El nuevo eje del mal: Ultraderecha y populismo

“No tenía otra posibilidad, aunque es verdad que corrí
un gran peligro y rompí todos los puentes con mi pasado.
Perdí a mi familia, a mis amigos, el trabajo, todo”

Por Cristian Taborda

Hans Conrad Schumann fue el primer desertor de la República Democrática Alemana, el primero en saltar el reciente muro de Berlín el 15 de Agosto de 1961, cuando sólo era una valla alambrada. Perteneciente a la Nationale Volksarmee (el Ejército Popular Nacional) mientras se encontraba en funciones corrió cien metros y dió un salto hacia la República Federal alemana, el lado occidental. En ese momento fue fotografiado por Peter Leibing quien lo inmortalizó en una imagen: “El salto a la libertad”. El joven militar de tan sólo 19 años anhelaba la libertad y felicidad que ofrecía el mundo occidental, pero nunca estuvo más lejos de eso. Alejado de su tierra, su familia y un largo tiempo sin trabajo y luego como obrero de Audi, Schumann cayó en el alcoholismo y la depresión hasta terminar suicidándose ahorcado a un árbol en 1998.

“Sólo desde el 9 de Noviembre de 1989 [la fecha de la caída] me he sentido realmente libre”.

Estas frases de Schumann, arriba resaltadas, declaradas en una entrevista al diario “Corriere della Sera” describen un momento histórico del mundo, la consagración del capitalismo como ideología dominante y el triunfo del liberalismo. Tras la caída del muro de Berlín se realiza lo que pensador italiano Diego Fusaro llama un capitalismo absoluto, que haciendo una analogía con palabras de Schumann, “rompe todos los puentes” borra todos los límites. Es la realización total del capital que trasciende todas las fronteras, la globalización del mundo. Si el capital hablara podría decir, como Conrad, que solo tras la caída del muro de Berlín se ha sentido “realmente libre”.

Además del dato historiográfico, el aporte de este hecho histórico nos sirve para comparar la situación del hombre y la mujer de hoy, que buscando la libertad y felicidad que ofrece el capitalismo ha perdido su familia, su tierra y el trabajo por un mundo globalizado. La caída en la depresión, el estrés o el síndrome de Burnout, son algunos signos de una época marcada por la violencia neuronal, como señala Byung-Chul Han en la sociedad del cansancio, y donde el suicidio se vuelve una tendencia, como ya vislumbraba Emilie Durkheim en su famoso libro de los últimos años del siglo XX.

El triunfo de la ideología liberal, el último relato

Una vez derrumbado el muro, cae junto a él la división territorial del mundo y las categorías que lo dividían: capitalismo-comunismo e izquierda-derecha.

Es en la llegada de la trans modernidad o posmodernidad cuando, refutando la teoría de Lyotard con la caída del último gran relato, surge el más grande relato de la historia universal y el imperio total de una sola ideología: la globalización. La izquierda y el socialismo en Europa pasan a integrar el sistema democrático liberal, dejando de lado la lucha por el capital. En Inglaterra el Partido Laborista transcurre hacia la tercera vía un reformismo liberal que soslayaba la lucha de los trabajadores, haciendo del emblemático partido un instrumento neoliberal.

En América Latina aparecen casos como el del Partido Justicialista, que adhiere al Consenso de Washington de libre comercio e intercambio irrestricto. La libre circulación de flujos monetarios se vuelve ilimitada, el sistema capitalista industrial es sustituido por un sistema capitalista financiero, las industrias son suplantadas por los bancos, las fábricas por corporaciones. Los partidos pierden su identidad y la política queda bajo el control de las finanzas.

Los primeros en sufrir las consecuencias de la HandelAnarchie (anarquia comercial), como caracterizó el filósofo alemán Fichte a la libre circulación de bienes, la anarquía del libre mercado absoluto del capitalismo totalitario fueron los países de Latinoamérica.

