estado y no de la caridad. Políticas públicas como la Asignación Universal por Hijo, el Plan de Inclusión Previsional, entre otras, le devolvieron al pueblo la esperanza.

Dios, el destino, o la vida quisieron que mi vieja partiera dos meses después de cumplir 60 años. Aunque no llegó a jubilarse, hasta su último día estuvo convencida que si le ganaba a su enfermedad iniciaba los trámites para su jubilación como ama de casa porque las políticas llevadas adelante por el kirchnerismo lo avalaban. Acceder a ese derecho era impensable años atrás mientras que, con lluvia, frío o calor agobiante caminaba hacia esa plaza en busca de caridad.

Hoy a meses de las elecciones y parada desde otro lugar, con una carrera universitaria terminada, continuando mi formación, con casa y auto propio, no olvido las penurias que vivimos de pequeños por un Estado ausente para con los más necesitados. Hoy también recuerdo más que nunca que el esfuerzo propio no es suficiente sin un modelo político que acompañe y nos dé esperanza para nuestro porvenir.

[1] Lic. en Ciencia Política. Docente. Maestranza en Teoría Política y Social.

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