Fito Páez en Ezpeleta

Por Cristian Secul Giusti *

En un atardecer de invierno, bastante gris y con una cantidad alta de trenes demorados en la estación Constitución, la voz de Fito Páez mandó una señal de persistencia y aguante. No sé si los que estaban en el andén lo sintieron así, pero sé que al menos un chabón sentado en el piso entró en mí misma sintonía y entendió muy bien la escena musical. 

El tipo, vestido con campera de cuero y pelo largo enrulado, tenía los ojos cerrados y muy pocas ganas de conectar con la realidad. Sin embargo, ni bien empezó la canción del rosarino, sacudió la cabeza e hizo una breve mueca de satisfacción. De hecho, a los pocos segundos encendió un pucho, y sin abrir nunca los ojos, se hundió en un gran humo envolvente y zigzagueante.

Me gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa“, se escuchó fuerte en el andén de la estación Ezpeleta. La música, escapada de algún puesto de revistas a punto de cerrarse, sirvió para acompañar el momento de demora de trenes y ayudó a contener la indignación y la frustración de estar justamente ahí, atrapados en un tiempo y bajo nubes cada vez más plomizas.

Vivir atormentado de sentido, creo que esta, sí, es la parte más pesada“, dijo Fito y ahí nomás pensé en la tremenda veracidad de esa frase. Desconozco si a mí compañero de escucha le tocó tan de cerca esa partecita, pero, particularmente, la sentí como una daga fría y letal, no solo por su justeza, sino porque contiene una potencia real y absoluta. Sin duda alguna, para los que vamos como el fuego hacia la mariposa, el enunciado cuaja justo con un sentir ardido, movedizo, a flor de piel. Es así, y suele ser reiterado, abierto y no menos peligroso porque, como dice el tema, nadie nos prometió un jardín de rosas.

Pero, quién sabe, che. Quizás el atardecer haya tenido algo que ver con todas esas manías de pensar en lo que dejó el día, lo que quedó del tránsito y lo que nos desordenó el cotidiano vehemente y pinchudo. Esa misma rutina que suele ser esquiva y nos repele o nos abraza, sin solución de continuidad ni pregunta particular en su avance. Vaya uno a saber qué puede ser, ¿no?, tal vez la canción invitó a replantearse ideas y a cantar con los dientes apretados, a pleno, alumbrado por los escupitajos verbales y la disposición de poner en crisis la intuición del destino. Todo puede ser. 

El chabón, en tanto, estaba con un cigarro ya hecho cenizas y los ojos algo entreabiertos. Con más languidez que voluntad, pispeó la posibilidad de la llegada del tren, pero ante la negativa, se dedicó a sentir aún más el tema de Páez. Con total confianza se sumergió en la letra que avanzaba como un río terrible en la espalda castigada y gritó fuerte, a los alaridos, metido bien al fondo de la locura (que suele ser cuerda si tiene tesón). 

Como si estuviese a solas, y sin nadie mirándolo, sin nada alrededor, con la fiereza de estar arremangado en la esquina de la ventisca abrupta, el melenudo acompañó la frase con sus entrañas: “Yoooo era un pibe triste y encantado de Beatles, caña Legui y maravillas…”. No recuerdo si lo cantó en ese orden o con las palabras justas, pero a quién le importaba ya. 

Al fin y al cabo, los pocos que nos encontrábamos ahí queríamos estar en otro lugar, haciendo otra cosa y ensayando otras posibilidades, aunque ni siquiera supiéramos qué, cómo, o dónde. Tal vez, en mi caso, prefería estar con Los Beatles, o con la caña, tirado en alguna plaza de árboles. Aunque no solo eso, también podría estar mirando la arremolinada nube, esperando que otro tren del sueño venga a salvarnos de la desazón. Quién sabe. Todo puede ser, también. 

La canción, no obstante, se fue antes de lo debido, alejándose tanto como la emoción del diariero, que apagó la radio y cerró de prepo las puertas del puesto. El chabón, mí compañero, el cómplice de la resaca, el testigo de la tarde, aún estaba sentado en el suelo. A pesar de eso, decidió abrir completamente los ojos, se desordenó el pelo y observó fijamente el cartel desteñido de la estación. 

Yo, sin ser menos, miré el cielo cada vez más oscuro y alcancé a enganchar una luz tenue en el horizonte. Ese lumínico halo estaba perdido en algún andén lejano, parapadeando con letanía, mostrándose inquieto, tan quisquilloso como la propia letra de “Al lado del camino”: angustiante y liberadora. En esa asfixia, de entretenimiento voraz e impaciencia contenida, la canción ganó campo y se abrió como esperanza del instante, esa misma que nos empuja al deseo y nos arrincona en una lucha diaria que se da bien, pero bien al lado del camino. 

*Doctor en Comunicación – Docente e Investigador (FPyCS-UNLP).

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