Puestas en práctica las ideas monetarias de la Escuela de Chicago, como experimento primero en Chile bajo la Dictadura de Pinochet y Argentina bajo la Junta Militar, luego ejecutadas con “éxito” en EEUU y Gran Bretaña, durante la década del noventa estas concepciones económicas neoconservadoras se extendieron e intensificaron por todo el continente de Nuestra América. Colapsarían durante la primera década de este siglo, dando surgimiento como contrapunto a los gobiernos populistas. El proceso de globalización perdurará unos años más en el viejo continente, hasta estallar la burbuja de los créditos subprime y la crisis de Lehmans Brothers en EE.UU durante 2008.

Con la llegada al poder de Trump en 2016 Estados Unidos vive en carne propia lo que hizo crítica académica sobre América Latina durante un siglo, el populismo. Mientras en Europa tras años de recesión, desempleo y crisis permanente han surgido los llamados partidos de ultraderecha con propuestas nacionalistas, populares y antiliberales.

Post liberalismo y globalismo

Como recientemente declaró Vladímir Putin en una entrevista al Financial Times “la idea del liberalismo quedó obsoleta” y “está en conflicto con los intereses de la mayoría de la población”. El surgimiento del populismo y la ultraderecha, descalificados por el corporativismo mediático representante de los intereses económicos de los ganadores de la globalización, no es más que la respuesta al globalismo liberal.

Las connotaciones peyorativas y simplificaciones no hacen otra cosa que revelar la pereza intelectual y la desorientación política, por una parte de la izquierda, que dejó la lucha contra el capital por las políticas de género y LGTB, y por otro lado de la derecha, que postergó la defensa de la Nación, la patria y los valores tradicionales por el capital.

La izquierda marxista devino en progresismo y la derecha liberal en neoliberalismo, ambas integradas al globalismo. Ninguna de estas propuestas liberales puede responder a la crítica sin calificar al disidente de fascista si se critica a la izquierda (progresista) o de comunista si se critica a la derecha (neoliberal). Quien se oponga al progresismo es un “ultraderechista” y quien se oponga al neoliberalismo es un “populista”. La política neoliberal y progresista han dejado librado a su suerte al pueblo y los trabajadores como sujetos políticos, contentándose con representar a minorías, a la parte y no al todo.

Así como se instaló la persecución ideológica al comunismo durante la guerra fría en el eje occidental y se calificó de traidor a todo disidente en la URSS y países satelites, mostrando ambos bandos sus rasgos totalitarios, uno sobre el disfraz de la libertad y otros sobre la máscara de la igualdad, a todo disidente del capitalismo, la nueva clase global etiqueta de manera descalificante tildando de “ultraderechista” o “populista” a quién se oponga al capitalismo financiero, el libre comercio o los “Derechos Humanos”, estos últimos utilizados como pretexto para imponer medidas políticas y económicas a países disidentes a la globalización.

La práctica forma parte del neolenguaje utilizado para ejercer lo que Carl Schmitt llamaba violencia económica, como por ejemplo el concepto de “ayuda humanitaria” empleado por EEUU para entrometerse en los asuntos venezolanos. Derechos Humanos que se presentan como concepto universal para el mundo pero su contenido es particular y de origen anglosajón Humans Rights, la idea de democracia norteamericana y libertad de mercado inglesa tan mentada para propiciar invasiones como las de Irak.

Los nuevos enemigos de la sociedad abierta son la “ultraderecha” y el “populismo” porque ambos se declaran antiliberales y en defensa del Estado, el pueblo y la identidad. Rescatan a la cultura y los valores tradicionales del ataque difundido sistemáticamente por los medios de comunicación de la élite global. En términos de Hegel, los nuevos enemigos representan la clase sustancial que se aferra al suelo que trabaja y se basa en las relaciones familiares y de confianza, contraria a la disolución de lazos y especulación del neoliberalismo. En cambio, la élite global es la clase universal relevada del trabajo directo y dedicada a la satisfacción de sus deseos individuales, es la atomistisch von Einsamkeiten (atomística de soledades) simples átomos que están juntos y de cuya unión surge la sociedad como agregación amorfa de yoes individuales.

