Queremos trabajar

Por Vera Casanovas[i]

Es sabido que en la Ciudad de La Plata, hace ya algunos meses, el escuadrón de Infantería forma filas en la zona del centro, intimidando a manteros que estratégicamente se ubican, sobre todo, en la Plaza San Martín.

Hace no más de dos días, sin ir más lejos, detuvieron a dos personas que se encontraban reclamando junto a los manteros para que puedan llevar el plato de comida a su casa.

En el día de hoy, desde las calles 7 y 45 (e incluso antes) hasta Plaza San Martín, uniformes camuflados azul y gris ya estaban presentes desde antes de las 15 hs.

El bullicio se hizo cada vez más claro frente al Pasaje Dardo Rocha, donde una fila de senegaleses con pancartas improvisadas clamaba al grito de “queremos trabajar”.

Bocas grandes, dientes blancos, todxs al unísono y sin descansar sus voces. Del lado contrario, transeúntes que se quedaban aplaudiendo a coro en señal de apoyo a sus reclamos.

Queremos trabajar. Y queremos que trabajen.  Ni siquiera un imperativo, sino más bien un deseo. Un deseo que parte de la necesidad sustancial de llevar el plato de comida a las casas.

Una necesidad que se hace carne en los impuestos porque no se llega a fin de mes. Una necesidad, un deseo, un reclamo en donde el neoliberalismo hace agua por donde se lo mire.

Donde la frase “Estudiá, no seas policía” caduca también ante la necesidad de un buen sueldo y facilidades para “la yuta”, donde las complejidades son muchas, y las contradicciones se intensifican cuando hablamos de trabajadorxs contra trabajadorxs, porque unxs valen más que otrxs, porque quien tiene el poder, tiene la potestad. La culpa no es del chancho, sino de quien les da de comer, y a la vez, no les quita responsabilidad en un contexto donde la fuerza vuelve a ser, una vez más, el ejemplo más claro y visible de un proyecto político que encausa el neoliberalismo con toda su furia, que es su alimento.

Y hablando de alimentos del neoliberalismo (y trascendiéndolo, también), un racismo que se ve encarnado en el imaginario social, que redobla la apuesta para seguir creando enemistades entre “Lxs de acá, lxs que tenemos que tener trabajo” y “lxs Otrxs”, que porqué no vuelven a sus países de origen, que por qué vienen a sacarnos el laburo a nosotrxs. El combo es exquisito, y se le puede pegar desde donde se imagine si hay ganas de pelear.

Un racismo que recrudece la falta de empatía, que imposibilita pensar que lo que está actuando ahí, una vez más, es el poder, segregando y facilitando que la estructura que el neoliberalismo viene planteando, siga siendo motor para terminar con el pueblo trabajador.

Sin embargo, de la vereda de enfrente (pero no enfrentada), sólo había gente aplaudiendo. Mirando las caras de esxs senegaleses (en su mayoría, hombres), recordando que hasta hace no mucho ofrecían anteojos, aros, pulseras, prendas de vestir, imitaciones, etc. Y lo mejor: a un precio bajo, accesible para el pueblo, y aún así no contraproducente para las grandes marcas.

Bocas grandes, dientes blancos. Así se veía desde la vereda de enfrente y se aplaudía y se fijaba la vista en ellxs y cada tanto se desviaba con mirada entre triste y con bronca a esxs otrxs, la Policía, que no parecían mirar del mismo modo a lxs senegaleses, sino más bien desde la frialdad y la ignorancia de que ahí no había más que trabajadorxs, igual que ellxs.

Queremos trabajar, y queremos que trabajen. Un deseo, no un imperativo. Un anhelo, no una orden, pero que aún así no deja de ser una necesidad. Y en la bolsa caemos (casi) todxs.

[i] Licenciada y Profesora en Comunicación Social.

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