Tu corazón diría que sí

Por Cristian Secul Giusti[1]

La lluvia acompaña la música y trae consigo una sonoridad que estalla directo contra los cuerpos. Las gotas de agua se reparten entre los asistentes, estrujan los pilotos mal armados y se hunden en las bolsas amplias que cubren a un público cada vez más amalgamado. La emoción, sin dudas, gana terreno y la noche se vuelve eterna, rica, espumante al observar ese cielo cerrado y volcánico.

“Si me mojo no me enojo porque no encojo”, dice Charly García, mientras camina cansino, desgarbado, en cuero y bañado por múltiples gotas. La mirada de los asistentes se centra en él, siempre en él, su perfil, su espalda, sus piernas, y sus maniobras y andanzas. Es, en esa noche, el punto neurálgico de la emoción, el director de la orquesta desvariada, el rey de la cruz del sur. Deambula zigzagueante, se mueve como pez en el río, mira a los costados, sonríe y parece tener todo controlado, aún en ese potencial descontrol.

Ahí va, nomás. Su figura está entre sombras, la melodía de la banda retumba en el estadio y las luces del escenario están sueltas y desperdigadas entre el público. Este Charly, con cuerpo a la intemperie, dientes apretados y micrófono en mano, está dispuesto a bancar la tormenta. Sin demorarse demasiado, se sienta frente al piano empapado y clava los dedos en las teclas. Ahora sí, no hace falta más explicación, ya todos saben de qué se trata, saben hacia dónde va la noche, qué tiene entre manos, cuál es su destino, y qué importancia tiene estar justamente ahí, en esa comunión, bajo esa lluvia torrencial, al cabo del riesgo más aturdido de la electrificación.

“No llueve, escupen”, grita con la voz cavernosa antes de encarar un subvertido inicio de canción. “Vas aquí, vas a entrar, nena nadie te va…”, canta para luego desistir, subirse al piano y escuchar el viento de voces. No se necesitan más guiños, “Seminare” versión lluvia y público copa el terreno de la épica. La silueta, cada vez más a oscuras y con los brazos extendidos, recibe el sonido y se arroja a la expresión. “Nunca te encontrarás al escaparte”, dice, arrodillado sobre el piano, cariñoso, feliz, a sabiendas del momento histórico. Del otro lado, el campo se abraza en el unísono de la melodía que llama como siempre, como todos los días, aunque los bloques y contra-bloques de la evasión se instalen como capas separatistas.

Quizás por esa sensación y fascinación que genera, el ideario del concierto bajo agua -sub-acuático- sea, en sí mismo, un momento que irrumpe inolvidable en los recuerdos. Quienes participan de un acontecimiento de características musicales y de rutilante potencia de las nubes, saben bien que hay algo intenso en esa experiencia. Si bien hay gente que suele huir despavorida ante el quinto trueno y otra que no soporta el frío de la mezcla viento y agua, existen aquellos que se echan estoicos al aire, al filo del tremenbundo chubasco, clavando fijo la vista en el escenario y abriendo los oídos de par en par para seguir con la música.

Pero esto no pasa siempre, ni tampoco es algo que se calcula antes. Los momentos de lluvia y música en recitales masivos aparecen de sopetón, son sorpresivos y tienen la particularidad de hacer sentir lo inédito. El artista, obviamente, tiene la implicancia necesaria para que se desarrolle el camino vital de la emoción. Están los que lo despiertan con mayor lentitud y están aquellos que lo resuelven repentinamente, a partir de una tonalidad, una presencia escénica, un ademán o, simplemente, una nota de piano.

Eso pasó con la versión solista de “Seminare” que tocó Charly el 17 de octubre de 2004, hace casi 15 años atrás. En esa noche diluviante, el genial bicolor cerró la segunda edición del Quilmes Rock en el Estadio de Ferrocarril Oeste y grabó para siempre un suceso que hoy tiene casi un millón y medio de reproducciones en YouTube. Si bien no es la versión perfecta ni tampoco la más organizada, cobra esplendor justamente por lo contrario: su pendular presencia escénica. La lluvia es el condimento esencial para reforzar la poética, pero hay algo más: la comunión entre el artista y el momento. Más aún, el cruce fenomenal y existente entre la pura expresión de Charly y la emocionalidad de ese público excitado y consagrado hasta las lágrimas.

Sincronía y sintonía. Las motos que van a mil, los acordes de la gema histórica de Serú Girán en tiempos de dictadura (1978) y la lluvia que nutre el paisaje de la sensibilidad en tiempos post-crisis del 2001. Una escena más que singular que vale recordar por tres aspectos centrales: la presencia de Charly como el comodín instantáneo del sentir transgeneracional; la persistencia masiva del rock argentino como sostén de inquietudes y opción ante la destrucción de esos años previos; y la confirmación de la poética de riesgo como enlace viviente entre música, corporalidad y coraje que quema de amor.

[1] Doctor en Comunicación – Docente e Investigador (FPyCS-UNLP).

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