El globalismo lleva a la máxima como ningún otro sistema político la sentencia de Rousseau en el Contrato social: “on le forcera d’être libre” (se lo forzara ser libre). El contrato social global, para no ser vano, fuerza a los hombres a ser libres, Siguiendo estrictamente al ginebrino, es sólo el contrato lo que da la fuerza y “cualquiera que se niegue será obligado por el resto del cuerpo”. El globalismo plasma lo escondido en Rousseau, la violencia de la Libertad absoluta, no es la voluntad general del soberano que tiene como fin el bien común que coacciona, sino la suma de voluntades individuales de la tiranía individualizadora tendiente a la satisfacción del deseo particular y los bienes privados.

La tiranía de los individuos que el autor plasma en Julia o La Nueva Eloísa cuando dice “Un único mandato de la moral puede suplantar a todos los demás, a saber, este: nunca hagas ni digas algo que no pueda oír ni ver el mundo entero…” la transparencia absoluta es el rasgo totalitario del liberalismo, el control de la comunicación de lo que se dice y lo que se hace, la exposición de los pensamientos y la vida privada donde no se diferencia lo público y lo privado. Al contrario, todo se vuelve privado, es la invasión de lo privado y la individualización de la vida pública y comunitaria, lo privado se publica para afirmar la identidad, identidad digital, que es la exposición de la intimidad que se vuelve pública, transparente en redes y se mediatiza, como describe Beatriz Sarlo. Por nada la transparencia es la palabra dominante en el discurso político actual.

“Ultraderecha” y populismo: antiglobalismo y soberanía

El ataque más claro a la “ultraderecha” es por su posición contra los migrantes provenientes de África, el “derecho a migrar” es una de las frases utilizadas desde el progresismo y a las cuales el neoliberalismo en silencio avala. Bajo la figura de los Derechos Humanos, las corporaciones transnacionales que forman parte de la cadena de producción global se ven beneficiadas por bajos costos laborales y precarización de las personas que huyen desesperadas de guerras civiles o extrema pobreza del norteafricano hacía Europa. Bajo la bandera de los Derechos Humanos las ONGs internacionales fomentan y vitorean el comercio de esclavos del siglo XXI. Como Schumann, el nuevo sujeto político de la globalización es el “Homo Migrans” (Fusaro)  el migrante que deja atrás su pasado, su familia, su tierra, su trabajo, en busca de la libertad y felicidad de Occidente.

“Si en lugar de un gobierno estable, que garantice la seguridad, estas bandas vinculadas a Bin Laden tomen el control, los africanos se moverán en masa a Europa. Y el Mediterráneo se convertirá en un mar de caos”. Declaraciones de Gaddafi en 2011 al diario italiano Il Giornale.

El segundo blanco de críticas a la “ultraderecha” es su oposición a las políticas de género, las que considera asuntos de minorías, que desintegran los valores tradicionales arraigados en la mayoría de la población y tienden a disolver los lazos de solidaridad, comunidad y la familia tradicional, exaltando la proclamación de derechos individuales identificados con clases medias y altas. Consideran la teoría de género como transexual y transhumanista, como una nueva configuración de la antropología humana y social que crea individuos asexuados y sin identidad, la sociedad de individuos iguales.

En palabras de Marx diriamos que son “ideas de la clase dominante”, la aristocracia financiera global. Nunca más conveniente las palabras que este escribe en la ideología alemana: “las ideas de la clase dominante en una época son la idea dominante”. Hoy, son dos las ideologías que surgen ad hoc para salvar la teoría fundamentalista liberal, la ideología de género en el campo político-social y la ideología de la inteligencia artificial en el campo tecno-económico.

La oligarquía financiera, a través de la ingeniería social elaborada por los thinks tanks patrocinados y financiados por grandes grupos corporativos, solventa académicos e investigaciones de donde surgen teorías, utilizando ONGs y fundaciones como intermediarias, como la monetarista, de género o sobre inteligencia artificial, que ponen como principio de los males económicos, políticos y humanos al hombre como concepto, la solución al problema que ellos mismos han creado de manera abstracta es la superación del hombre en cada uno de esos campos (economico, politico y social) mediante la tecnología, es el transhumanismo, el “Homo deus” del que nos habla Yubal Harari.

La idea de una inteligencia diferente y superior a la humana es una gran mentira creada por los “criminales de silicon valley” describe el filósofo alemán Markus Gabriel, en sus recientes conferencias, los cuales forman parte de la neoligarquia global y obtienen grandes ganancias por la venta de información, robada de sus usuarios en redes sociales, a empresas privadas que manipulan las preferencias del consumidor en base a esos datos y algoritmos.

