Murió De La Rúa: ¿Qué nos dejó aquel 2001?

Por Alejo Spinosa       

La historia dirá que De la Rúa se fue un 9 de julio, justo él, que en su corta presidencia no hizo más que aferrarse a la convertibilidad como estrategia política, y someterse a las órdenes de un Fondo Monetario Internacional que luego le terminó soltando la mano. Nada de lo realizado por De la Rúa en sus 740 días de mandato puede vincularse con la independencia, o con alguna gesta patriótica, sino todo lo contrario.

Pero no haremos en estas líneas un repaso de la ya conocida gestión de “chupete”: “la banelco”, los saqueos, “dicen que soy aburrido”, el corralito, Cavallo y el helicóptero. Algunos de los términos conocidos y acuñados en la reciente historia Argentina que ya están recontra analizados. Nos interesa entender y analizar que significó tanto para el kirchnerismo como para el macrismo aquel hecho histórico personificado en Fernando De la Rúa

El Kirchnerismo como lo nuevo

Un magro 22% llevó a Nestor Kirchner al poder tras el abandono de Menem en 2003. Ahí dio a luz al ciclo kirchnerista que se extendería hasta el 2015, al menos ininterrumpidamente. “Con más desocupados que votos” diría Kirchner que asumió, y en términos porcentuales es cierto. El patagónico no solo debía ser el Presidente electo que, se suponía, debía durar cuatro años. Sino que tendría que construir su legitimidad en la gestión, sabiendo que no había margen para equivocarse, porque sobre sus espaldas cargaba el desafío de recuperar la legitimidad del sistema político avasallada por el “que se vayan todos”. En esa consigna se puede sintetizar la rebelión callejera que explotó en 2001 y a la que habría que limitar si se quería conservar el poder. Kirchner incorporó las demandas de los movimientos sociales, las canalizó a través del Estado y poco a poco se fueron diluyendo, o por lo menos lejos estuvieron de parecerse a las del 19 y 20 de diciembre del 2001.

El Frente Para la Victoria,  se constituyó como devenir de la crisis del 2001 siendo “de todo un poco”. Sectores de la Alianza, sobre todo del FREPASO, el visto bueno de Duhalde, el PJ y partidos minoritarios. Cada día para Kirchner era la necesaria construcción de una legitimidad que no había tenido desde el inicio. Con la idea de la “transversalidad”, abarcó desde el PJ hasta la UCR en el 2007, de a poco fue incluyendo al progresismo, ya sea con demandas históricas como con acumulación de dirigentes. Todo esto, sumado a su manera de ser y de ejercer el poder, le permitió a Nestor Kirchner representar “la nueva política” que buscaba dejar atrás al menemismo, la corrupción, “lo viejo”, todo lo que derivó en el “que se vayan todos”.

En su libro, “El cambio y la impostura” (el cual recomendamos fervientemente) el historiador Ezequiel Adamovsky señala que: “En 2001, debe recordarse, el justicialismo se debatía entre la orientación neoliberal que le imprimiera Carlos Menem y la neoconservadora que ofrecía Duhalde. Nada permitida sospechar que hubiese espacio para el inesperado giro que propondría Néstor Kirchner poco después, cuando asoció el legado histórico del peronismo con consignas y valores “progresistas” a los que esa tradición había sido más bien ajena”

Pero el kirchnerismo no pudo quedarse con la idea de la “nueva política” por mucho tiempo, o al menos lo que hubiera necesitado. Los años pasaron, pasó el conflicto con el campo, la ampliación de derechos y todo lo bueno que tuvo el primer gobierno de Cristina, pero llegó un momento en el que el discurso dejó de mirar al futuro y fue un constante contraste (si se me permite el trabalenguas) con la crisis del 2001.

Las respuestas eran “mirá de dónde venimos”, y ante las demandas de profundización, se conformaba con  “pero acordate que venimos del 2001” El Kirchnerismo todo el tiempo buscó la grieta, sobre todo a partir del 2008, primero con el 2001, luego con los “traidores”, luego con el macrismo y así se fue encerrando sobre si mismo, resaltando todo lo bueno que había hecho (en pasado), pero sin atender de verdad las demandas sociales, o arguyendo que se trataron de “operaciones mediáticas”.

