Café con Massas

Por Patricio Ese[1]

Desde un set de televisión, un fulano le pide a un sultano que tomen un café y terminen esto. Esto no es otra cosa que una melodramática indefinición política que lleva meses. El sultano sonríe y le responde que ojalá lo puedan tomar (?) para construir entre todos una etapa superadora (???). Después, el sultano ríe. El fulano, también. Miradas a la cámara. Corte final.

Se probaron todos los métodos.

Ignorarlo porque, en definitiva, nunca le interesó competir dentro del Partido Justicialista y, si nos apuran, hasta ni siquiera es peronista a esta altura, joder.

Provocarlo para que demuestre si le da el cuero a meterse en una interna abierta dentro del PJ, así deja de boquear y de hacerse el guapo.

Ningunearlo, ya que no tiene un cargo actualmente, es puro marketing, agente de la Embajada, y viene de capa caída por el magro resultado de 2017 que lo dejó sin nada.

Seducirlo con la candidatura a gobernador de Buenos Aires, el camino más lógico para alguien joven que aspira en el futuro a ejercer la primera magistratura.

Volverlo a seducir con encabezar la lista de diputados en ese distrito. O, si no quiere eso tampoco, que tenga poder de decisión para el armado de las listas y nos meta en la boleta al mediático Mauricio D’Alessandro, el hijo de Lavagna, el hermano de Grandinetti o a la hija de Moreau.

Apurarlo mostrándole cuántas figuras cercanas, como Felipe Solá, Daniel Arroyo o Facundo Moyano, se le fueron en estos meses. Presionarlo con el lanzamiento sin estridencias de la fórmula de Axel Kicillof y Verónica Magario en Provincia y que se vaya al diablo por ingrato e insaciable.Y finalmente pedirle, por favor, tomar un café. Uno solo. Un cafecito. Llevamos el azúcar. O edulcorante. Vos, las masas. Cuack.

Los intentos por hacer ingresar al Frente Renovador en una coalición articulada con la fórmula Fernández-Fernández son dignos ya de una telenovela. Un vaso de agua no se le niega a nadie. Y parece que un café tampoco. O eso parece haber sido lo único que quedó claro del diálogo a través de la pantalla de C5N entre Alberto Fernández y Sergio Massa.

El peronismo parece haber superado el escollo que representaba la máxima “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede”. Pero ahora se encuentra en un cuello de botella. Sobresale nuevamente la profunda herida que Massa hizo desde que abandonó el Frente para la Victoria en 2013.

El ex intendente de tigre se embarcó en un proyecto personal muy ambicioso: ganar la presidencia por fuera de la estructura partidaria del peronismo kirchnerista y sin dejarse llevar de las narices por los jetones del variopinto peronismo disidente. Hasta el momento, nunca ha podido concretarlo, pero su mera existencia le ha permitido boicotearle al kirchnerismo los triunfos en 2013, 2015 y 2017.

Desde la elección presidencial de 1989 con la candidatura de Menem, cuesta encontrar un momento en el cual se presentara todo el arco peronista encolumnado detrás de una única figura bajo las siglas contenedoras del PJ.

El desarrollo de las políticas menemistas, contrarias a las que el peronismo había defendido históricamente, precipitaron una escisión de los sectores más progresistas en 1993. Estos grupos terminaron fundando el Frente Grande y, posteriormente, el FREPASO. Esta oposición al justicialismo oficial ensayó, primero, ir a elecciones por sí solos en 1995 y, después, formar la Alianza secundando a la UCR en 1999. Hasta ese momento, el sector minoritario representaba las posturas de izquierda, pero no tenía la posibilidad de imponerse ni dentro de las estructuras partidarias, ni por fuera de ellas.

Al hacer estallar el país por el aire, la profunda crisis de representación y legitimidad política del 2001 potenció esta dispersión al dinamitar también las estructuras de los partidos más tradicionales y mayoritarios quienes eran los dos polos entre los cuales se debatía la política argentina.

La situación en 2003 se presentaba inestable y sin liderazgos claros. Como el PJ era incapaz de sujetar a las minorías descontentas con la línea oficial, se presentaron tres candidaturas diferentes (Menem, Kirchner y Rodríguez Saá) sin celebrar internas. Esto se tradujo en que se enfrentarían como si provinieran de partidos distintos sentando un precedente para los años venideros.

En 2007, el peronismo disidente al kirchnerismo se abroqueló detrás del otro Rodríguez Saá. Lejos estuvo, no obstante, de entorpecer el cómodo triunfo de Cristina. Para el 2011, el peligro del sector alternativo parecía casi nulo. Rodríguez Saá y Duhalde no lograron configurar un frente común compitiendo por separado. El aplastante 54% de una Cristina reelecta hacía pensar que finalmente cualquier intento de peronismo no oficial estaba condenado a la extinción política.

Sin embargo, en 2013 aparece un sultano que se distancia del peronismo oficial y del peronismo alternativo por igual. Ese sultano presenta un frente electoral que aspiraba a renovar la política argentina atrapada en la ‘grieta’. Con el latiguillo de ponerle un freno a una imaginaria eternización de Cristina logra cosechar casi 4 millones de votos. Una cifra que lo hace soñar con el sillón presidencial.

Finalmente en 2015, el sultano insiste y consigue casi 5 millones y medio. Pero no le alcanza para ganar. Aunque esta vez reafirma lo que se empezó a delinear en la elección legislativa previa. Sus votos son claves para boicotear al sector mayoritario del peronismo.

Nunca por izquierda o por derecha, el peronismo disidente o alternativo había logrado mellar el poder electoral del peronismo oficial. Pero Sergio Massa sí lo logró. Y Alberto Fernández lo sabe. Lo sabe y siente que puede ser su talón de Aquiles ya que, en un posible ballotage, los votos massistas son una incógnita.

Ahora bien, Massa sabe que todas las decisiones por tomar implican pérdidas. Si se incluye dentro del armado de los Fernández, corre el riesgo de perder a su núcleo de referentes más duro representados en Graciela Camaño, Diego Bossio o José Ignacio de Mendiguren. También puede sentir que pierde a muchos de sus votantes que expresan un marcado voto antikirchnerista, al tiempo que no tienen simpatías por Macri y su experimento político.

Si juega solo o apuesta únicamente a anclarse al peronismo disidente expresado en la deshilachada Alternativa Federal, puede salir tercero como candidato a presidente y perder nuevamente la oportunidad de acceder a cargos de diputado o gobernador con los cuales construir mayor poder político. Se impone la exigencia de obtener más de los 5 millones de sufragios sin el apoyo de casi ningún gobernador (todos los cercanos al peronismo apoyan la fórmula Fernández-Fernández) y con una polarización creciente reflejada en todas las encuestas. Encima, en 2017 esos votos se le empezaron a escurrir de las manos cuando no consiguió la senaduría por Buenos Aires.

La situación política y económica sigue mostrando que no hay lugar para terceras vías. El tiempo de las vacilaciones empieza a agotarse. Pero, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y en el peronismo, sobran las piedras y los sapos y los cafés y las sorpresas.

[1] Licenciado en Letras (UBA) y peronólogo en los ratos libres.

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