El sistema de uso de información pública expuesta de manera inocente por los usuarios o el robo de ella por las redes sociales para obtener fines de lucro privados, es en gran parte el sustento del sistema financiero basado en la información procesada por algoritmos que predicen acciones lógicamente calculadas, y el desarrollo de tecnologías intangibles, un claro ejemplo de esto es el fondo de inversión BlackRock (quien maneja una suma de 4,5 billones de dolares en activos) que mediante su software “Aladdin” puede prever mediante deducciones lógicas cual mercado será más rentable y potencialmente menos riesgoso.

El desarrollo tecnológico forma parte del instrumento de las naciones dominantes para someter al resto a una dependencia de su tecnología proviendo de la misma y utilizandola para el control de los dominados, es un neocolonialismo encubierto por dispositivos y softwares. No se domina con violencia sino por el consumo de la tecnología y datos, y por la predicción de las preferencias de los consumidores/usuarios a través de algoritmos que deducen esos datos.

En tanto al populismo, lo que se contrapone a las elites es su evocación y apoyo en el pueblo y los trabajadores. Ante la ambigüedad del concepto y falta de consenso definiremos como populismo al gobierno con amplio apoyo popular de trabajadores, sectores medios y bajos movilizados, que toma medidas proteccionistas económicamente y nacionalistas políticamente. Una de las principales críticas hacia el populismo es su defensa del nacionalismo y la soberanía. En la ideología de la globalización es imposible permitir la reivindicación de un Estado soberano en un mundo interconectado sujeto a relaciones de dependencia. El populismo reivindica a la Nación, el Estado y la soberanía y cuando no también la fe religiosa, todo lo que el globalismo intenta destruir. A contradicción del liberalismo, cree que estos elementos construyen la identidad del pueblo y son necesarios para la unidad nacional y su realización común. No es solamente una estrategia discursiva, como pregona Chantal Mouffe.

Otro ataque, y quizá el que más fuerzas consolida hacia el populismo, es su proteccionismo económico, que resulta imposible de tolerar por la teología económica del libre mercado. La posición de cuidar el trabajo nacional y administrar el comercio exterior regulando el mercado de cambio y las importaciones, es fuertemente sancionada por organismos supranacionales como la OMC (organización mundial del comercio) o calificadoras de riesgo como Moody’s o Fitch. Además de la difamación pública llevada a cabo inescrupulosamente por la prensa.

Hoy el poder global mediático etiqueta como dictador a Evo Morales o Bashar Al assad, etiqueta como populistas a Lula Da Silva, Correa o Trump, etiqueta como ultraderechistas a Matteo Salvini, Le Pen, Putin o el reciente Manini Ríos de Uruguay, mientras felicita y celebra a quienes defienden el capitalismo financiero y la globalización, que han incrementado la desigualdad y el desempleo durante los últimos años a costa del trabajo y las familias, como Macron, Macri, Hillary Clinton u Obama.

El poder de esta oligarquía financiera global se resume en una mesa de dinero compuesta por cuatro patas: Bancos, medios de comunicación, Fondos de inversión y ONGs. Esas son sus armas además de los títeres oligarquías locales de cada país funcionales a estos intereses corporativos. Los bancos y fondos de inversión ponen dinero en los países otorgando créditos a empresas vía bancos, o inyectándolo en el mercado por medio de fondos de inversión. Las empresas y el mercado presionan a los gobiernos con medidas diseñadas por sus acreedores (bancos y fondos) y los medios de comunicación difunden en la población la conveniencia de esas medidas, generando sentido común en la sociedad y presionando a los gobiernos a ejecutarlas, como auxiliares aparecen “intelectuales” y “periodistas”, que argumentan de los “beneficios” de esas medidas, todos formados con becas e investigaciones de fundaciones financiadas por los mismos bancos. Un círculo vicioso donde el dinero siempre vuelve a sus dueños, con intereses.