No las vamos a negar, porque las hubo y las seguirá habiendo, Cristina y su gobierno las sufrieron, aunque resulta un tanto ingenuo creer que solo por “lo que decía Clarín” el gobierno “Nacional y Popular” se terminó en 2015. Pudo haber sido el 54% del 2011 el momento de transformación profunda, pero el “vamos por todo” no fue tal, y el segundo gobierno de CFK apeló a un recuerdo eterno, y fue el surgimiento de La Cámpora lo que, discursivamente, le imprimió una épica que luego no fue tal en la gestión. El 2001 le sirvió al kirchnerismo para trazarse su propio limite, no fue más allá, se estancó en todo lo bueno que consiguió, y le dejó servido al macrismo la bandera de “la nueva política”.

Ahora, “lo nuevo” es el macrismo

El recorrido nos lleva, entonces, a ver como el macrismo llegó al poder, identificado como el “garante” de esa “nueva política”. Por lo menos, daba una imagen de eso. En la gestión la cosa fue distinta, lo único que le quedo de “nuevo” al macrismo fue el coaching y el muy buen manejo de la comunicación.

Lo cierto es que ya llegado el 2015, el kirchnerismo perdió la “agenda del futuro” y alguien la tenía que agarrar. La entonces oposición se reorganizó y el macrismo logró apropiarse de ese futuro que hoy desea mantener, en vísperas de una nueva elección. Scioli llegó al ballotage del 2015 resaltando logros de los 12 años y sin proponer mucho más, o casi nada. La advertencia de quien era Macri fue el caballito de batalla de un candidato que luchó contra los otros y los suyos.

Pero el macrismo necesitó constituirse como “lo nuevo” porque le urgía “lavar su imagen”, y alejarse (al menos explícitamente) de algo que ya había sido rechazado en el 2001: el neoliberalismo. Cambiemos llegó al poder mostrándose “desideologizado”, con aires empresariales pero sin descuidar el rol del Estado, reconociendo aquellas políticas del kirchnerismo que tenían un cierto consenso en la sociedad. Fue “Mauricio” y no Macri quien llegó a la presidencia, tratando de desligarse de algo que inevitablemente relacionaba al hoy presidente con la vieja política, la patria contratista, el menemismo y todo aquello con lo que Cambiemos venía a terminar.

En “lo viejo” entró el kirchnerismo, incapaz ya de construir una esperanza, “el cambio” fue lo que lo contrapuso. Macri fue la oposición elegida por el kirchnerismo, ya desde los años de Nestor Kirchner, para ser caracterizado como “la derecha”. En palabras de Adamovsky: “Opuesto a un empresario de derecha, sin una pizca de carisma, con su control territorial inigualable, su intensidad emotiva y una identidad progresista- pensaban-, el peronismo sería imbatible”

La gestión del macrismo no fue “lo nuevo”, o por lo menos no significó gran novedad. Ajuste, devaluación, pobreza, despidos, y un largo etcétera que sin embargo no causó el rechazo masivo que supuestamente “la gente” iba a sentir cuando Cambiemos muestre su verdadera cara. Esto nos lleva a responder la pregunta que muchos nos hicimos en estos casi cuatro años macristas: ¿Por qué Macri no es De la Rúa?

Brevemente, podemos detallar que Macri tuvo más aire para gobernar en lo económico, pudo hacer “populismo” electoral en 2017, supo hacer política (léase, negociar) y, llegado el acuerdo con el FMI, que parecía el fin del ciclo cambiemita, recibió mucho, muchísimo apoyo de Lagarde y Trump, que se sumó al de los medios y las corporaciones. El macrismo tuvo al kirchnerismo para contraponerse todo el tiempo, y también se valió de la polarización para justificar el ajuste permanente que fue su gestión.

Es cierto que en 3 años y medio predominó la “apolítica” de Marcos Peña y Duran Barba en la toma de decisiones, pero que llegado el momento de poner el vicepresidente para ir por la relección, el elegido por Macri fue Miguel Ángel Pichetto, un fiel representante de la vieja política. Bueno, el macrismo también tuvo el pragmatismo que le falto a De la Rúa.

Quizás para algunos y algunas resulte en vano repasar hoy como los dos polos de atracción de la política argentina llegaron al poder, pero creemos que en vísperas de lo que puede ser una elección crucial, recordar al 2001 como un momento bisagra también sirve para ver como hoy los frentes electorales han reemplazado a los partidos que fueron arrasados por la debacle de principios de siglo. El “neo-kirchnerismo” personificado en Alberto Fernandez es, quizás, la manera de hacer un equilibrio entre ese recuerdo del 2003 y la salida de la crisis. y a la vez proponer una nueva esperanza que vuelva a seducir al votante indeciso que define la elección. Es “lo nuevo” y “lo viejo” a la vez. Veremos si le alcanza.

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