Es la política, idiota

Por Daniel G. Rossetti

Hay una frase, casi axiomática, que dice que la comunicación política termina cuando empieza la política. La alianza Juntos por el Cambio parece no conocerla, y no entender que una cosa es la estrategia comunicacional cuando se está en la oposición, y otra muy distinta cuando el candidato está gobernando. La táctica frente al proceso electoral de 2019 desnudó que frente a lo desastroso de las políticas administrativas del estado ejecutadas por el presidente Macri, no alcanzaba con frases huecas o promesas de futuro próspero, y que el monstruo populista escondido en la sombras ya no asusta ante un panorama general que no arroja ninguna cifra positiva.

A cada intento de mostrar un logro, la realidad golpeaba de frente a cualquier estrategia de marketing que intentara ocultar la debacle macrista. No alcanza con golpear el cemento de una ruta y decir que eso “no es saraza” cuando la reducción del presupuesto en obra pública deja en evidencia que esas obras de infraestructura no existen o al menos no tienen la dimensión que se propone mostrar. Tampoco es demostrable cuando el principal multiplicador económico, que es la obra pública, seca de dinero al mercado interno y arrastra junto con él al resto de las actividades de productivas.

El resultado electoral dejó en claro que las promesas de inversiones y de capitales que habrían venido a expandir la economía desde el sector privado, gracias a los contactos internacionales que se lograron por hacer una economía normal, sin cepos ni restricciones, lejos de ser una lluvia de inversiones no fueron ni siquiera una leve garúa. El cierre de líneas de fabricación y la falta de inversiones productivas de firmas extranjeras tales como Ford, que dejó de hacer el modelo Focus y despidió y suspendió a sus trabajadores, de la firma brasileña Alpargatas, que cerró su planta en Catamarca, y por más que se excuse en que fue una decisión de la dirección de la empresa (si hubiese un mercado interno atractivo eso no ocurre) son el botón de muestra de la falta de expectativa.

Tampoco fueron muchas las nuevas empresas que hayan venido a traer sus líneas de producción. Teniendo en cuenta que el gran defensor del modelo macrista es Marcos Galperín, el dueño de Mercado Libre, una firma digital que se encarga solo de poner en contacto compradores y vendedores sin importar la procedencia de estos productos, es claro que la puesta en marcha del sistema productivo fabril no está en sus prioridades. Las declaraciones del concentrador de granos, Gustavo Grobocopatel, ven en el mismo sentido. Más aún si consideramos que los nuevos empleos son los generados por empresas desreguladas como Uber, Rapi o Glovo, que dan servicios a una economía que no genera productos, el fracaso es imposible de disimular.

No hay maquillaje comunicacional cuando en una escuela estalla una estufa y se lleva la vida de dos trabajadores de la educación. Tampoco cuando se cae la mampostería y lastima a una maestra y dos alumnos Y menos si eso pasa cuando la gestión está en más de la mitad del mandato y los referentes de esas obras son del partido gobernante. No puede disimularse la falta de inversión ni la desidia para sostener la infraestructura de la educación pública, donde según el presidente se cae cuando no se puede asistir a una escuela de gestión privada.

Ya no puede apelar al pasado, que termina siendo un lugar deseado. Ya el populismo deja de ser un monstruo y es el recuerdo de trabajo asalariado, posibilidad de movilidad social y la capacidad de poder satisfacer los mínimos placeres. Placeres que tienen más que ver con construir una piecita para que el o la nena tenga su lugarcito, o invitar a los amigos a comer un asado, que con poder “comprar dólares para ir a Miami cuando quiera”.

La máscara de hombre blanco, civilizado, pluralista y democrático cayó cuando el presidente Macri culpó a los votantes de las movidas especulativas que produjo su caída electoral. Desencajado, el domingo había mandado a sus militantes a dormir y a trabajar al otro día. El lunes, como un patrón caprichoso, se desligó de sus responsabilidades y echo culpas al Kirchnerismo. Desconociendo a todos los manuales de comunicación política, desvalorizó los votos en su contra y le habló al más duro núcleo neoliberal. Su interlocutor es el mundo, los inversores, no el pueblo.

Y este es el debate. Una Política que quiere de imponer, contra una que busca convencer. La propuesta de Cambiemos es imponer un pensamiento único, donde el otro, el que piensa distinto, está equivocado y entonces debe cambiar su forma de ver el mundo o ser excluido. Si la realidad no responde a esa única visión del mundo, lo que está equivocado es la realidad. Por el otro lado, se logró una unidad sobre un proyecto común. Que no es “sacar a Macri”, sino recomponer el tejido social y que abandone los proyectos económicos financieros que benefician a unos pocos. Luego de esto, habrá otras demandas y otros debates. El de hoy es el rol de Estado, como garante de derechos o como amparo de privilegios.

Se propone a La Política que busca salir de lo antagónico para ofrecer un debate agonal. No hay otro equivocado, hay otro que piensa distinto y en la exposición de razones, proponen el avance. La política agonística busca convencer dentro de las instituciones, busca avanzar dentro del juego democrático. No impone, expone. Los griegos, hace 2.500 años, en una construcción de un pueblo (demos) mucho más acotado, ponían a la felicidad en comunidad como el objetivo a lograr por los seres humanos. Lo políticoi (πολιτικο) sobre el ideote (ιδιωτα), lo público sobre lo privado, el bien común sobre el beneficio individual. El derecho sobre el privilegio.

Los pueblos pueden equivocarse y pueden ser engañados. Pero no sé suicidan y aprehenden de sus errores. Los dirigentes, si les interesa el bien común, deben saber leer esos aprendizajes y proponer los debates que se demandan en los tiempos que corresponden.

Como siempre es la Política. No es el marketing, ni la economía, ni las promesas huecas. Es la decisión consensuada por la sociedad. En esta democracia ampliada, el pueblo, al que pertenecen la masa de ciudadanos y ciudadanas, elige el rumbo que marcará el desarrollo de la sociedad y para esto, los representantes son evaluados en cada elección y cuando no responden a las expectativas de la ciudadanía, es su derecho reemplazarlos. De esto se trata la democracia en las sociedades modernas. Y los representantes deben reconocer ese derecho. Macri no hizo “una mala elección”, hizo un mal gobierno.

Y el pueblo se lo hizo saber

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