Revolución y justicia

Disuelta las categorías de derecha e izquierda y superados tanto el comunismo, el nacionalismo y el fascismo durante el siglo XX, con el triunfo del liberalismo luego de 1989 como describe Aleksander Dugin en su Cuarta teoría política, hoy la lucha ideológica es entre un liberalismo totalitario o un populismo integral, globalización o nación. La apelación al fantasma del fascismo o el comunismo es sólo un recurso retórico para asustar a las clases medias y bajas que cada vez se vuelcan más hacia los movimientos populistas o ultraderechistas que aparecen con medidas políticas concretas ante el ataque de las élites contra el pueblo y su cultura.

La izquierda y la derecha han dejado de existir. Como la izquierda perdió su capacidad de movilización, su credibilidad a cerca de una verdadera transformación social y su lucha contra el capitalismo, se ha vuelto inofensiva, y su política ahora sólo pasa por conquistar derechos civiles y las cuestiones de género dentro de un sistema capitalista liberal. La izquierda ha fracasado rotundamente durante el siglo XX y no tiene ninguna posibilidad de confrontar ante el liberalismo, principalmente porque fue cooptada y forma parte de él, por esta razón el mayor miedo se centra en la “ultraderecha” y el “populismo” porque se sustentan en la defensa del trabajo, el Estado y la cultura, la soberanía, la fe y los valores tradicionales. Se aferra en las mayores instituciones, que son la tradición y las costumbres de un pueblo, algo con lo que no pudo acabar el orden global. Que el cuestionamiento duro al capitalismo financiero venga por parte de intelectuales, partidos y movimientos no marxistas es lo que desconcierta y preocupa a los interesados en mantener el statu quo, haciéndolos caer en el ridículo de calificar de “nazi” a cualquier disidente, es el momento donde el liberalismo está desnudo, y pierde su poder ejerciendo la violencia como en las calles de París contra los chalecos amarillos.

El intento es homogeneizar a todos los pueblos bajo un mercado y un gobierno, lo que los politólogos llaman descaradamente gobernanza y bajo un pensamiento único, el liberal. La intención de crear sociedades de individuos consumistas, aislados sin identidad y sin arraigo, huyendo de su patria, desintegrando familias, dejando atrás historias y costumbres convierte al mundo en el infierno de lo igual, retomando una frase en la que Byung-Chul Han reformula a Sartre. Un lugar inhabitable por su falsa igualdad, sin lugar para un pensamiento crítico y disidente, donde no hay lugar para el otro que constituye mi identidad con su negación, con su ser otro y no con su ser yo.

Sobre el totalitarismo de las ideologías, el Papa Francisco en su visita a Paraguay declaró: “las ideologías terminan mal, no sirven, no asumen al pueblo. Fíjense en que terminaron el siglo pasado las ideologías: en dictaduras siempre. Piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo”, podemos describir la paradoja de Schumann como la de haber escapado a la Dictadura del Estado para entrar a la Dictadura del Mercado. El liberalismo se dio cuenta que los muros se pueden saltar y escapar al totalitarismo, por eso decide abrir fronteras, no hay hacia donde escapar. La única salida proviene del pueblo reconociendo su desigualdad, y que la verdadera revolución fue la liberal contra el orden del pueblo, subvirtiendo su cultura, intentando sublevar sus valores, tradiciones y costumbres.

Retomando a Aristóteles, quien concebía dos formas de revolución, una para retornar a una constitución anterior y otra para crear una constitución nueva, quizá debamos interpretar retornar al orden anterior en una contra revolución al posmodernismo, para rectificar el pasado en el presente y proyectarnos a un futuro desde la tradición y las costumbres, volviendo a Francisco, quien dice: “si no ponemos un pie de apoyo en el pasado, donde están las raíces, no vamos a poder poner el otro en el futuro teniendo los dos pies en el aire”.

Para avizorar el porvenir, una buena forma quizá sea revisar el pasado, y en este caso a los clásicos de Grecia como el ya citado Aristóteles, quien escribió en Politica: “La desigualdad es siempre, lo repito, la causa de las revoluciones, cuando no tienen ninguna compensación los que son víctimas de ella. Un reinado perpetuo entre iguales es una desigualdad insoportable; y en general puede decirse, que las revoluciones se hacen para conquistar la igualdad”.

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